El invierno en Llanes

Mi abuelo me había hablado de estas cosas: el invierno
no es la nieve, tan extraña en los pueblos de la costa;
el invierno no es sentir como la lluvia
te cala los huesos, es sentirla
penetrar por las mil cicatrices del alma,
muy despacio, inevitablemente. Es sentir
el frío no en las piernas al volver a casa,
sino en las yemas de los dedos
por cada tacto no recordado. En realidad
mi abuelo nunca me dijo estas cosas; o al menos
no me las dijo claramente, me las dejó leer
en el cansancio de sus ojos, o tal vez
las leí a escondidas mientras él las releía
escritas con letra indeleble, punzante, con letras de sal
en la carne viva de su propio corazón. Aquel dolor
me resultaba entonces incomprensible, de tan antiguo.
Hoy que el invierno llama a mi puerta, no muy fuerte,
porque no es necesario, porque sé que no me queda
otro remedio que dejarle entrar, he recordado
aquellos ojos; su forma de caminar, tan rápida,
no por llegar antes, ni por huir, a sabiendas
de que aceptar tarde la derrota no la atenúa.

Hoy que los caminos se abren ante mí
más resbaladizos que de costumbre,
helados por las dudas antiguas,
salgo de igual modo a la calle,
resignado, pero libre de temores,
afrontando el hielo con el bastón de mi abuelo.
 

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Autor: 
Martín López-Vega
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