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Julio de 2010 - Año 7, No. 15
Carlos Castillo Quintero
(Miraflores, Boyacá, 1966)
Narrador, poeta y editor colombiano. Ha publicado los libros de cuento Los inmortales (2000) y Carroñera y otras ficciones perversas (2007); la antología El placer de la brevedad / Seis escritores de minificción y un dinosaurio sentado (2005); los poemarios Piel de recuerdo (1990), Burdelianas (1994),Rosa fragmentada (1995) y Sin el azul del día (Premio CEAB, 2008). Con Saga de los amantes (inédito) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla, y con Estación nocturna (inédito) el Premio Nacional de Poesía de Chiquinquirá. En el 2006 se diplomó en Creación Narrativa en el Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC). Incluido en la Antología Internacional de Cuento La flor del día/Trofeos de la lectura (Brasca/Chitarroni, Buenos Aires 2007), en la Segunda Antología de Cuento Corto Colombiano (Kremer/Bustamante, Bogotá 2007), y en Comitivas invisibles - Cuentos de fantasmas (Brasca, Buenos Aires 2008). Del 2004 al 2007 dirigió el Taller de Creación Literaria de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC). Actualmente dirige el Taller de Narrativa R.H. Moreno Durán y el Taller de Cuento Ciudad de Bogotá, ambos adscritos a la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa – RENATA, del Ministerio de Cultura. Obra suya puede leerse en: http://castilloq.blogspot.com/
una promesa
Y si por un río secreto
navegan desnudos los muertos
y un barquero ciego los guía
y, como corresponde,
se queda con el cobre prensado
que los deudos ponen en los ojos
de aquellos navegantes. A ese río,
y a ese barquero
habré de enviar
el agua taciturna que amanece
en mi rostro –la carroña–
el canto maldito que insiste
y, si es necesario,
me abriré una ventana en el pecho
para que salga
lo que de sombra quede
lo que te dañe
lo que no te guste
la piel usada,
el corazón y la palabra herida
habré de condenar
al fúnebre destierro
con una bolsa de monedas
de oro puro que gratifique
el triste adiós
que desteje ese río
y la incesante noche del ciego.
LA CIUDAD
Un Amor desesperado y un lindo
Crimen lloriquean en el barro de la calle
Arthur Rimbaud
Hay más frío en mi habitación
que en los ojos de quienes aguardan en los umbrales.
Sé que el lecho conserva otra memoria.
Sé que hace años, en esta calle, a esta hora alguien
tocaba una dulzaina.
Sé que tu piel es un privilegio
¿Te has ido? Sin ti no hay alegría.
El parque del barrio mintió tu perfume
en la tarde hizo algarabía y se
hincó
para que los niños subieran en su espalda,
pero el agua de la fuente no reflejó tu rostro.
La ciudad sabe que no estás…
Las calles hacen sonar sus espuelas: su resonancia
marca la extensión del océano
y me mide,
juego a que no escucho, a que no la veo
(pero tú sabes que no juego)
y me mide.
Las palomas durante todo el día y durante toda la noche
comen y defecan
y duermen
y sueñan que
comen y defecan
durante todo el día y
durante toda la noche las palomas
en la cúpula de la Catedral y
en los aleros y
en los tejados de las casas del centro.
Hay uno que odia las palomas
y las enamora con papeles trenzados.
Hay un tren que pasa seis veces en la noche,
y que tú conoces.
Sé que el olor del fuego te desvela
el comercio íntimo del acero sobre el acero.
(Los rieles son un anillo que luce –asediada por un puñal
de huellas y de frío–
la vanidosa de epidermis asfáltica).
Sé que preferirías que el anillo fuera de plata.
¿Qué has ido a buscar? La ciudad es una niña procaz…
Hay una calle habitada por una hiena
que luce una estopa en la cabeza (en la quijada)
y se empeña en atormentar a las esquinas
con su tufo.
Hay una sirena que agoniza
en el lavamanos de un cuarto de hotel,
y canta una vieja tonada
que repite una promesa fundida en cinco hilos de
oro pútrido
que tus labios recuerdan.
Hay un bar que naufraga cada quince años
y una quinceañera
que permanece en la barra
y hombres de varias generaciones la aman
y no se molestan por el abanico en su rostro
ni por su anodino aire de geisha.
¿Qué se puede esperar de una ciudad
que permite el naufragio de sus bares?
¿Te has ido? Sin ti la ciudad no existe.
Había una Casa de Placer regentada por una muñequita
de cartón piedra,
y un farol de cristal holandés
y un nombre de siete cifras
olvidado bajo el calicanto.
Había una monja que delineaba laberintos
de brusca sangre en su espalda,
con un duende prendido a su ombligo
y un confesor.
Había una viuda con las piernas y
los senos intactos
como caballitos de mar
como siemprevivas
como escaleras tendidas a un cielo raso
que linda con las estrellas.
¿A dónde ha ido la ciudad,
y la Casa de Placer
que olvidó el patio sombrío en el
que una doncella duerme arrullada por los insectos,
y la monja
que gime esclavizada por un cirio, y la viuda
que cada mañana recoge los cubitos de hielo
que brotan de su colchón? ¿A dónde?
¿Regresarás? A pesar de la bruma.
A pesar de que no llueve.
A pesar de que no hay luna,
por la rosa triste que mi mano ha escrito,
y por mi mano… ¿Vendrás?
La pérfida nieve se tragó mi habitación.
La ciudad se recoge, asustada,
huye de los diamantes crucificados en los ojos del poeta.
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