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Julio de 2010 - Año 7, No. 15

Esperando tus ojos

Relato

Por José Zuleta

Soy padre soltero. Los sábados llevo a mi hija de doce años a clases de canto al Teatro Municipal. Un sábado vimos a una niña nueva de aspecto tímido. Venía con ella una mujer altiva, con la extraña elegancia de las mujeres que son hermosas pero no quieren que se note. Pasó delante de mí y pude sentir la fragancia de su cuerpo recién bañado. Dejó a la niña y se marchó con una rapidez misteriosa. Pregunté al profesor de mi hija por la mujer.

—Es una de las siete —dijo. —¿Una de las siete?
—Sí, de la junta que dirige el teatro.
—Entiendo —asentí, dando por satisfe- cha mi curiosidad.

Al final del curso los alumnos realizan una presentación. Las tres últimas clases son ensayos preparatorios para la función de gala y clausura.

A los padres se nos permite observar los ensayos desde los palcos. El último día,fui a ver y oír los progresos de la presentación. Cantaron canciones de Horacio Guaraní. Al final del ensayo alguien entró al palco y se sentó detrás de mi silla. Sentí el aroma de mujer recién bañada, me volví y pude ver su silueta en la oscuridad. La música retrocedió, se hizo casi inaudible, su presencia me aturdió de tal forma que sentí perder el aire. La música regresó: “…con la brújula herida navegando…”. Se encendieron las luces, nos levantamos, ella se quedó mirando hacia el escenario y preguntó:

—¿Cuál es su hija?
—La morenita de la primera fila —respondí.
—Es hermosa. —Me extendió la mano—: Clara Cucalón —dijo presentándose. Era una mano fina; sus largos dedos no traían sortija ni anillos.

La luz comenzó a hacerse cada vez más intensa. Miré al escenario para ver a mi hija y cuando me levanté para salir, Clara se había esfumado.

El día de la función de clausura llegué temprano y me senté en el mismo palco. Todo estaba dispuesto: caminos de orquídeas decoraban el escenario. El interior del teatro parecía un globo de luces, una burbuja de belleza frágil y distante, un recinto sagrado construido sólo para el placer y el estremecimiento. Sonó el tercer timbre y la luz de las lámparas se fue extinguiendo hasta una cálida penumbra. Miré hacia los otros palcos y no la vi. La función comenzó. El primer grupo en escena era de danza contemporánea. Bailaron Taconeando, del compositor argentino Oswaldo Berlingueri, una obra fresca y sensual. Terminada la danza hubo un intermedio. Salí al pasillo. En el último llamado llegó, envuelta en alegres tonos lilas. Su piel hacía recordar los duraznos al sol. La premura no le permitió saludar. Entramos al palco. Un silencio solemne aguardaba. El gran telón comenzó a abrirse y surgió de la oscuridad un magnífico piano de cola que dejaba ver los cordajes y el bronce encendido de su arpa desnuda. Entraron al escenario un hombre alto y pulcro, y otros músicos jóvenes: dos violines, una flauta traversa, un chelo y la viola de gamba. Después de una breve reverencia entró el coro.

Nuestras hijas tomaron su lugar y la música ascendió por el espacio. La libertad y el espíritu gozoso de los temas me inocularon un raro placer;me sentí dispuesto a todo. El concierto terminó y cuando salíamos le dije que deseaba invitarla a tomar algo. Ella, dulce y segura, dijo que no, que debía llevar a su hija y regresar para la reunión de la junta directiva. Nos despedimos y me quedé deambulando por el lugar. Entré al salón de los desnudos. Es un ala lateral del teatro donde el público de palcos descansa y tertulia durante los intermedios o antes de las funciones. Allí están las pinturas del artista Efrain Martínez. En los lienzos, mujeres desnudas descansan tomando el sol a la orilla de un río. En una de las pinturas un joven negro, también desnudo, las acompaña. Pensé que el artista aludía al carácter de la región, al permisivo placer que gobierna la sangre de los pobladores de este valle. Estaba distraído cuando llegó mi hija con una amiguita del coro a decirme que las habían invitado a dormir a la casa de otra compañera. Los niños de hoy no piden permiso, solo informan. Me abrazó y se fueron corriendo hacia los camerinos.

Seguí deambulando. Sobre una baranda encontré una guía del teatro; en ella leí que la construcción de estilo republicano fue inaugurada en 1927. Y que los cortinajes y artesones fueron comprados a la casa Lefol de París, el telón de boca fue confeccionado por Alessandrini en Roma, y las sillas de los palcos las trajeron en vapor desde Viena. El plafón central que decora el cielo del teatro es una obra del artista italiano Francisco Ramelli. “Tanto esplendor para esta ciudad de zootecnistas”, pensé.

Luego, en el gran salón de los pianos, pude ver otros óleos del pintor: el tema era el arte como una forma de la desnudez. Quizás el secreto del arte sea la desnudez y sólo quienes se despojan pueden dejar que el arte los vea y los toque. Seguí contemplando por largo rato las pinturas y disfrutando su belleza. Sentí que la belleza entristece; en un primer momento su poder nos eleva, ascendemos con ella, llegamos al lugar de su esplendor, lo aspiramos y algo ocurre en nuestro centro. Pero no podemos asirla, la belleza se desvanece y luego sobreviene un silencio, una desolación...

No recuerdo cuánto tiempo había vagado por el teatro. En algún momento escuché voces que venían de un recinto al fondo del salón de los pianos. Me acerqué y del interior surgía una voz amplificada por un parlante; miré por una ventana y las vi; eran siete mujeres reunidas escuchando en actitud casi reverencial una grabación. Alcancé a oír una voz masculina que en tono trascendental hablaba sobre “la utopía posible de una sociedad de artistas”.
Las siete eran hermosas. La dama de los tonos lilas estaba profundamente concentrada en las palabras que salían de la grabadora. Temí ser sorprendido y me deslicé en silencio hacia la puerta del teatro. Estaba cerrada. Busqué al portero, pero no lo encontré.

Bajé por unos pasadizos estrechos, buscándolo, y nada. Llegué a los sótanos, donde guardan objetos de escenografías: disfraces para la ópera, tabiques y puertas, falsas paredes con falsos balcones. El caos del lugar y la absurda geometría de esos decorados me marearon. Cerré los ojos para serenarme y escuché la risa alocada de muchas mujeres: siete mujeres ya son demasiadas, y cuando ríen son una multitud.

Estaba debajo de ellas, el piso de madera dejaba ver entre las juntas pequeñas líneas, como se ve a través de una persiana entrecerrada. Subido en una mesa, con la nariz pegada al entrepiso y los ojos escrutando en el estrecho campo visual que permitían las juntas de la madera, las vi de abajo arriba; primero, los dedos de los pies sosteniendo sandalias, los tobillos como trompitos rosados, y los pequeños talones como proas diminutas. Y al fondo, en tercer plano, los cuellos, sus cabellos y sus rostros.

Parecían dichosas. Yo no atinaba a comprender la razón de tanta alegría.

—Por el artista que traerás al mundo —dijo una.
—Por que esta sea una sociedad distinta —dijo otra.

La mujer de tonos lilas se abrazó con la felicitada y le dijo:

—Que sea música, como mi hija.

En ese momento estornudé y un silencio desconcertado invadió el recinto. Me tiré de la mesa y corrí hacia el frente del teatro buscando la salida.

El portero me abrió, sorprendido de que aún estuviera adentro.

—Me entretuve mirando los cuadros —expliqué, y salí a la calle.

En agosto empezaban las matrículas. El día de las inscripciones, cuando salía de pagar, volví a verla. El viento tableteaba en el velamen de su falda y parecía impulsarla como a una barca velera. Me miró, sonrió fugazmente y desapareció en la penumbra del teatro.

Llevé a mi hija a la primera clase; la dejé con el profesor. Volví a mirar los lienzos de Efrain Martínez; entré al salón de los pianos. Al fondo del silencio escuché la risa de las mujeres. Me dirigí al lugar y quedé otra vez bajo los pies de las siete.

De la grabadora salía la misma lenta voz hipnótica: “El psicoanálisis, como herramienta de interpretación de los actos humanos, está siendo rebatido por las teorías de la etología, en las que algunos científicos demuestran que casi todo lo que somos y lo que hacemos es determinado por la herencia, por la información genética, por lo intraespecífico, por el instinto, que no es otra cosa que lo animal que hay en los humanos”.
Según entendí los etólogos acababan de descubrir que no somos más que otra especie de mamíferos.
Cuando terminó la grabación se pusieron a comentar lo que había dicho el hombre de la voz trascendental.

—Las familias que han gobernado la ciudad son las mismas desde hace doscientos años. Se casan entre sí, muchas veces entre primos hermanos para que las tierras y la riqueza queden en casa. Necesitamos nuevas semillas, semillas de arte y de pensamiento.

No entendí mucho. Se hacía tarde. Recogí a mi hija entre confundido y agradado por mis pesquisas.

Al sábado siguiente fui a las librerías de viejo a curiosear y a hacer un poco de tiempo mientras llegaba la hora de recoger a mi pequeña cantante. En el segundo piso de la Librería Atenas encontré un libro: Hombre y animal. Una selección de ensayos de varios autores: Lorenz, Tinbergen, Von Frisch, entre otros. En una de sus páginas leí: “Por debajo de los diversos tipos de conducta subyacen las pautas invariables que se heredan. Esos rasgos de conducta constituyen una característica de la especie, lo mismo que ocurre con la estructura y la forma del cuerpo”.

Compré el libro. Regresé al teatro. Clara Cucalón estaba en cuclillas conversando con las niñas. Su falda casi tocaba el suelo. Pensé en las baldosas frías que había bajo la pequeña carpa que formaba la falda, y en el paisaje que podría ofrecer ese ángulo visual. Una ráfaga me encendió. Siguieron hablando hasta que ella se irguió.

—Quería invitarlos al zoológico —dijo, sonriendo con gracia serena.

Mi hija y su amiga me miraban esperando el lógico e inaplazable sí.

—Bueno, sí, me parece bien —dije, nervioso y excitado.

La camioneta tenía el aroma a plástico de los carros nuevos. Era marca Volvo, de color azul petróleo. Clara se fue adelante al lado del chofer, un hombre ya mayor de una humildad distinguida. Las niñas y yo nos hicimos atrás.
Subimos por el costado del río bajo la sombra de grandes árboles. El río fresco y rumoroso pareció meterse al carro cuando Clara bajó el cristal de la ventanilla. Un pájaro barranquero hacía pendular su larga cola verde-azul en la rama de un chiminango, un hombre de sombrero de palma pescaba sabaletas con una vara de bambú. El chofer nos dejó en la puerta. Las niñas se adelantaron y nosotros las seguimos mientras conversábamos. Entre el estruendo tricolor de las guacamayas me preguntó qué hacía.

—Trabajo en publicidad y escribo cuentos y poemas.

Creo que sólo oyó la parte de los poemas. Se detuvo a mirarme y me brindó una sonrisa luminosa.

—¿Eres un artista…? —No sé —respondí.
—¿Qué es para ti un artista? —preguntó.
—Lo contrario de un político —dije creyendo que le parecería ingeniosa mi ocurrencia.
—No pareces un artista, no te tomas en serio.
—Creo que un artista es alguien que quiere ser mejor que sí mismo —respondí, tratando de reivindicarme.

Entramos a la penumbra del acuario, ese mundo de luz líquida y burbujas ascendentes. Nos detuvimos ante los caballitos de mar. Miraba maravillado a los hipocampos dar saltos incomprensibles y veía sus colas moverse como una espiral retráctil.

—¿Qué has escrito? —preguntó. —Cinco libros —respondí.
—Me gustaría leerlos.

Uno de los caballitos se prendió con su cola de una ramita de coral. Parecía descansar.

—Te daré uno en cuanto pueda.
—¿Cómo puede tener tanto veneno esa criatura tan pequeña? —dijo, mirando una diminuta rana anaranjada.

En el rótulo de la urna de vidrio decía que era la más venenosa del mundo”, y que “tres centímetros cúbicos de su veneno podrían paralizar a todos los habitantes de una ciudad”.

—Los colores vistosos advierten a los predadores para que no se las coman —explicó.
—La naturaleza es sabia, lo que ocurre es que no sabemos leerla —dije, riendo, mientras miraba su blusa roja.

Me miró y sus ojos reían. Las niñas nos llamaron para que entráramos al Mariposario. La puerta tiene un mecanismo que activa un potente ventilador cuando se abre, y desciende del dintel una cortina de aire que despeluca a todos los visitantes.

—Es para que no se salgan las mariposas—dijo, arreglándose el cabello. Adentro, el sendero estrecho es un laberinto de plantas y flores donde todo queda en primer plano. La Morfis, la Monarca, la 89, la Siproeta Stelines…, se desplazaban con sus lentos y arrítmicos aleteos. Una se posó sobre el hombro de Clara. Ella sopló para espantarla pero la mariposa no se iba de su piel.

—No hay nada más coqueto que una mariposa —comentó.
—Tal vez una Cucalón —dije yo, y estalló en una risa desenfrenada y convulsa que terminó en la expresión infantil:
—Tan bobo.

Cuando íbamos a salir, la mariposa aún no se desprendía de su hombro desnudo, y si no es por el ventarrón de la puerta, se habría ido con nosotros.

Comimos en el restaurante que está en la mitad del recorrido. Grandes tostadas de plátano verde, como medallas olímpicas, que sabían a gloria. El aguacate dócil y fácil en un punto casi de untar, la cucharita entraba con facilidad resbalosa, las postas de Sierra y el arroz encocado a la manera “pacífica” —cocido en la leche del coco— . Al final, de sobremesa, trozos de fruta nadando en el zumo de naranja del salpicón; una jugosa policromía de placeres reunidos.

Salimos del zoológico a la hora en que la luz es bronce encendido, como la que emergía desde el arpa del piano el día del concierto. Se lo hice notar y asintió sorprendida.

Cuando nos dejaron en la casa, aproveché para darle uno de mis libros. Le escribí: “Para Clara, estos cuentos que esperan sus ojos”.

Me dio un beso incómodo sacando la cabeza por la ventanilla y riendo satisfecha.

—Lo leeré esta noche —dijo, mientras el chofer ponía en marcha la camioneta. Una tarde encontré una nota bajo la puerta: “Tus cuentos ya alcanzaron mis ojos. Llámame, Clara Cucalón”.

Nos citamos en El Obelisco.

Cuando la vi, parecía dispuesta como una fruta madura al final del verano. Llevaba un vestido del color de la carne de la sandía, ceñido y abierto en la espalda hasta los hoyuelos que preceden las nalgas. Tenía el pelo cogido con un par de palitos de los que usan para comer los japoneses.

Pedimos dos jugos de mandarina.

—¿Qué color es el “color té claro”? —preguntó, aludiendo a uno de mis cuentos.
—¿Has visto un Coker?
—Sí, pero hay de varios colores —respondió.
—Pues uno de ellos es color “té claro”. Hablamos de los cuentos, estaba impre-
sionada por tres o cuatro de ellos. Luego habló de una invitación:
—Vamos a tomar té —propuso, riendo, con cierta travesura en su mirada.

Fuimos al parqueadero. Esta vez el chofer no estaba. Ella manejó. Subimos al barrio Arboleda, entramos a una calle larga y al final nos detuvimos frente a un garaje. Oprimió un botón y la puerta se abrió.
La ciudad se encendía y el viento hacía mecer las luces como una reverberación.

—Parece una ciudad ebria —dije.
—Eso es. Parte de su gracia y de su desgracia es que es una ciudad ebria —sentenció.

El salón tenía sofás de cuero color aceituna y algunas de las alfombras eran réplicas de los tapices de Calder. Lámparas de luz indirecta producían un ámbito como el que hay bajo las faldas de las mujeres.
Las paredes estaban llenas de libros y objetos preciosos. Sobre la mesa de centro, en un plato peruano, reposaba una esfera de ópalo azul, clara y misteriosa. Trajo una tetera y dos tazas.

—Es un té muy especial. Le llamamos el té de los elegidos.

Miré el color y no era igual al del té corriente. Un púrpura diluido y humeante se posó en mi mano acompañado de una orden suave:

—Te entregarás a mi causa esta noche. Bebí y me dejé llevar por los caprichos de mi anfitriona. Algo parecido al amor venía en el té. Bajo su efecto se deshizo el traje de sandía y bebí en los hoyuelos de la espalda una droga exquisita. Su aliento lácteo despertó mis apetitos mamíferos. Sobre los colores del tapiz de Calder el cuerpo de Clara me condujo a su danza. Entré al vaivén de su barca velera, con un estruendo de guacamayas y a saltos de caballos de mar. Nos alcanzó una policromía de frutos y gozos que desembocaron en un sueño sereno. Soñé que me extraían varios centímetros cúbicos de un veneno capaz de poblar una ciudad. Y que esa sustancia sería la ruina de la sociedad: millones de hombres y mujeres se dedicarían a leer y a mirar, a dormir, a pintar con letras sus propias fantasías. No habría quien hiciera nada útil: ni conductores, ni operarios, ni recolectores, ni vendedores, ni mucamas, ni dependientes, ni electricistas, ni enfermeras, ni plomeros. Desaparecerían los millones de seres invisibles que hacen que todo funcione. Estarían sólo los hijos del veneno de mi ser, haciendo nada, gobernando una ciudad encallada al borde de unos farallones, cultivando jardines de tinta, tratando de cazar recuerdos para dar de comer al olvido.

 

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