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Julio de 2010 - Año 7, No. 15

Esmir Garcés


Esmir Garcés

Algeciras, Huila, 1969.

Comunicador Social Comunitario (Unad). Director de la revista de poesía Hojas Sueltas de Literatura. Incluido en el programa de televisión nacional Poetas Colombianos: Capítulo Nº 69, Señal Colombia, 2000. Invitado al Programa Nacional de Itinerancias Artísticas por Colombia - Ruta Mutis del Ministerio de Cultura, 2008. Finalista en el Concurso Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 2009. Ganador del Primer Concurso Nacional de Poesía, Universidad Industrial de Santander, 2009. Compilador de libro: Consejo para la buena muerte: Panorama de poetas contemporáneos del suroccidente de Colombia, 2009, Programa Nacional de Estímulos a Editoriales Regionales del Ministerio de Cultura. Autor de los libros de poemas Todos los ríos, 2006 y El otro vuelo del cuervo, 2009.

Primer vuelo

En la página en blanco, el cuervo tiene su propio mundo y no depende de la mano del poeta. Una estela de palabras hace temblar el aire. Nada detiene su mirada, el vacío tiene su propio vértigo. La gramática va trazando su vuelo. El tiempo es un árbol de sonidos y de palabras en el corazón del ave.

Con el pájaro llega el día, noticia de bosques cercanos y de una posible lluvia. Trae en sus entrañas el rocío de su canto y el vuelo fugaz de una estrella.

Cuervo dijo: “Vuela”, y abrí los brazos, y el viento movió mis alas. Cuervo dijo: “Grazna”, y mi boca expidió un horrible sonido. Cuervo dijo: “Ilumina los ojos”, y mis pupilas se volvieron ruedas de fuego. Cuervo dijo: “Ama”, y aprendí a despedirme de la muerte.

Para hacer volar a un cuervo, primero pienso en el aire. Un pequeño punto en el horizonte como un grano de trigo. Un punto es la nada, esa misma fuerza que hace abrir la almendra en la tierra. Y luego, doy paso a la imagen y nace de la cáscara el pájaro. Aletea como señal de vida, escapa de la misma palabra y su cuerpo flota entre el mar invisible. Nada sorprende al ave: grazna porque sabe que en las páginas siguientes habitan otras aves.

Todas las noches dibujo una jaula distinta, línea tras línea, barrote tras barrote. Este ejercicio lo sé de memoria, lo aprendí en la infancia con mis abuelos y lo perfeccioné en la escuela. Lo puedo repetir cuantas veces quiera. Me es fácil: poseo la destreza de encerrar los espacios, de asignarles sus colores y sus ambientes. Me ha parecido difícil que los cuervos vuelen dentro de ella.

El cuervo agita sus alas
para advertirnos que el mundo comienza en el aire.

 

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