
REVÓLVER
Al departamento
administrativo de seguridad
Papá brillaba su revólver cada noche antes de dormir. Lo dejaba reluciente y en
su reflejo la cara de la muerte.
El respeto por sus cosas nos prohibía moverlas de su habitación. El arma
permanecía debajo de su almohada. La mantenía allí como un salvamento, por
si sobrevenía el espanto.
Cuando la confusión y el disparo, los agentes del DAS se llevaron el
revólver bajo la sospecha que ellos siempre tienen de los inocentes. Nunca
lo devolvieron, cortando de tajo un destino familiar. Tras una exhaustiva
investigación sólo se esclareció que papá se voló la cabeza una tarde de
miércoles.
De cuando en cuando ha regresado el espanto y hemos dirigido la vista hacia la
almohada en busca del brillo, del metal, del alivio.
AMA Y COCINA
Una mujer cocina en mi casa
y los vecinos husmean las paredes
también la imaginan desnuda,
mientras lava los platos y las verduras.
Se han atrevido a tocar la puerta llevando un plato vacío
para que ponga sobre él
el aroma de su delgado cuello.
Ella llega simulando ser una estación pasajera
pero se va instalando en lo que toca, va más allá de la carne,
aroma el patio y el aire que circula por la casa.
Ha tomado la costumbre de traer a casa
además de sus prédicas de amor, especias y raíces
traídas de un edén cercano.
Como ama cocina
y cuando corta cebolla no llora sino ríe,
sus caderas la siguen en la rutina del cuchillo,
la pimienta no produce estornudo
sino un trenzar de labios que dura lo que un asado en estar en su punto.
Llega y me ofrece su cuerpo diseccionado,
como una carta de vinos y asaduras,
y los diferentes sabores que van desde un dulce agrio
hasta el amargo de la despedida.
Los vecinos están pendientes de lo que en ella suceda
y cuando se escucha un mover de platos y de muslos
se estremecen y lamen las paredes,
también la imaginan desnuda.
En mi celo, creo que se atreven a tocar la puerta
y traer el plato vacío
en espera de que ella ponga mi cabeza cruda.