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Ir a Contenido Febrero de 2004 - Año 1, No. 1 |
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PALABRA INICIAL
«Si
no tengo nada que decir no lo digo, y si tengo algo que decir y no sé
cómo decirlo, tampoco lo digo»
José Hierro
La revista Clave,
estará siempre abierta para los que tengan algo que decir y sepan cómo
decirlo. A veces este tipo de selección no es sencillo, no lo es en ninguna
de las artes, quizá menos aún en la poesía, especialista
en manifestarse de infinitas maneras. Por esto considero importante que tengamos
contemplado un espacio para la crítica poética, espacio que hasta
hoy, parece desierto.
Así mismo, puedo
decir que la revista no parte desde una concepción estrecha de lo que
es la poesía; si de alguna manera se la quisiera matricular, sería
con la buena poesía. En este sentido irá en contravía de
la conformación de grupúsculos, de enarbolar banderas para la
reinvidicación de minorías, de rencillas en torno a algún
poder, de discusiones en torno a premios u organización de festivales
y de imposiciones de vacas sagradas.
Y no quiero decir con esto
que se sienta por encima del bien y del mal y desde la cúspide de una
poesía pura sólo quiera contemplar el paisaje sin comprometerse.
Quiero decir que esos asuntos se manejan en otros escenarios. «El escritor
no debe usar la herramienta de la política, debe enfrentarse solo al
mundo». ha dicho Wislawa Szymborska.
Compromisos de Clave serán indagar sobre la evolución
de la poesía, sobre sus diferentes vertientes, sobre el lenguaje poético
en sí mismo; cómo identificarlo, cómo valorarlo, cómo
cernir lo que es de lo que no es. Para tratar de que la poesía sea precisamente
algo concreto de lo que se puede hablar y no algo abstracto que se camufla en
hermetismos y genera las más absurdas inhibiciones.
Iluso sería decir
que con todo esto iremos cambiando el concepto que del poeta tiene la sociedad,
quizá porque si tal cosa sucediera perdería su carácter
de tal; considero la marginalidad y su atrevimiento al decir «más
de lo que dice» como consustanciales con su vida y su creación.
Seguiremos pues escuchando que: «el poeta es el único que puede,
sin hacer el ridículo, no ganar dinero.» Pero en algo habremos
de contribuir al conocimiento de la poesía y de manera especial nosotros
saldremos enriquecidos al sacar adelante esta obra.
Rafael Escobar de Andreis
En tiempos remotos cuando
los aparatos eléctricos no habían invadido los hogares y la vida
de los seres humanos, existió un oficio hoy extinguido que proporcionaba
placer, comunicaba la belleza y el conocimiento, para el cual se preparaban
los mejores talentos: El oficio de lector.
En los monasterios donde
se hablaba con dios, los cuales estaban a un lado de los poblados para evitar
el mundo y no interferir la señal, había lectores que con claridad
leían a los monjes las sagradas escrituras.
En las cortes de los reyes
y en las de los emperadores siempre hubo lectores que durante las cenas, deleitaban
a los comensales con la lectura de los mejores poetas del reino o del imperio.
Más recientemente
en los talleres de artesanos, en la segunda mitad del siglo XIX existieron lectores
que hacían grata y productiva la jornada de los sastres, los carpinteros
y zapateros, leyendo.
Hoy este oficio no existe,
tal vez quedan algunos pocos lectores, como los de las tabacaleras de Cuba,
o los de las asociaciones de ciegos en España, pero estos ejemplares
de una especie en extinción son hoy un voluntariado, no un oficio.
Crecí en una casa
donde se acostumbraba leer en voz alta, Mil y más noches durante la infancia,
escuchamos de las voces de nuestros padres las historias de Ulises, las intrigas
y pasiones de Bagdad, los refranes de Sancho, y la poesía del mundo,
ese rito que tenía lugar antes del sueño, se convirtió
en necesidad y por razones ajenas a mi comprensión adquirí la
costumbre de leer y compartir con los amigos los textos y los hallazgos que
la vida nos otorga.
Clave es la
consecuencia de esa costumbre, quienes la dirigimos pertenecemos a grupos que
se reúnen para leer en voz alta: el Taller de Versería y Los Jueves
de Poesía. Hemos aprendido que la poesía es vecina de la música
y que cuando leemos poesía, somos el interprete y el instrumento, estamos
ante una partitura y ante un texto y por ello la poesía se puede arruinar
o lograr en su lectura; la lectura es la ejecución del poema y en ella,
como en la música, podemos encontrar los matices, las destrezas del poeta,
hacer los énfasis y las pausas, los silencios, buscar el tono que propone
el poema, encontrar las claves y hacerlo sonar.
En estos tiempos de soledad
electrónica, Clave pretende ser un lugar donde podamos
compartir y debatir, investigar y conocer, o tal vez, sólo lo más
importante: Disfrutar al sentir la poesía en los labios.
José Zuleta