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Febrero de 2004 - Año 1, No. 1

 

JEAN COHEN
EL LENGUAJE DE LA POESÍA
Fragmentos
Editorial Gredos, Madrid, 1982

En el lenguaje poético, liberadas de toda oposición, las palabras recobran su propia identidad y, al mismo tiempo, su total plenitud semántica. La palabra verde ya no significa «no rojo» sino el verdor puro y espléndido. La poesía es la absolutez del signo y el esplendor del significado...

El término verde no designa algo distinto en «noche verde» y en «libro verde». Pero en ésta última expresión, es un color entre los demás, entra en una estructura opositiva y remite al concepto de color. En «noche verde», por el contrario, arrancado del paradigma por la desviación, invade el campo semántico y remite al patema...
La poesía es lenguaje patético (que hace sentir) y en cuanto tal, difiere del lenguaje no poético...
La poesía es lenguaje patético y en cuanto tal, difiere del lenguaje no poético. La oposición patema/noema es el rasgo funcional pertinente de la diferencia poesía/no poesía.
El lenguaje científico es totalmente conceptual. En el otro extremo está la poesía.

El poeta sería entonces el que no ha olvidado lo que es sentir, y por esto compone esas alianzas de palabras que parecen raras a los que ya no lo recuerdan y no ven ya en las palabras más que conceptos...
Si «decir» es expresar un contenido conceptual puro, entonces es verdad que, el verso, como el conjunto de las figuras poéticas es no sólo inútil sino fastidioso. Pero si «decir» es manifestar algo más, el rostro emocionante del mundo, el estrato de expresividad, el patetismo de las cosas y de los seres, entonces sólo tiene ese poder cierto lenguaje, el lenguaje de los versos y de las figuras que llamamos poesía...
La finalidad del texto poético no es dar una enseñanza, así sea metafísica, sobre el mundo. Sino revelar a través de las palabras una equivalencia de la experiencia misma...

El lenguaje no poético se compone de términos oponibles, y por eso es conceptual y también por eso es claro. La oscuridad del lenguaje poético designa un rasgo inherente al significado mismo. Que el lenguaje poético no sea claro no es que oculte su sentido sino que remite a un sentido oscuro, es decir, accesible a una especie de conciencia también oscura...

Toda la función de la poesía aparece ya entonces sólo como una transmutación mental, un cambio de conciencia operado mediante las palabras, un retorno a un contacto con el mundo, en el que éste se revela cargado de lo que Merlau Ponty llama «significaciones vitales» o «existenciales»; significaciones halladas por las palabras tan pronto como el artificio figural les concede el poder de hacerlo.
Ver el cielo triste es un modo auténtico de visión y el poeta no hace más que decir las cosas como las ve...
La repetitividad como rasgo permanente de la textualidad poética no es una idea nueva.

En el discurso ordinario es inevitable cierta tasa de redundancia fonemática. Pero hay una regla no escrita que proscribe las similitudes demasiado grandes. Hasta tal punto que, cuando se trata incluso de un mismo significado, la regla proscribe la sinonimia o la perífrasis. Si se ha dicho «Racine» hay que decir después «el autor de Fedra». En poesía, por el contrario, la similitud fónica es la regla. Es el rasgo definicional único de la versificación...
La repetición asegura un acrecentamiento de intensidad. Un término repetido, es más «fuerte» que un término único...

La redundancia está desterrada del lenguaje prosaico; es la regla del lenguaje poético.
La redundancia no informa, sino que expresa. El lenguaje repetitivo es lenguaje de la emoción.

Hay un poema de Lorca en que «cinco de la tarde» se repite treinta veces en los cincuenta y dos primeros versos...

Nada demuestra mejor la naturaleza antitética de la oposición prosa/poesía que este fenómeno de repetición...

El simple hecho de la repetitividad es el signo irrecusable de la antinomia funcional de los dos lenguajes (poesía y prosa). La poesía transgrede la ley de informatividad. Lo que dice lo repite, para asegurar su fin último, que no es la novedad, sino la altura de su decir...

La relectura poética no es nunca redundante. El poema es inagotable porque es captado como experiencia y la experiencia es un acontecimiento. No puede ser almacenada en la memoria, integrada al saber del sujeto. La experiencia es siempre para vivirla o para revivirla...

La «cosa» es poética no por su contenido sino por su estructura, en cuanto que llena la totalidad del espacio que habita y no deja, así, ningún lugar a su propia negación...
El concepto soporta la presencia de su opuesto en la medida en que su objeto sólo ocupa una partedel campo de la conciencia. La experiencia, por el contrario, es global.

Tener miedo es sentirse totalmente invadido por él. Tener miedo es ser miedo...

La poeticidad de la luna emana del carácter particular de su luz. Por su débil intensidad, propaga una claridad difusa. La diferencia figura/fondo se difumina y cada objeto tiende a sumergirse en el espacio circundante. Los contornos de los objetos se borran. A la luz de la luna, todo objeto se percibe como forma débil, que como tal, tiende a fundirse con el espacio que la rodea. El campo está totalizado y, por ello, se patetiza. Aparece la tonalidad afectiva.

A la luz del día, cada objeto se percibe sobre un fondo de otros objetos. Por la noche, la cosa destaca sobre un fondo de tinieblas que se oponen a la claridad, pero no a la cosa misma. El objeto queda libre de toda oposición neutralizante. Ya no está limitado a sus fronteras, sino que se proyecta alrededor de ellas y parece invadir el campo total.

Se puede invocar como condición favorecedora de la poeticidad todo «efecto de velo», todo lo que disuelve las formas, atenúa los colores, ahoga las diferencias.

Es poético lo ilimitado. Como tal invade el espacio y expulsa toda negación fuera del campo de su aparecer: el bosque, el mar, el cielo, que por su estructura totalizante escapan a la diferencia neutralizadora, es decir, a la proseidad.
La cosa se poetiza en la medida en que incorpora el mundo total. Poéticamente, la cosa es todo o no es nada.

La conciencia onírica aparece como el grado absoluto del proceso de totalización fenoménica. En el sueño la oposición figura/fondo ha desaparecido por completo. El sueño no tiene segundo plano, no tiene exterior. La escena soñada ocupa tomando la expresión de Bachelard, «todo el volumen de su espacio». En la pesadilla, todo es pesadilla. El sueño no conoce ni esperanza ni lamento, ni antes ni después. Está todo él en la presencia; no tiene dimensión de ausencia por la que pudiera ser distinto de lo que es. Y en cuanto tal, el sueño es poesía pura.

Toda poesía tiene como único fin el de producir, por medio del arte, este efecto estructural específico que puede llamarse «efecto de sueño» donde cada ser y cada cosa, liberados de su negación, son devueltos a su propia identidad patética.

La poesía no es nada más que esto: una exaltación del mundo, una celebración de las cosas, devueltas por la conciencia totalizante a su poder emocional originario...

El niño es un poeta elemental, cuya paleta patética es relativamente limitada.

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