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Julio de 2011 - Año 8, No. 16

Amparo Romero Vásquez

Amparo Romero Vásquez
( Cali )

ESE SUDOR SUCIO Y HERMOSO

Deseo de la noche su lengua de barro puro
y de la lluvia su amanecer de ángel taciturno y ciego
de la fiebre su alumbramiento que me salva
de la tierra sus tréboles de humo
su heredad
su roto balbuceo
ese sudor sucio y hermoso
que se alimenta de mi carne
y de tus párpados ese rocío espeso
que cae en mi boca
y tus demonios que le sonríen a mi rostro
y ese sol que duerme como pedazos de esperma
en la noche de tus barcos
y tus árboles magníficos en torno a mi sangre
y la muerte arqueándose en tu cuello
como una estrella cabalgando tu nombre
y ver despertar a los hombres
lascivos
despiadados
oírlos aullar
afilar sus dientes
sus dagas de fuego.
Todo es del hombre y sin embargo
la selva oscura
el estupor de la hormiga ante el escarabajo
el camaleón devorándose al buitre
la codicia y su corona de flores
y esta voz que no alcanza los cuchillos del alba-
Así son mis huesos en el exilio
esa es la voz de las ciudades
los despojos de ti y de mí.
Inútil tu perfume
mi olor a lirios
las camias que crecen a orillas de la casa
el deseo de la rosa de habitar el origen del pájaro.
Una charca de lunas como tibias cenizas
y los muelles como la noche de los muertos
y el mundo contra el mundo.
Qué vanos los deseos de los hombres.

EL TEMBLOR DE LOS ASTROS

Esta soy yo líquida carne de barro
inventándose pájaros ciegos
una estrella roja
para el corazón de las hormigas.
La otra estalla y cubre el mundo de mareas muertas
tan parecida a la ausencia
tan de las sombras.
Ahora que secretamente sé que nada más existe
construyo el vórtice
agujeros y páginas secretas
bálsamos que aspiro para calmar mi herrumbre.
La otra sólo meandros
sólo espinas
ebrio caracol que sube la escalera.
Yo dibujo el mapa de mis constelaciones
el temblor de los astros
porque nadie más podrá escucharme
me descubro fisura que muerde
a los leopardos que iluminan la lluvia
guerrera que se alimenta de ríos y de pájaros.
La otra se come sus placentas
colecciona arácnidos y mariposas mutiladas
espejos que no tienen retorno
se abandona curva
cerrada
inmutable.
Yo camino entre el silbido de las serpientes
ese cielo de sal que bulle en la espesura
y no me basta la leche de mis pechos
el silencio de la muerte
su rocío de fuego
la flor que navega mi sangre oscura
sólo este ritual del día que termina
este sol sobre mi espalda
y esta luna
-acerada ciudad desierta-
dibujando tardes y crepúsculos
a la hora en que las flautas
encienden los azogues del verbo.

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