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Ir a Contenido Febrero de 2004 - Año 1, No. 1 |
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FERNANDO CRUZ KRONFLY
ABENDLAND
¿QUÉ ERA,
quedaba en restos de mí
en aquel bosque
de hojas crujientes que nombro;
qué murmuraba cosas oscuras
aberrantes decía
al pie de las gachas ventanas agrandadas
por la negra sombra del viento,
soñaba en la aciaga compañía
de objetos tan extraños como gentiles
junto a las más desconocidas miradas?
En redondo de mi vida presente
sólo la silueta, el escarceo de tres amigos
Cuya saliva honra el quejido de mis días,
no mucho más, tampoco mucho menos,
mudos granos de rara carne enaltecida.
El alcohol como un mechero donde sopla
la humedad de la música,
lejos el negro revoloteo de los olivos piando en las ramas.
MIRO AHORA CUAL PLOMIZA SERPIENTE
el costillar de los lejanos
puentes extendidos
sobre el yermo cascajal
de innumerables ríos indefensos,
las fumarolas industriales que mordisquean
encima del hollín de los vidrios
delante del resuello
de cuantiosas respiraciones detenidas.
Arriba la señal de los cruceros
capaces de agrietar con sus latas el cielo,
abajo los metales caídos como secos pellejos de vacas
ante el peso de la civilización,
pánico de este amanecer a entera voluntad de la Fiera Azul.
Pero a la luz de estos párpados
que ya mueren
aún resiste el aleteo de las apariciones:
hadas de pestañas de polvo,
gatos de dientes como estacas,
codornices que pían entre yerbajos
que el monstruo llora ante el lento amarillear del mundo.