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Noviembre de 2007 - Año 4, No. 10

 

CLAUDIA GALLEGO
Después de la boda. Dianamarca/Suecia. 2006
Título original: Ester Bryluppet
Director: Susanne Bier

PERO NO LO HICIMOS

Digámoslo así, sin anestesia: El cine escandinavo es bueno. Puede que uno se soporte o no los retratos descarnados de Lars Von Trier y sus cohortes, o que, amén de una posición estética definida, decida detestarlo por manipulador y artificioso y desesperanzado. Puede que uno decida también que no quiere volver a salir de la sala de cine como si le hubieran dado una paliza en el alma. Pero el cine escandinavo es bueno. Porque no se conforma con las versiones arquetípicas de la mayoría del cine de hoy, porque no se contenta con las fórmulas que consiguen espectadores, porque hace tiempo superó la tendencia (necesaria, claro, y eso depende del momento de la industria cinematográfica del país de turno) de re-crear los conflictos locales. Porque tiene el valor y la sabiduría para honrar e interrogar a sus mentores desde nuevas estéticas y maneras de construcción dramática.

Este es el caso de Susanne Bier, la directora de Después de la Boda, que se exhibe en nuestros teatros en medio de una cartelera desierta de talento –con poquísimas excepciones, una de ellas, la conmovedora Agua, de la maestra de la sutileza, Deepa Mehta- y plagada de superhéroes, supercarros, super repeticiones y terceras y cuartas partes.

Cuando uno termina de ver Después de la Boda tiene un inmenso interrogante en la cabeza: ¿Qué hace esta directora para lograr un relato tan conmovedor, tan honesto, tan verosímil, tan verdadero, construido sobre la base de hechos tan melodramáticos que serían dignos de la más truculenta telenovela mejicana?

Y entonces empieza uno a tejer respuestas. Primera: la directora danesa, finalmente consagrada por la crítica con esta película (ya nos había removido bastante el corazón con A Corazón Abierto, 2002; y con Verdades Ocultas, 2004), logra moverse en terrenos opuestos que parecerían irreconciliables y los pone a dialogar cara a cara: el terreno de lo teatral y el del más puro realismo; al tiempo que su cámara le sirve para trasegar con sus conocimientos del Dogma 95 y llevarla, a ella, la cámara, y a la historia, hasta los primerísimos primeros planos de los ojos, las miradas y por ende, de las almas que están en juego en esta historia, le sirve también para contar la opulencia de la vida en los suburbios de la aséptica Copenhagen y en la colorida y adolorida Bombay. Le sirve para construir un retrato de una familia que se enfrenta a todos sus abismos un mismo día, el día después de la boda y que logra mantenerse al borde gracias a la bondad de su mirada, sin abandonar la pesadilla de los descubrimientos tardíos, de las verdades ocultas, de lo que pudieron haber hecho pero no lo hicimos, como le dice Jacob a Helene en el tono danés más frío que pueda imaginarse y que resume veinte años de dudas, de negaciones y de espera.

Segunda y además: Esta es una historia de unas personas reales, que viven su vida de la mejor manera que pueden, “Yo soy una buena persona”, se defiende Jorgen ante las sospechas de Jacob. Y es una buena persona porque tiene una buena onda, camina feliz, le lee cuentos a sus hijos por las noches y ama con devoción a Helene, su mujer. Helene, una buena y hermosa mujer que tuvo que abandonar a Jacob en India, veinte años atrás para descubrir después que estaba embarazada y que es buena además porque en el interrogatorio que le hace su hija es incapaz de mentir y decir que logró olvidar a Jacob. Jacob, un hombre tan bueno y estoico que dedica su vida a dirigir un orfanato en India y cuando tiene que ausentarse para responder al requerimiento de Jorgen –Jorgen, que es bueno y (no pero) millonario ha ofrecido una donación a condición de su visita-, le promete entre besos y abrazos a su huérfano favorito, Pramud, llamarlo un día sí y un día no. Esta es una historia de unas personas cualquieras a las que les pasan a partir de un día cualquiera también, cosas extraordinarias, como a cualquier persona ordinaria. Verosímil.

Tercera y además: pocas veces puede uno decir que todas, absolutamente todas las actuaciones en una película son impecables. Un estupendo casting ejecuta un guión sin parlamentos altisonantes,
donde lo realmente importante se entiende desde lenguajes no siempre verbales, plenos de silencios que gritan verdades y que sin embargo no dejan vacíos incómodos (entendiendo incomodidad
como huecos en la estructura) pero logran perturbar (entendiendo perturbación como un espacio fértil para la reflexión). Verdadero.

Cuarta y además: la historia no trata de decirnos que nadie es bueno o malo sino complejo -como se ha vuelto casi el estribillo del cine que quiere llamarse culto de nuestros días-, sino que podemos coquetear a partir de su lectura con la idea de que las personas buenas, verdaderas, que tratan de hacer mejor la vida de los demás, siempre tendrán una segunda oportunidad sobre esta tierra y que no es necesario irse al otro lado del mundo para hacer algo bueno por alguien. Y que no obstante, la buena intención no obvia las equivocaciones que pueden determinar la ruina de sí mismos o de los demás o el consabido pero no lo hicimos. Honesto.

Porque de eso se trata. De “decir la verdad bajos circunstancias imaginarias”, como le oí decir a William Macey en una entrevista. De conmover. De confrontar. De contar. Sin dejar de usar por lo que “funciona” (son mejores las historias donde pasan cosas) sino poniéndoloen el prisma multivalente que sólo puede iluminar un talento como el de Susanne Bier. Que es escandinava. Y también por eso es buena.

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