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Ir a Contenido Febrero de 2004 - Año 1, No. 1 |
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HENRY VALENCIA
UNA LUZ EN LA COLINA DE SAN ANTONIO
UNA LUZ EN LA COLINA
DE SAN ANTONIO
Oleada tras oleada, el amanecer
y el atardecer
siempre ascendiendo y descendiendo, deslumbrando
siempre
la borrascosa, la serena, la cúspide, el arqueado
firmamento de la luz.
De la aurora al poniente de los años, la contradictoria
oleada siempre cambiante.
Cuántas cosas en la brisa, cuántas cosas hay en la brisa,
ese lecho frágil, oscilante, móvil, alterando, atesorando,
los intactos fragmentos, la porción primordial,
los incongruentes restos transfigurados en el verdoso
limo inconstante del tiempo.
Y la conciencia y la materia
causas apenas del sensible naufragio que nos devuelve
a nosotros mismos, nos conduce a nosotros mismos,
el fondo, el hondo fragor.
A esta hora el alba, una
luz opulenta en un opaco
fulgor de acero,
el alba, a esta hora, insiste en el duro y solitario cristal
de las ventanas,
y deja un murmullo misterioso, un sonido de piano y un
rumor de pájaros y de recuerdos.
Torno, en esta hora torno nuevamente a percibir el olor
infiltrado de los eucaliptos,
y siento, ahora, un aire fresco, húmedo, fecundo, en
flor.
Yo he visto a la nerviosa
salamandra mimetizarse
en las fisuras del adobe,
yo he visto a las zigzagueantes salamandras, en la vieja
cocina de la casa, agitarse entre el hollín del fogón,
yo he visto a la milagrosa salamandra del fuego...
y he soñado con el cántaro generoso, esbelto, con el
cántaro antiguo, levemente cascado,
con el cántaro exudado de ocre
que guardaba un agua pura, una ínfima gota de agua,
que en el cántaro despertara un rumor profundo,
líquido, placentero.
¿Y la colina?
Una abstracta sombra circulando junto con la casa, el
planeta,
obedeciendo a leyes íntimas, impenetrables, vitales,
(igual, la esférica y aislada imaginación)
en los balcones, abiertos, aún en lo oscuro, el color de
los geranios y los geranios,
una fiesta hospitalaria en la colina.
De un fuego enceguecedor de veraneras, recuerdo,
se alzaba una extraña mansedumbre enervando al
pensamiento y sus leones,
el indolente calor exterior.
Lejos, muy lejos ahora, entre las arremolinadas hierbas
amarillas,
voluptuoso, ágil, acercándose y ocultándose,
el deseo, sus propósitos, su imperio.
Hay un crujir de pasos extraviados ascendiendo en la madera.
Y todavía
como una intuición, algo que me fuera a ser revelado
la alta casa erigida, una música,
a Irene Victoria.