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Julio de 2010 - Año 7, No. 15

Hugo Francisco Rivella

Hugo Francisco Rivella

Nació en Rosario de la Frontera, Salta, Argentina,en 1948. Su obra ha merecido importantes premios nacionales e internacionales. Ha compuesto con músicos como Carmen Guzmán, Mario Díaz, Rubén Cruz, Ica Novo, Chato Díaz, Alberto Oviedo, Sergio Lacorte. Fue Presidente del Encuentro de Música Popular y la Canción Inédita en Unquillo y uno de sus impulsores. Escribió los textos de Los Ocultados, Radio Nacional Córdoba, AM 750. Participó en numerosos encuentros poéticos musicales. Ha publicado: Algo de mi muerte, Agua de mis manos, Cristales en el río, Zona de otros días, Caballos en la Lluvia; Yo, el toro (Todos libros de poemas). Tiene alrededor de treinta libros inéditos, y en prensa un trabajo sobre cultura popular: De gauchos y tradiciones.

 

Moriré de caballos, de pedradas azules

Moriré de caballos, de pedradas azules,
con la patria en mis ojos y la flor enmohecida de todos los fracasos; en Vallejo trilceando aguaceros temibles…
Cisneros con sus osos mordiendo catedrales,
Boccanera y las bestias de todos los hoteles.
Moriré de luciérnagas y el ruido de la lluvia sobre el techo de chapas de la casa en mi pueblo, Salgari, Sandokán, Kanmamuri y los tughs en la jungla más negra de la tierra:
Joseph Brodsky durmiendo con Donne y los halcones, Ungaretti volviendo del mar de las serpientes,
la muchacha y sus pechos bordados en mi almohada y Nippur de Lagash galopando. Moriré de Oesterheld, Eternauta del cielo, los gurbos deletreando la voz del universo,
Francis Ponge y el verso desangrado en la piel memoriosa del cadáver del ángel. Moriré de Almafuerte, muerto y vociferando, aunque el siglo lo encierre con hordas homicidas, con los valses de Strauss y las zambas del Cuchi ardidas en las siestas del quebracho y las catas, los murales de Orozco, las manos de mi madre, el tapiz memorioso de mi imaginería, Guayasamín, sus lunas de colores en la piel de sus brazos. Moriré en los ausentes, los que no irán a verme, porque escarbo sus bofes a puñalada limpia,
o irán a mi velorio a saber si estoy muerto, si huelo, si es cierto que en mi cabeza rugen tigres de arena, que emana una vertiente de vinos, y en los ojos titilan sin cesar espejos relucientes;
mi cadáver
irá como la vida retozando.

 

La llamada

Si ahorita me llegara de lejos como un siempre tu perfume
o me llegara el ruido de tus piernas o tus pechos, amor, digo tus pechos,
el sueño de madera de la trampa, los ángeles del miedo, los fuegos de papel que tiene el hambre,
si me llegara todo como un río o un barco con coltam o dinamita, el hollín de la fábrica cerrada, el aroma de pan de un pueblo chico,
si me llegara el viento de Sonora, la curva de la recta en mi locura,
los códices antiguos del escriba con el secreto absurdo del olvido, los ojos del blasfemo arrancados para pagar la culpa que no tiene, si me llegara dios como un lamido,
como una espada ardida resistiendo.
Si ahorita o no sé qué ni lo quisiera porque todo me llega a puro estruendo,
me llegara la flor del duraznero como la nieve de un amor lejano, la carta de un soldado en plena guerra, las hojas del aromo en aguacero,
si me llegara el mar con sus caballos su rosa desbocada entre los peces, un verso de Guillén a ritmo negro, Bukowsky en Nueva York hecho una mierda,
si me llegara la muerte con sus trapos y los huecos del siglo en su osadura,
si me llegara ahorita una llamada y tu voz repitiendo que me amas,
si me llegara ahorita en el silencio, si me llegara, mi dios, si me llegara.

 

Caballo y brasa
a Jacobo Regen

El caballo es una brasa que tirita.
Un pilpinto que vuelve por su cuello
como un collar por el que se deshoja la ternura.
En la brasa se mira como se mira el mundo
adentro de los días,
se reaviva en la lluvia igual que la ceniza que se moja
y se aturde con su propio galope.

La brasa es la memoria del espejo.
La llama agazapada entre los ojos.
Una flor de pétalos ardidos.

El caballo enfila hacia la brasa y la atraviesa
y es el último cometa de la tierra.

 

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