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Julio de 2010 - Año 7, No. 15
Poemas de
Fernando Cruz Kronfly
Nació en la ciudad de Buga el 8 de abril de 1943. Es doctor en Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad La Gran Colombia de Bogotá. En 1996 la Universidad del Valle le concedió el Doctorado Honoris Causa en Literatura y la distinción de Maestro de Juventudes.
Fue Jefe del Departamento de Literatura e Idiomas, Universidad Santiago de Cali (1970-1972), Director de la Revista Fin de Siglo, editada por la Universidad del Valle durante sus primeros cuatro números.
Fue profesor de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Santiago de Cali desde el año 1970 a 1977 y de la Universidad Libre de Colombia, Seccional Cali hasta la década del noventa. Sus libros han sido traducidos al francés y al ucraniano.
Ha viajado por los Estados Unidos de Norteamérica, Venezuela, México, Brasil, Argentina, España, Alemania, Dinamarca, Marruecos, Canadá, Francia, Portugal, Ecuador y Chile dando a conocer su obra.
Cuántas veces este hombre que todavía soy
Abandonó a sus perros para descender a los establos profundos.
Pasaban vientos tan helados como húmedos,
Envueltos en hojas marchitas de cigarras quemadas.
Escuchaba el vaho de las vacas en las canoas de ciprés
La cumbamba del pensamiento en el cuenco encenizado de la mano.
De tanto olor a forraje al final se partía algo dentro de mí,
Haga de cuenta ronquido de vidrio,
Ramas de laurel congeladas,
Cáscaras de culebra.
Estas vacas me aman -me decía.
Iba donde dormían los terneros extendidos como pieles de colores en el aserrín.
Oía con el viento la queja de los techos de hojalata,
Pisoteaba hasta el amanecer los suelos cubiertos de helecho,
Olfateaba los biberones recién hervidos.
Regresaba encorvado al establo donde ocurrían los nacimientos.
Cuando el sol ya iba lejos, mi mujer asomaba a la baranda con una taza de café.
Mientras yo la bebía cabizbajo ella pasaba de un lado al otro la camándula.
En aquel entonces todavía tenía confianza en mi recuperación.
En presencia de los ojos de los caballos me sentía como delante de empozadas series de espejos.
En aquel entonces no tocaba guitarra ni ofrecía serenatas a las víctimas del desasosiego.
Huían de mí las palabras, me azotaba contra los muros de la pesebrera.
Al entrar la noche salía al trote para llenarme de aire.
Luego regresaba con algo de pasto en el hombro.
Delante de las yeguas que daban a chupar su leche a los potros caía dormido.
Con los días me despertaba.
A la sombra del páramo solía putear el mundo arrodillado en una banca
Que cierta vez fabriqué con los restos de una canoa en ruinas.
Ponía la cara contra el viento para saber de dónde venía, para dónde iba.
La niebla de marzo devoraba mis sienes,
Escuchaba sus dentelladas mientras comía mandarinas.
Oía caer a la tierra esponjosa los limones del pequeño árbol que creció en la orfandad,
Envuelto en la ráfaga que los domingos subía del lago.
Yo formaba parte de aquel mundo desaparecido
Que sólo he podido volver a observar en fotografías desvanecidas, en el carbón apagado.
Parecía hijo de la humedad a solas, del destierro de mis abuelos,
De las nieblas que al amanecer desaparecían la carretera,
Los techos de mi aldea, hasta mi sombrero.
En vez de ir a la tienda me quedaba a patear el empedrado con los tacones
Igual que los caballos de los que vivía enamorado lo hacían con sus herraduras.
No ofrecía serenatas pero vivía de la obsesión de imitar sus relinchos bajando con un tarro de hojalata hacia la bananera.
Me detenía durante semanas a observar aquellas colas como de plumas
Con las que azotaban los tábanos en el aire helado de la mañana.
Susana se atrevió a decir cierto día en uno de sus desquites que de muchacho fui un loco.
Pronto olvidé el incidente y la lealtad aplastó de nuevo la arena ardiente, la cebada por el tiempo quemada.
Apago la boquilla de la estufa encendida a la deriva.
Me hago a un costado de la ciénaga.
Susana lo olvida todo, se encuentra en grave peligro de sí misma.
La ráfaga que entra por la ventana en pedazos desciende por mi ropa.
Las arrugas en el paño desaparecen.
Se pone en marcha de pronto el motor que impulsa el refrigerador.
Abro la portezuela, miro adentro con el mismo terror de todos los días. Una luz mortecina brota de los compartimentos,
Se derrama en el piso amarillo.
Descubro entre la niebla una bandeja con piezas de animales tasajeados.
De la nave de arriba penden gotas de hielo sangrantes
Detenidas a mitad de camino.
Veo lechugas, berenjenas, tomates en el cajón intermedio que se pierde en el abismo.
De los muros se apodera un color violeta.
Dos bolsas de leche se derraman
Encima de una bandeja de tahini de garbanzo de hace algunos años.
Del muro de la cocina cuelga un calendario que jamás antes vi.
En la página que corresponde al mes de marzo asoma un caballo a galope tendido.
Detrás del animal sube un arrume de polvo color ceniza.
Hay piedras negras en el campo que el caballo recorre, hierba azafranada.
Decenas de árboles se mecen encima de una pequeña cabaña de techos de madera.
Un gallo rojo canta en la tranquera.
Alcanzo a ver el humo de una quema a lo lejos.
Sentado a la puerta de la cabaña el anciano envuelve un pedazo de pellejo de becerro.
Huyo de la aterradora mirada,
Me abrazo a los cubos de hielo que sobreviven en el vaso.
Desde el descanso de la escalera
Susana me mira desconsolada abrazada a la camándula.
Empiezo a caminar rumbo a la carreta de mano donde duerme Susana.
Es domingo y tengo prohibido ir a ofrecer serenatas.
Ella descansa tranquila con la boca en tinieblas
Mientras yo la ventilo con la cola de un pavo.
El aparato de televisión que la terminó de dormir ilumina apenas la penumbra.
Opacos colores se reflejan en el muro donde día por día Susana ha venido dejando por pedazos sus uñas.
Hasta el lugar donde me encuentro llegan perfumes de polvos
Para el espléndido cuerpo que un día hubo allí.
Parece que Susana no hace mucho estuvo cantando en la ducha.
En sus momentos alegres ella me sugiere canciones
para la serenata que le he prometido.
Siempre que permanezco más de un año en esta casa debo llenarme de paciencia.
Susana requiere de pedazos de sueño cuando no he ido al trabajo.
Ella suele hablar a solas pero todavía no la escucho.
En el antejardín vecino un perro se desgarra.
Alguien desconocido ha venido a tocar la campana bajo el portal.
Por la ventana en pedazos le hago gestos de que nada de nada.
Cada minuto que pasa observo los palos del reloj para saber por dónde voy.
Veo arriba de mi cabeza la sombra de la jaula de los canarios que Susana no ha cubierto todavía con la sábana de los muertos.
Corro a la cocina para servirme un vaso con pedazos de hielo. Prometo no mirar el calendario de marzo en el muro.
De paso por el comedor veo el álbum de reojo.
Allí hacen tumulto las fotografías desvanecidas por las que he venido.
Voy a la estantería y me sirvo otra copa de brandy, del mismo que papá estuvo bebiendo la noche que partió.
Desde este lugar escucho mejor cuanto está aconteciendo en el aposento de Susana contiguo a la platanera.
Mi viejo Pontiac, afuera, ha empezado a cubrirse de escarcha.
Tomo asiento a la orilla de la cuneta en el patio de las bifloras.
He llegado al amanecer, mi boca huele a alcohol, a labio de mujer.
El mueble en que me he sentado fue forrado hace años en pellejo de cabra
Pero aún perfuma a sangre sacrificial.
Si acaso Susana duerme no es mi deber despertarla.
Ya lo harán las gallinas.
Pronto abrirá las pestañas y correrá a hervir café.
Se acurrucará a llorar encima de la leña, así son sus madrugadas.
Luego encenderá la radio para escuchar las noticias y saber si al fin me mataron.
Mientras Susana despierta,
Tal vez pueda oír el canto del pajarraco que algún día se la llevará no sé dónde.
Lo único cierto es que se la llevará.
Debo dar muerte al pajarraco en silencio sin que Susana lo sepa.
Luego desayunaremos, cada uno de los dos del otro lado del periódico.
Hablaremos hasta llegar la noche, cada quien recostado en la sombra del otro.
Cuando ella se duerma de nuevo la llevaré a su lecho en la carreta de mano,
En puntillas me marcharé a recorrer el mundo.
Vivo de cantar serenatas y ya va llegando el tiempo de sentirme cansado.
Al amparo de una lámpara vacía acabo de abandonar mi Pontiac color plomo.
Papá andaba en él como sobre un caballo de cascos de goma,
Pero al morir no tuvo a nadie más en quien depositarlo.
Mi única obligación fue darle a beber gasolina a partir de aquel día.
Me detengo en el antejardín.
Vengo de nuevo oliendo a cerveza, a pellejo de mujer, a labios que hace poco dijeron adiós.
Debajo del brazo traigo media guitarra,
La otra mitad debió quedarse en la cantina en garantía del pago de una cuenta de brandy.
Ahora las meretrices sólo chupan brandy como leche sombría.
Veo insectos volar alrededor de la poderosa bombilla que da sentido a la calle.
El pedazo de guitarra que traigo conmigo es la prueba de todo lo contrario de cuanto hice.
Creo estar escuchando el canto del pajarraco que le tiene el ojo puesto a Susana.
Si no fuera una bruja, diría que lo que veo en el caballete es la quijada del animal que se saborea.
Escucho el ruido de la tierra a mis pies,
Su ronquido en el borde de mis botas de mariachi.
Susana me desea en sus brazos mucho más de lo debido cuando vengo así disfrazado.
Estoy informado de que el ruido que escucho
Es de babosas que ruedan bajo las violetas en el antejardín.
Pronto saldrá el sol y comenzarán a poblar la carretera otros animales.
Geranios de diferentes floraciones
Cuelgan de materos degollados por el hacha de la chusma sombría.
La casa donde me encuentro no es la misma por la que he venido trotando por la carretera.
Begonias sembradas en tarros de colores adornan la masacre.
Margaritas cerca de las cunetas ensangrentadas,
Anturios quemados del color de la estufa violeta, vajillas incineradas.
Los cartuchos que dejó la matanza lagrimean todavía encima de las piedras.
Escucho en la lejanía el hervor de la espuma en la quijada de los cadáveres
Que flotan entre los juncos cuando crecen a la orilla del río.
Nací en un país criminal, eso es todo.
Como a una loca lo amo.
Rosas, agapantos ahogados en la promesa de mejores días
Que Susana esperó conmigo, sentados los dos al pie de la ventana que nunca llegó.
Ya estamos viejos, desde las bancas del parque se escucha nuestro ahogo.
Las fotografías que observo acaban de llegar de no sé dónde.
Pretenden empujar las otras que en este instante parten rumbo al olvido.
Nuestros hijos toman demasiadas fotografías en el parque no sé para qué.
El álbum de Susana por primera vez se tambalea en el precipicio de la mesa
Donde a veces nos sentamos a leer el periódico delante de una pechuga
de paloma.
Una vez más Susana humilla la cabeza doblada sobre sí misma.
No hace más que leer, armada de una lupa,
Las líneas cruzadas del destino en sus manos.
Se ha propuesto llevar a cabo otra vez el balance de su recorrido en mi compañía
Para ver si entre el pajar encuentra una perla.
No sabe dónde lo que alguna vez soñó se volvió ripio,
En qué lugar de la carretera cubierta de ceniza todo se torció para siempre.
Para dar a conocer sus inquietudes,
Expone a la luz de la pantalla las palmas de ambas manos cuarteadas.
Escucho el inútil “chaz-chaz” de sus dedos.
La imagen que estoy viendo clausura el derrumbe de la casa que busco,
Lugar que no es el mismo donde ahora me encuentro.
He fracasado.
Tantos restos veo reunidos que no sé por dónde empezar a desatar el candado
Que brota de la tierra sombría.
La página del álbum que me es ofrecida flota en vano encima de la mesa
Que reúne el naufragio,
Al pie de residuos de berenjenas ya heladas, de garbanzos como pedazos de Granizo encendido.
Veo goterones de grasa demasiado oscura en el caldo.
La ráfaga que entra por el ventanal caído
Arrecia hasta tornarse una amenaza.
La materia jamás tuvo piedad con nadie,
No vale la pena repetirlo.
Observo flamear la cabellera blanca de Susana ya bastante lejana,
Su chal aguamarina dar gualdrapazos contra el espaldar de su última silla.
Escucho en la lejanía el pito del vigilante que trota alarmado hacia la enfermería.
Al amanecer,
Las cosas ya no serán más las mismas que hasta hoy fueron.
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