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Ir a Contenido Julio de 2009 - Año 6, No. 13-14 |
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CINCO TEXTOS DEL LIBRO "LA MITAD DE LOS CRISTALES"
ADOLFO MARCHENA/LUIS AMÉZAGA(ESPAÑA)
MEDIA NARANJA, MEDIO LIMÓN
De burdeles. Mi camarero favorito cuando cierra el bar acopla su entrepierna a la moto, que enfila hacia las dos horas de placer que se regala todas las semanas en una ciudad vecina para evitar encuentros desagradables. Suele cambiar de chica para no tener que cambiar de discurso. Practica posturas, ejercita el masaje sensitivo y gusta de abrevar en el pilón de las muchachas con una entrega de pagador agradecido. Le pasan el Listerine antes de su bocado salivoso. Luego ellas también le dan al enjuague y al barniz de la pilastra. Alguna vez se ha enamorado por la tendencia a dejarse llevar por las terminaciones nerviosas. Pero las putas tienen muy afianzada su vocación y le han dado largas, cariños de madrecitas y suspiros de un amor allá en su tierra. Porque ellas el amor lo tienen siempre en otro sitio. Aquí sólo están para joder. Mi camarero favorito es muy servicial y experto en tallas, y a veces les regala lencería. Ellas le dan un achuchón y se ponen a cuatro patas. El empuja algo cansado de que le den la espalda. Luego me lo cuenta en el bar, a última hora, antes de barrer. Apuro el vino y le acompaño en el sentimiento. ¿Y tú qué?, me pregunta buscando la confidencia. Mi soledad es más barata, le contesto mientras salgo a la calle con las manos en los bolsillos.
UNA TAPA DE ALCANTARILLA
Todas las contraportadas de los libros dicen lo mismo. Seducen con la misma pieza de encaje. La vida retratada de los treinta, los cuarenta, los cincuenta. Un resquicio entre décadas abre los espacios acotados. En ocasiones, la frase es la misma para millones de ojos. Pero no siempre sucede. La frase es inevitablemente distinta para cada ojo. Es un huracán de metralla, una tapa de alcantarilla, un Atacama sin dunas, una congelación en las manos. Destreza y apocamiento.
TARDE DE ABSENTA
Como los girasoles, anaranjado, quedó Van Gogh una tarde de absenta, sin lóbulos, sin escafandras. Precipicios en la paleta y los pinceles practicando escalada en la frente de un nenúfar. Una pensión donde el frío se cuela bajo las puertas. La fulana solicita veinticinco francos bajo el Arco del Triunfo. Dentro de la locura que esconden las ropas interiores. El horario de la disciplina es el minutero de la reencarnación. Disecados los tabloides donde cuelgan teléfonos y masturbaciones. Como Van Gogh quedó la tarde disecada de aliento, agujas y destierro.
MEDIAS
El escritor observa a través de la concavidad de las medias. Un bosque lejano en la ribera de la barra. La mujer que ojea una revista. Ruido en la esquina del tránsito. Las marionetas han dejado de bailar y beben cerveza caducada. El hueco que deja la tapa de la alcantarilla se torna entrada de un hormiguero. Las medias cubren los abismos, las piernas de seda de una mujer morena. El escritor desvía la mirada y se adentra en la jungla de su cabellera, pintura acrílica. En la distancia de los corceles enlutados. El negro de la noche y los vestidos de novias descontentas. Cualquier acercamiento a la conversación revela un trance. Mirar no deja de ser un gesto oneroso. El escritor regresa a las páginas y la mujer morena desaparece entre el cutis de las medias.
PARTE DE LA MISMA TAJADA
Las líneas discontinuas de la carretera nos leen el futuro. Somos tan frágiles que no guardamos una copia de seguridad. ¿Me llamabas? Quién eres tú. Soy yo mamá. Mi hijo era mucho más guapo y más alto y vestía con elegancia. Mira, llueve. No, son lágrimas, mamá. Qué hago aquí. Estás en casa, conmigo. ¿Ya lo sé, te crees que me he vuelto loca? Ven que te peine. Que me peine la niña. En esta casa no hay niñas, ya no. Berta tiene cuarenta años y vive en Valencia. Quién es Berta. Tu hija, mamá. Deje de llamarme mamá, impostor. La mente da vueltas en busca de una pista fiable. Tortura es sufrir sin saber quién sufre. No es posible la muerte digna cuando se deriva de la vida autómata. Bebe, mamá. Me quieres envenenar. No digas bobadas. Un rayo de sol y deja de prestar atención a las caricias. Allá que se van sus ojos para perderse sin remedio. Los gatos son menos indiferentes a lo humano. Pero también les gusta la luz que calienta. En qué soñará su madre, piensa mientras tira el pañal sucio. Se está volviendo, a pesar de las apariencias, en un ser amargado. Su madre está desaparecida en un laberinto y él ha hipotecado una posibilidad de vida, la que fuera. Dos por el precio de uno, murmura cuando acaban de dar las señales horarias en la radio.