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Ir a Contenido Noviembre de 2007 - Año 4, No. 10 |
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EDGARD LEE MASTER
TRADUCCIÓN
Por Bernardo Gómez
SILENCIO
He conocido el silencio de las estrellas y del
mar,
Y el silencio de la ciudad cuando se aquieta,
Y el silencio de un hombre y de una mujer
Y el silencio del que ésta hecha la música
Y el silencio de los bosques antes de que comiencen
los vientos de la primavera.
Y el silencio del enfermo
cuando sus ojos vagan por el cuarto.
Y yo pregunto
para que profundos usos
está hecho el lenguaje ?
Una bestia del campo se lamenta brevemente
cuando la muerte le arrebata a su creatura
y nosotros enmudecemos en presencia
de las realidades
nos quedamos sin habla.
Un muchacho curioso pregunta a un viejo soldado
sentado frente a un almacén
¿de que manera perdió usted su pierna ?
Y el viejo soldado se queda en silencio
o su mente vuela lejos
porque no puede concentrarla en Gettysburg.
Vuelve en sì jocosamente
y comenta : Un oso me la arrancó.
Y el muchacho se maravilla, mientras el viejo soldado
en silencio, lejanamente revive
los destellos de los fusiles, el estruendo de los cañones,
los gritos de la matanza
y él mismo tirado en el campo,
y los cirujanos del hospital, los cuchillos,
y los largos días en cama .
Pero si él pudiera describir todo esto
sería un artista
y si fuera un artista
habría heridas más profundas que no podría
describir.
Hay el silencio de un gran odio,
y el silencio de un gran amor,
y el silencio de una profunda paz de la mente,
y el silencio de una amargada amistad.
Hay el silencio de una crisis espiritual
en la que tu alma
intensamente torturada,
ingresa con visiones inexpresables
en una región más elevada.
Y el silencio de los dioses que se comprenden
uno al otro sin hablar.
Hay el silencio de la derrota.
Hay el silencio de los que son castigados injustamente,
y el silencio del que muriendo
aferra repentinamente tu mano.
Hay el silencio entre padre e hijo
Cuando el padre no puede explicar su vida
aunque a causa de ello se le mal comprenda.
Hay el silencio que surge entre esposo
y esposa.
Hay el silencio de los que han fracasado;
y el inmenso silencio que se extiende
sobre las naciones destruidas y los caudillos derrotados.
Hay el silencio de Lincon
pensando en la indigencia de su juventud
y el silencio de Napoleón
después de Waterloo
y el silencio de Juana de Arco
cuando exclamaba entre las llamas bendito Jesús
dos palabras que revelan todo el dolor, toda la esperanza.
Y hay el silencio del que envejece
demasiado sabio para que la lengua pueda expresarlo
en palabras comprensibles a los que no han trasegado
el gran curso de la vida.
Y hay el silencio de la muerte.
Si quienes estamos vivos no podemos hablar
de experiencias profundas,
por qué maravillarnos de que los muertos
no nos hablen de la muerte ?
Descifraremos su silencio
cuando estemos cerca de ellos.