Poema para mis crías

Insertaron mis genes en ratones, y no del modo inútil
como los genes antiguos del hombre reposan en las Bestias.

Los doctores fraccionaron mis tumores  y los insertaron
en los huesos de doce ratones. Les administramos

a los ratones una pócima venenosa, que yo podría necesitar en el futuro.
Vigilamos a cada ratón como si fuera una bola de cristal.

Deseaba que fuera perfecto, pero a veces la muerte del experimento
no funcionaba cuando la volvíamos a ensayar en mi cuerpo.

Mis tumores llegaron a una edad avanzada, más avanzada que la de cualquier ratón.
Tuve el primer tumor en el costado, hace una década.

Luego se propagó a los pulmones, y bajó a los fémures,
y entró a las colmenas de la garganta donde se incuban los glóbulos blancos.

Cada ratón solo tiene un tumor, en la pata.
Sus tumores nunca han madurado. Los arrancan de raíz

y los transplantan. Aprendieron a dormir en cualquier lecho
que el cuerpo enorme rechaza. Antes que los tumores se puedan propagar,

abren y revientan las patas de los ratones. Que se desangran hasta morir.
La próxima vez los médicos planean amputarles las patas

en el momento oportuno para que los tumores se propaguen.
Pero todavía tengo ambas piernas. Para enredar más las cosas,

los cuerpos de los ratones rechazan mis tumores. Tenemos que contagiar
a los ratones con sida para que sirvan de albergue a mis genes.

Quiero que mis ratones se parezcan a mí. No tengo hijos.
A todos los bauticé como Max. Al principio eran Max 1, Max2,

pero ahora todos son simplemente Max. No tengo favoritos.
Ellos no saben que tienen nombre, por supuesto.

Son como unos hijos que has traumatizado y torturado,
así que no dejan que los visites.

Espero, Maxes, que haya depositado en ustedes algo bueno.
Hasta mi sufrimiento es bueno, parcialmente. Cierto, me lleno

de odio, miedo: cosas que hacen que los Maxes confundan sus colas
con barrotes de jaula. Pero después la sensación pasa.

Y como no hago absolutamente nada (mudé el orgullo,
como un pelaje) nada me sucede. Y si lo que les sucede

es mucha nada, Maxes, es porque la nada calma.
Es lo que queremos. Confíen en mí.

Sección: 
Autor: 
Max Ritvo
Número: 
Traductor: 
Armando Ibarra