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Ir a Contenido Febrero de 2004 - Año 1, No. 1 |
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WISLAWA
SZYMBORSKA
(Polonia, 1923)
DISCURSO
DE ESTOCOLMO
Al recibir el Nobel, el 3 de Octubre de 1996
Se dice que en un discurso lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras veces me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más difícil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.
El poeta contemporáneo
es escéptico y desconfía incluso - o más bien principalmente
de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta- como
si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más
fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes;
mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están
escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas.
En las encuestas o en los encuentros con amigos ocasionales, cuando el poeta
se ve forzado a definir su profesión, acude al término genérico
«escritor» o al de alguna otra profesión que adicionalmente
ejerza. El empleado público o los eventuales compañeros de viaje
reciben con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando
con un poeta. Sospecho que los filósofos también producen semejante
inquietud. No obstante, ellos se encuentran en mejor situación, ya que
generalmente pueden adornar su profesión con algún grado académico.
Profesor de Filosofía, ya suena mucho más serio.
No existen profesores de
poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de estudios
especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones
teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los
diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría
que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando
estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre
todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue
la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo
de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio
Nobel. A Brodsky se le clasificó como «parásito»,
por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace
un par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona.
Me di cuenta de que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido,
le gustaba llamarse a sí mismo «poeta»; pronunciaba esta
palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura.
Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió
en su juventud.
En países más
dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente,
los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos,
pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la
gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo,
a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento
excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para
el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que
el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafemalia; capas y oropeles,
y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una
hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.
Hay algo que resulta muy
característico. Continuamente se filman películas biográficas
sobre grandes científicos y artistas. La tarea de los directores más
ambiciosos es mostrar en forma verosímil el proceso creativo que condujo
a importantes descubrimientos científicos o a la creación de grandes
obras de arte. Se puede, con aceptables resultados, mostrar el trabajo de algunos
científicos: laboratorios, instrumentos diversos y aparatos puestos en
marcha logran por unos momentos mantener la atención de los espectadores.
Además, resultan muy dramáticas las escenas de suspenso, cuando
un experimento repetido miles de veces logró dar finalmente, merced a
una mínima modificación, con el resultado tan esperado. Espectaculares
pueden ser las películas sobre pintores, ya que es posible reconstruir
todas las fases de creación de un cuadro: desde la primera raya hasta
la última pincelada. Las películas sobre los compositores se llenan
con su música: desde los primeros compases, que el creador escucha en
su interior, hasta la obra madura ya terminada y repartida entre varios instrumentos.
Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada sobre el extraño estado
de ánimo que se conoce comúnmente como inspiración, pero
por lo menos hay algo para ver y oír.
El peor de los casos es
el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico.
Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil,
fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos,
de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar
uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada ¿Qué
clase de espectador podría soportar una cosa semejante?
He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo
que algo sea, los poetas contemporáneos responden de modo evasivo. Y
no porque nunca hayan sentido los beneficios de este impulso interior, más
bien se debe a otra causa: no es fácil explicar a los demás algo
que ni siquiera se comprende bien.
Yo misma he evadido el asunto
cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración
no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay,
hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en
cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen
su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así,
hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más.
Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar
en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos,
su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas
preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo
«no lo sé».
La gente así es bastante
escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita
conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No
fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias
de la vida las que escogen por ellos. El trabajo mal querido, el trabajo que
aburre, es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos,
y esta situación constituye una de las mas penosas desgracias humanas.
No se vislumbra que los siglos venideros traigan un cambio feliz al respecto.
Así pues, tengo derecho
a decir que aunque le estoy escamoteando a los poetas el monopolio de la inspiración,
de cualquier manera los coloco en un grupo reducido de elegidos por la suerte.
En este punto pueden surgir
ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores,
fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas
gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también
lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí «saben».
Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre. Ya no tienen curiosidad
por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación.
De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece,
pierde la temperatura propicia para la vida.
En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea,
puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.
Por lo anterior, estimo
altamente estas dos pequeñas palabras: «no sé». Pequeñas,
pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión
que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está
suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho «no
sé», las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo
como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría
para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María SkIodowska-Curie
no se hubiera dicho «no sé», probablemente se habría
quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de
buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido
la vida. Pero siguió repitiéndose «no sé» y
justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los
premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.
También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente
«no sé».
Con cada verso intenta responder,
pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza
a advertir que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria.
Entonces prueba otra vez y otra vez, para que a las sucesivas muestras de su
insatisfacción consigo mismo los historiadores de la literatura las sujeten
con un clip enorme para denominarlas «La obra».
A veces fantaseo con situaciones
inverosímiles. Me imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo
la oportunidad de platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor
sobre la vanidad de todas las empresas humanas. Me habría inclinado muy
hondamente ante él, ya que es -por lo menos para mí- uno de los
poetas más importantes. Pero luego lo habría cogido de la mano:
«Nada hay nuevo bajo el sol», has escrito, Eclesiastés. Sin
embargo. Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado
también
es nuevo bajo el sol, ya que antes de ti nadie lo había escrito. Y nuevos
bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que tu no te
podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece
aquí desde el principio del mundo. Le dio origen otro ciprés,
semejante al tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar,
Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de
nuevo bajo el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez
tienes la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior concebiste
también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que
resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema
bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Pues no dirás
«ya he escrito todo, no tengo nada que añadir». Esto no lo
puede decir ningún poeta, y mucho menos uno tan grande como tú.
El mundo, a pesar de cualquier
cosa que podamos pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra
impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a los sufrimientos
particulares de la gente, de los animales y tal vez de las plantas -ya que ¿de
dónde proviene la certeza de que las plantas están libres de sufrimientos?-;
a pesar de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios atravesados por la
radiación de las estrellas, alrededor de las cuales se empieza a descubrir
algunos planetas -¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se
sabe-; a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso,
para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente
corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué
cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.
Pero en la expresión
«asombroso» se esconde una trampa lógica. Nos causa asombro
lo que sobresale de la norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad
a la cual estamos acostumbrados. Pues bien, un mundo así, obvio, no existe.
Nuestro asombro es autónomo y no procede de ninguna comparación
de ningún tipo.
De acuerdo, en el habla
cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como
«la vida común», «los acontecimientos comunes»...
Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya
nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún
día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular
en este mundo.
Todo indica que los poetas tendrán siempre mucho trabajo.