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Noviembre de 2007 - Año 4, No. 10

 

TONINO GERRA
Traducción De Stefano Strazzabosco
Del Libro “LA MIEL”

CANTO TERCERO

Mi hermano trabaja en la oficina de telégrafos de la estación
donde desde hace cuarenta años no pasan trenes,
los rieles se los llevaron durante la guerra
cuando había necesidad de fierro para fabricar cañones.

Está sentado y espera. Pero nunca le llaman
y él nunca llama a nadie. El último telegrama
llegó de Australia
dirigido a Rino de Fabiòt quien ya está bajo la tierra.

El día que fui a visitarlo, mi hermano
estaba sentado bajo el techito de hierro
con las manos en las bolsas dentro de un aire
picado desde lejos por los pájaros en viaje.

Delante de nosotros la línea recta cubierta de hierba
donde pasaban los trenes. Ahora
bajaba por allí una gallina que nos pasó
delante sin voltear.

CANTO NOVENO

A Gabriel García Márquez
Habrá llovido unos cien días y el agua se metió
tras las raíces de la hierba
y llegó a la biblioteca y mojó las palabras santas
que estaban encerradas en el convento.

Cuando salió el sol,
Sajat-Novà quien era el fraile más joven
subió con la escalera todos los libros a los techos
y los abrió al sol para que el aire caliente
secara el papel mojado.

Pasó un mes de buen tiempo
y el fraile estaba de rodillas en el patio
a la espera de que los libros dieran una señal de vida.
Y por fin una mañana las páginas empezaron
a crujir ligeras en la brisa del viento,
parecía que habían llegado las abejas a los techos
y él se puso a llorar por que los libros hablaban.

CANTO UNDÉCIMO

Hace dos días que era el primer domingo de noviembre
había tanta neblina que se podía cortar con cuchillo.
Los árboles estaban blancos de escarcha y las carreteras y la campiña
parecían cubiertas con sábanas. Luego salió el sol
y secó el universo y sólo las sombras
permanecieron mojadas.

Pinela el campesino ataba las vides
de las hileras con unas hierbas secas que le colgaban de las orejas.
En lo que él trabajaba le hablé de la ciudad,
de mi vida que había pasado como un relámpago
y que me daba miedo la muerte.

Entonces paró todos los ruidos que hacía con las manos
Y sólo entonces se oyó un pajarito que cantaba a lo lejos.
Me dijo: ¿Por qué miedo? La muerte no es nada aburrida,
llega sólo una vez.

CANTO VIGÉSIMO SEGUNDO

Cuando en otoño
los árboles estaban desnudos,
una tarde llegó
una nube de pájaros
cansadísimos
y se pararon en las ramas.
Parecía que habían vuelto las hojas
a oscilar al viento

CANTO TRIGÉSIMO CUARTO

Primero se rompió el despertador
y luego el reloj de bolsillo que un maquinista
le había regalado a mi hermano. Entonces medíamos el tiempo
con los rayos del sol que se filtraban en la cocina
y hacían unos deslumbramientos sobre la orilla de la despensa
si eran las nueve de la mañana,
en cambio, si llegaban hasta los vasos, eran las doce pasadas.
Más tarde había una mancha clara
que pegaba contra los clavos
y giraba alrededor de las dos camas
hasta desaparecer a las seis de la tarde dentro de la telaraña
que colgaba del techo. Sí llovía
eran lo oídos los que atinaban la hora
de los ruidos que venían de la calle.
Bastaba con oír a Bina caminando tras la cabra
para saber que eran ya las siete en punto, y regresaba a las doce.
Los zapateros comen cuando se pone el sol
y arrastran las sillas afuera de la plaza,
en tanto las cigarras dejan de cantar porque le tienen miedo
a la oscuridad. Filomena
a las dos de la madrugada usa su tamiz.
Pero un domingo nos equivocamos con las seis de la tarde
y las seis de la madrugada y entonces entendimos
que los oídos y todos los tornillos de la cabeza
se habían descompuesto.

CANTO TRIGÉSIMO QUINTO

Agua, fuego y luego ceniza
y los huesos dentro de la ceniza,
el aire tiembla alrededor de la Tierra.
¿Dónde están las hojas verdes, la hierba, los chícharos
con el dedo de las mujeres que los sacaba de la vaina?
¿Dónde están las rosas y la guitarra, los perros y los gatos,
las piedras y las cercas que marcan los límites,
las bocas que cantaban, los calendarios, los ríos
y las tetas llenas de leche? ¿Dónde están los cuentos
si las velas apagadas ya no dan lumbre?
¿Dónde está el Tiempo con todos los días de la semana,
las horas y segundos que marcan?
El Sol gira y se mueven las sombras
de lo que está inmóvil.
Y yo, ¿dónde estoy? ¿Dónde está Fulano?
Venecia, que se ha ahogado,
es un montón de huesos blancos bajo el mar.
Pero vendrá el día en que desde la puerta del cielo
caerá una voz adentro del polvo.
Mandará que salga el hombre
que lo inventó todo:
la rueda, los relojes, los números
y las banderas por las calles.
Entonces se levantará Adán y con su cabeza erguida
Irá bajo esa Luz Grande
para decir que la miel que nos dio
estaba en la punta de una espada.

CANTO ÚLTIMO

Ahora los dos hermanos están enterrados bajo el roble
cerca de la cruz chueca de la condesa
que tenía cuarenta predios
y un calesín con ruedas de hule.
De Pascua hasta Navidad los dos hermanos se habían encerrado del todo
y no sacaban ni un dedo fuera de la ventana.
Luego se supo que uno de los dos
tenía al otro adentro de un cuchitril a pan y agua
tartamudeando blasfemias.
Cuando la monja enfermera
tiró la puerta,
parecían bolsas de basura.
Y en el hospital no llegaron a cumplir una semana.
Estaban tendidos en dos camitas
separados apenas por una silla
sin verse la cara,
pero agarrados de la mano.

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