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Abril de 2008 - Año 5, No. 11

 

NICOLÁS SUESCÚN
(Bogotá, Colombia, 1937)

Adelantó sus estudios secundarios en una escuela militar gringa, el Greenbier Military School de Virginia; luego tomó cursos de humanidades, de historia y de literatura en la Universidad de Columbia y, más adelante, en la escuela de Altos estudios de París; de regreso a Bogotá fue profesor de inglés de la Universidad Nacional; trabajó en la librería Buchholz, cuya revista Eco dirigió durante varios años; para sorpresa de muchos, en 1976 expuso con bastante éxito una colección de sus extraños collages en la Universidad de Berlín y en la Galería Belarca; al poco tiempo fundó la Librería Extemporánea, que naturalmente tuvo que cerrar al cabo de algunos meses, más tarde no resistió la tentación de incursionar en el mundillo ancho y ajeno del periodismo criollo: fue diagramador de la revista Nueva Frontera, jefe de redacción de Cromos, preparador de informes internacionales para el noticiero Noticias Uno, y autor de innumerables notas bibliográficas en diferentes publicaciones nacionales y extranjeras.

La literatura, sin embargo, lo ha acompañado desde siempre, al igual que la necesidad de escribir. Sus traducciones de Rimbaud, Flaubert, Somerset Maughan, Ambrose Pierce, W.B. Yeats, Christopher Isherwood y Stephen Crane son excelentes obras de destreza literaria, y sus libros hablan por sí solos. Entre ellos están El retorno a casa (Editorial Universitaria de Chile, 1971), El último escalón (Editorial Pluma, 1974), El extraño y otros cuentos (Carlos Valencia Editores, 1980), La vida es..., Los Cuadernos de N (Planeta, 1994) y Oniromanía (El Ancora Editores, 1996).

 

LAS COSAS QUE HE IDO ESCONDIENDO

bajo las piedras,
entre los esqueletos,
en el polvo, en las sillas, en los papeles,
entre pecho y espalda,
surgen de pronto,
proyectando sombras espesas,
viscosas,
como moco de político pájaro.

Abrí los ojos y me dijeron
que en país de ciegos hiciera como el ciego.
Después me enseñaron las palabras
y me aconsejaron que cerrara la boca
si no era para repetir lo repetido,
y que fuera manso para llegar al reino de los cielos.
Me dictaron todo lo que podía hacer, creer y recibir,
y yo gemía de noche, entre las sábanas,
porque no era tan santo como San Luis Gonzaga.

Vuelven estas cosas que he ido apilando
a la vera del camino, para olvidarlas.
Vienen como con pies, hablan como con boca
los patios donde me calentaba a medias,
las piezas en tinieblas y la luz,
los pecados mortales y los veniales,
las sesiones finales,
los valses del teatro Hogar,
y todas esas fiestas infantiles
con aquellos regalos regalados.

Vuelven como empujadas por el viento,
este helado silbido paramuno,
y me llevan de la mano
de paseo por la calle de siempre,
con la pordiosera, sus trapos y sus perros,
con el niño durmiendo en su caja de whisky
Johny Walker, que sigue tan campante,
con el sacristán masturbándose
ante la Virgen y su lindo niño en brazos,
con el hombre esperando la muerte en una esquina,
con el hombre esperando la vida en un camastro,
con todos los vivos y todos los difuntos,
¡y más frío que el que tendré en mi tumba!

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