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Ir a Contenido Noviembre de 2007 - Año 4, No. 10 |
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JOSÉ WATANABE
PERÚ 1949 20071. DE ALBÚM DE FAMILIA. 1971
Los amigos
Permanece aún el sabor de un helado de almendras
en nuestra garganta
y Lorenzo habla de nuestros años
sin salir del duro cascarón de familia,
recuerda que cuando caían hojas él no sabía que pasaba el
tiempo.
Debemos buscar trabajo
Porque su novia no leyó nunca folletos maltusianos.
Ella dijo riendo:
Mejor saltemos por la ventana.
Él dijo:
Sería como caer sin llegar nunca.
Sin embargo, nuestras renovadas búsquedas de trabajo
emprendidas siempre al atardecer
terminan conversando sobre la hierba del algún parque.
Hoy hemos fingido a ser expertos en publicidad,
hemos fotografiado a todo el mundo con el hueco de la mano,
y textos para un producto imaginario nos ha sobrevolado
con persistencia.
Un día emprenderemos una excursión a donde apunte el viento
o editaremos un libro de dibujo o poesía
donde se aprieten las ruedas, el humo, las hojas,
los papás que usan tirantes y los fantasmas.
Ahora sólo sabemos caminar las calles
Y ni siquiera somos carteros.
Las manos
Mi padre vino desde tan lejos
Cruzó los mares,
caminó
y se inventó caminos,
hasta terminar dejándome sólo estas manos
y enterrando las suyas
como dos tiernísimas frutas ya apagadas.
Digo que bien pueden ser éstas sus manos
Encendidas también con la estampa de Utamaro
del hombre tenue bajo la lluvia.
Sin embargo, la gente repite que son mías
aunque mi padre
multiplicó sus manos
sólo por dos o tres circunstancias de la vida
o porque no quiso que otras manos
pesasen sobre su pecho silenciado.
Pero es bien sencillo comprender
que con estas manos
también enterrarán un poco a mi padre,
a su venida desde tan lejos,
a su ternura que supo modelar sobre mis cabellos
cuando él tenía sus manos para coger cualquier viento,
de cualquier tierra.
2. DEL HUSO DE LA PALABRA. 1989
La mantis religiosa
Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el
sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cms. de
mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del
Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito
seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos
descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y
quebradiza cáscara.
Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había
destruído
a un macho
vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose,
llamando
hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
y dispuesta.
Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva caústica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le
hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o el seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
a la muerte.
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lenguita.
Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué
última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra de
agradecimiento.
Los encuentros
Y de repente éramos dos hormigas en la vereda
casual,
él y yo,
así moviendo las antenas, intercambiando datos,
cordialidades, diez años.
Pero ¿por qué estos encuentros se tuercen siempre?
¿Sentías amigo mío, cómo nuestro viejo afecto
se hacía desinterés
y fastidio?
( Y los dos supimos
que ya estábamos listos para ignorarnos diez años más)
Antes de despedirnos
él me punzó con un dato sombrío:
su padre Don Ventura D.,tenía un cáncer renal.
Todo hecho es fragmentario hasta que el azar no slleva
a su complemento.
Digo esto porque voy a hablar de mi inesperado
Encuentro
Con su padre, tres días después.
Fue en el planetario del Ministerio de Aeronáutica, en la
Feria.
Don Ventura D.
estaba bajo la gran cúpula que copiaba el cosmos,
giraba trabajosamente sobre sí mismo
solo
siguiendo el movimiento de los numerosos planetas y lunas
que se trasladaban lentos y luminosos
en la penumbra.
Una mirada concentrada
hacía de la cúpula un espacio abisal,
y él la contemplaba así
y con serenidad sobrecogedora,
ya entregándose.
Me descubrí anotando
que la gravitación universal no tiene contingencias, azar
ni cáncer.
Estaba yendo hacia el poema
y me abstuve:
ese hombre está en juego, dije.
Y salí del planetario y me entropé con la gente.
Ninguna seguía, como los planetas, una órbita precisa.
3. DE HISTORIA NATURAL. 1994
Mamá cumple 75 años
Cinco cuyes han caído
Degollados, sacrificados, a tus pies de reina vieja.
Sangre celebra siempre tu cumpleaños, recíbela
en una escudilla
donde pueda cuajar un signo brillante
además del cuchillo.
La bombilla de luz coincide con tu cabeza dormida
y te aureola: comenzamos a quererte
con cierta piedad,
pero tus ojos
tus ojos se abren rápidos como avisados, y revive en ellos
un animal de ternura demasiado severa.
Tus ojos de ajadísimo alrededor
son el resto indemne
del personaje central que fuiste entre nosotros,
cuando alta y enhiesta
alargabas el candil hacia la oscuridad
y llamabas susurrando
a nadie. Las sombras en el muro y los gatos
detrás de la frontera terrible
eran inocentes. Tú, señora, eras el miedo.
Cinco cuyes pronto estarán servidos en la mesa.
Otros eran los del rito curador, los de entrañas abiertas y
sensitivas
que revelaban nuestras enfermedades.
Éstos son de diente, de presa. No dirán
Que tú eres nuestra más antigua dolencia.
El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.
3. DE LA PIEDRA ALADA. 1994
El fósil
La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.
Tu remoto latido, hoy petrificado,
vive ahora en mi cuerpo
tan inverosímil como el tuyo.
Tú ya no puedes mirarte ni mirarme, no sabes
lo extraño que es ser pez u hombre.
Somos te digo, inverosímiles, caprichos
de una madre delirante
que cuaja infinitas e insensatas formas en el mar
y la tierra.
El ruido alegre de los niños en el museo
que se empinan a mirar otros fósiles
interrumpe mi habitual pesimismo,
y me enternece:
después de todo, pescadito,
tal vez alguna razón existe.
La piedra alada
El pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.
Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.
Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.
El destete
Con qué paciencia
la madre envuelve su magro seno con lana de oveja
negra. Y el seno ya no es más
el sitio de la ternura.
Agotada la dulce leche, la madre hace el ancestral rito
del destete:
el niño viene y encuentra
el animal de lana negra en el pecho amado
donde sólo el viejo pezón nutricio
asoma todavía como una provocadora
trampa.
El niño huye escarmentado
y ahíto
de su primer gran miedo.
Su amor renacerá de ese miedo. Y ella
será la madre
que le temblará siempre en la boca.