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Julio de 2011 - Año 8, No. 16

Antonio Silvera

Antonio Silvera
(Barranquilla)

EL CHANCE

Costumbre de los pobres fecundos
de mi pueblo,
a quienes la mezquina Fortuna desdeñó,
es la mágica cuenta del chance.

Vestigios de los tiempos de piedra y del mamut,
aún consultan el cielo, las aves, las hormigas
y con los dedos hacen sus miserables cábalas.

Apenas se levantan, cavilan en sus cálculos:
el mes, el año, el día, el santo, el obituario:
Enero: “atento al 1”,
Día 15: “ojo, también, el 51”.
Lunes: “día de la luna, está llena, cuidado al 0 redondo”.
Pepito cumple dos meses: “el 19”.
Hace 3 años murió Francisca: “tendría 57”.

Si soñaron acaso con el muerto reciente, “Asdrúbal, el 40”;
o con la novia, “Daniela, el 23”;
si estaban en pelota, “Vaya, vaya, 69”;
o dijeron la clave, “¡Jesucristo!, 6-6-6”.

Después están pendientes
del resto del café: “se ve claro: es un 7”,
del vuelo del insecto: “hizo un 8 perfecto de la sala a tu cuarto”,
de lo que el niño dijo sin saber: “Bien clarito le oí: ventités”,
del número de arroces sobrantes en el plato: “1 apenas”.

Interpretan incluso los timbres del teléfono -rin, rin, rin, rin, rin-,
la placa del vehículo que trajo los recibos, “descontando las letras, 1593”,
las visitas exóticas, “¡qué milagro!, el 9, que hace rato no sale”,
el vientre sonrosado de la rata difunta, “278”.

Y ya al caer la tarde,
con la brisa amena que aplaca los afanes,
rebuscan los bolsillos,
se acicalan, una broma le hacen
a la amable suertera
y sus saldos invierten en la cifra indudable.

Esperan, a la noche, con los dedos en cruz,
que les canten el número que ha de arrullar sus penas,
y cuando sus oídos y ojos lo constatan
se lamentan de haber marrado en el conteo:
que yo te lo había dicho,
que era un cabello menos,
que la escasez del agua fue el augurio del cero.

Mas, luego, sosegados, otras cuentas empiezan,
de monedas rebosan sus alcancías sin fondo
y mientras el tablero de Wall Street rutila,
con dígitos extensos que nunca imaginaron,
se duermen al murmullo de sus tripas vacías.

RECICLAJE

Con el papel rayado,
un avioncito
que induzca, de un anciano, la nostalgia.

Con la madera rota,
un ataúd
que matice el almizcle del gusano.

Del plástico tenaz,
una cometa
suspensa eternamente en el azul.

Del cuchillo oxidado,
una dulzaina
que hiera mortalmente a una muchacha.

A la botella vacua,
rellenarla de más vino, de arena,
de un veneno.

 

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