Ir a Contenido

Julio de 2010 - Año 7, No. 15

Alberto Rodríguez Tosca

Alberto Rodríguez Tosca

Poeta, ensayista y narrador. Ha publicado Todas las jaurías del rey (Premio David de Poesía, 1987), Otros poemas (Premio Nacional de la Crítica, 1992), El viaje (2003), Escrito sobre el hielo (2006). Las derrotas, su último libro, acaba de recibir el Premio Nacional de la Crítica, 2009). Sus poemas y cuentos han aparecido en antologías publicadas en Cuba, España, Argentina, México, Colombia, Venezuela, Puerto Rico, Austria, Italia y Estados Unidos. Estudió Dirección de Cine, Radio y Televisión en la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana. Llegó a Bogotá en 1994 invitado al III Encuentro de Poetas Hispanoamericanos organizado por la revista Ulrika. Desde entonces reside en Colombia. Ha sido escritor y director de programas de radio, profesor universitario y editor general de varias publicaciones colombianas de periodismo cultural. Actualmente dicta clases en el Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y Talleres de Redacción en la Casa de Poesía Silva.

 

Las mejores mentes de mi generación

He visto las mejores mentes de mi generación desvanecidas en el aire como asustados cálamos a punto de caer. Las he visto, a su pesar, cayendo. Las he visto estrellarse contra un muro de ideas que antes se estrellaron contra un muro de gente. Las he visto izar banderas y quemarlas después. Aplaudir desenfrenadamente en sus tribunas y con el mismo desenfreno abominarlas luego en tribunas de otros. Las he visto lidiar sus más altos y más bajos instintos con la destreza de un banderillero que desafía el cuerno temeroso ante la mirada expectante del poder y la gloria. (Todavía escucho sus lánguidos aullidos batallando en la plaza). Las mejores mentes de mi generación quisieron cambiar el mundo con bombo y pandereta a una hora en que el mundo se cambiaba a sí mismo con saña y maldición. Sordomudas ante el paso del tiempo y de rodillas ante las broncas filípicas de los Padres de la Patria, las mejores mentes de mi generación dilapidaron en un grito todo el silencio que necesitarían después para salvar la patria de los padres. Hablaron, callaron. Gozaron, sufrieron. Ganaron, perdieron. Sangraron y con pequeños sorbos de absolución y olvido curaron sus heridas. Qué más decir de las mejores mentes de mi generación, sino que siguen siendo las mejores mentes de mi generación... hasta que nazcan otras.

Entonces yo me pregunto

No hay paz en la tumba de mi madre. Cada noche la escucho arrastrar sus viejas pantuflas de goma por toda la casa. Mientras camina, lava los platos, raspa el polvo, ordena mis camisas. A veces se detiene y dice: “Hijo, ¡cómo estás viejo!” Entonces yo me pregunto: “¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas?” El alma en pena de mi madre recorre mi cuerpo con ojos que dan grima. Sus manos tiemblan, zurcen mis pantalones, juegan con los reptiles. El aire se refocila en los cristales y un aroma de pan recién horneado amansa los remolinos de la noche. Mi madre canta. Busca palabras que alivien con música las hendiduras de su propio corazón. A veces se detiene y dice: “¡Hijo, vuelve junto a tu padre, acaricia con lágrimas su pulmón herido; visita de vez en cuando a tus hermanos; llora en paz y sálvate, pero no te avergüences de haber salido de mi vientre escaldado!” La madre es fría y está cumplida. La mía intenta rescatarme de un despeñadero que cultivo con ganas. Me niego a abandonarlo. No quiero. No puedo. Se me hizo tarde para regresar a la casa materna y mucho menos a ese pleamar de cascabeles sucios que reclama mi cara para tatuar en ella un plano de los días en que fuimos felices. Mi madre tose, se le escapa el aire, lo deja ir con la inspirada resignación de quien escribe un salmo. Mientras camina, se mira en el espejo para verme soñar. Sueña conmigo. Nos soñamos. A veces se detiene y dice: “¡Hijo!” Entonces yo me pregunto...

Desayunos

Es sábado me despierto a las seis ya huele a desayuno
por las rendijas de la ventana se filtra un aire negro
que carga otros hedores pronto vendrán por mí
los funcionarios de inmigración y todavía no decido
dónde guardar tu foto me pregunto qué estará haciendo
ahora mi padre allá en la isla seguramente duerme
o sueña o se prepara para morir tan solo como lo dejé
hace siete años acompañado de una soledad que ya
lo acompañaba la radio es una ametralladora de malas
noticias los periódicos otra y me pregunto qué habrá
desayunado hoy el señor presidente hace frío a las seis
y me despierto imaginando cosas cocodrilos que cantan
serpientes que agonizan mujeres que huyen de mí
como de un temblor o una epidemia ¡no huyan! les grito
pero del otro lado una voz hermosa como gemido de sándalo
les ordena correr desvanecerse entre la bruma para que yo
no pueda retenerlas (no las retengo) a esta hora las prostitutas
se retiran a dormir trabajaron con ganas les pegaron con ganas
pero llegaron a la pieza con lo del desayuno huele a desayuno
a las seis y me pregunto qué habrá desayunado hoy el capitán
de corbeta y su señora buenos días mundo buenos días aguja
de coser entra en mis ojos y hazme portador de una ceguera
amable (ya vi lo suficiente gracias) si hay un jardín de las delicias
no es mi jardín si hay una felicidad no es mía (perdonen la tristeza
sucede cada tanto a las seis) me sirvo el primer trago mi desayuno
que sabrá amargo como resina de eucalipto el próximo sabrá
a sudores tuyos ahora confundidos con sudores de otro bajo qué
sábanas te estarás despertando esta mañana amor mío.

 

Regresar a la página principal