Mi padre y la isla del tesoro

Autor: 
Frank Báez
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Recientemente una amiga me escribió y comentó lo mucho que lamentaba el deceso de mi padre. En vez de repetir los tópicos que se emplean en estas ocasiones, me habló de la mala relación que tiene con su progenitor y de que en el caso de que este muera, no podrá  recordarlo con el cariño y la admiración con que yo recuerdo al mío. 

Esto me ha hecho reflexionar bastante. Realmente tuve el privilegio y la dicha de tener un padre maravilloso que estuvo a mi lado todo el tiempo, que me transmitió todo el amor del mundo y  que me enseñó a vivir. Mi padre me enseñó a nadar, a amar al prójimo, a cuidar a los animales y el medio ambiente. Me enseñó a ser honesto y a ser libre.  

Por supuesto, podría durar horas mencionando las virtudes que me transmitió, pero quiero enfocarme en dos aspectos que  para mí son fundamentales. Mi padre me enseñó a leer y a escribir. Con esto no quiero quitarle méritos a la escuela donde estudié y a todas esas maestras  amorosas que pasaron tanta lucha conmigo, pero dado que yo sufría de dislexia y se me complicaba relacionar las grafías con los sonidos, fue él quien tuvo la paciencia y la dedicación de enseñarme. A base de práctica y de ejercicios me fue ayudando a superar esa tara.  

Recuerdo la primera novela que conocí: “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson. Tendría unos siete años. Mi padre, sentado a un lado de la cama, me la fue leyendo capítulo tras capítulo, noche tras noche. Cuando no comprendía una palabra me la explicaba y leía con tal transparencia que yo solo necesitaba cerrar los ojos para imaginar a los personajes. De igual modo, fue él que me acercó a la poesía. Cada vez que me hacen una entrevista y me preguntan cómo empecé a escribir, yo hago esta anécdota. Se da el caso de que  mi padre solía leer poesía tras el almuerzo. A veces se ponía de pie, iba a su biblioteca y retornaba con poemarios que leía con su estilo correctísimo y pausado, pronunciando y saboreando cada vocal y consonante. En una de esas ocasiones, estaba leyendo un poema de Neruda y de pronto se detuvo y dijo que ese poema le recordaba otro texto. Fue a su biblioteca y retornó con un  poemario. Antes de  iniciar la lectura me explicó que Dylan Thomas tras beberse dieciocho whiskies seguidos en Nueva York cayó en un coma profundo que lo llevaría a la muerte. Entonces leyó el  poema que tiene un verso que reza “La mitad del mundo es del demonio y la otra mitad es mía”.  Siempre he dicho que ese verso me alcanzó como las ondas expansivas de una bomba atómica, fue como si al oírlo las palabras reorganizaran mi código genético, convirtiéndome en poeta. Tenía 16 años en esa época, y de ahí en adelante, amé la poesía que mi padre acababa de descubrirme. Claro, en un principio, cuando le mostraba mis poemas, él se asombraba de lo excéntricos que eran y me preguntaba si estaba usando drogas, que si me había vuelto loco, que por qué tantos versos herméticos y oscuros, lo que era normal, ya que lo que yo  hacía era una poesía que reaccionaba con rabia a la lírica de la época. Sin embargo, con el tiempo los poemas le fueron agradando, y llegó a leer algunos en voz alta tras el almuerzo, como hacía con los de los poetas que admiraba.    

Antes de dedicarse a la investigación, mi padre solía escribir poesía y soñaba con dedicarse a este oficio. Pero con el tiempo comprendió que su destino era otro. Por lo que para él fue hermoso tener un hijo poeta. No importaba que ese hijo escribiera esas cosas tan disparatadas y delirantes, en el fondo para él era un honor que hubiese un poeta en la familia. Solía repetirme que nunca dejara de escribir y que si los empleos me exigían mucho y me arrebataban el tiempo de la escritura, de la lectura y de la reflexión, que renunciara, que él me buscaría la plata, porque lo importante era que yo escribiera. Esto no significa que mi padre fuese un soñador, al contrario, él tenía los pies bien puestos en la tierra. Varias veces me repitió con sus palabras el consejo que le dio al poeta Darío Jaramillo su padre: “El que escribe por dinero, ni come ni escribe”.