Juan Carlos Acevedo Ramos

FANTASMA DEL VIENTO
Bajo la sombra tutelar de la nostalgia
veo una mano, un cuerpo arqueado, otra sombra.
Me reconozco en medio de la sala
y pienso entonces en días más felices
y me descubro siendo el mismo hombre
que nunca ha volado y jamás cruzará el mar.
Sé que soy un aprendiz de la luz y el movimiento.
Apenas un hombre de provincia
que no puede hablar de altos edificios,
de luces de ciudad,
y elegantes prostíbulos con olor a menta.
Sé muy bien
que las autopistas y los vendedores de marihuana me son ajenos
y el ruido ensordecedor de la guerra me es propio,
porque mis huesos hacen parte de este país de ausentes.
No conozco el campo
ni puedo distinguir los nombres de los árboles.
Soy de pueblo,
apenas salgo al traspatio de la casa
a ver en las cuerdas de la ropa
una gota sujetándose a la vida.
Mi viaje más largo ha sido a la Plaza de los Negros
donde gentes pobres venden cuerpos y maíz.
Conozco, a ojo cerrado, los callejones de la Plaza de Mercado.
Sé a que huelen pisos y paredes
y puedo entrar de espalda en la vieja estación de policía.
Soy un hombre encerrado en sus palabras
Prisionero justo de mis miedos.
Emperador del polvo, del silencio, del ayuno.
Bebo aguardiente en cantinas
donde mi padre sentiría vergüenza
y juego el juego ruin de los reproches.
He dejado el alma en un camastro
y he besado a la belleza en los tobillos.
Soy un hombre simple
que amenaza al odio con palabras
que sale cada día a quitar las vendas a los muertos
a curar heridas en los brazos de mis hijos,
a limpiar cuchillos que manchan las calles
de este triste barrio de provincia.
Estoy aquí
bajo el dintel de mi puerta -sin cerrojo-
sin más amuletos que estos versos,
ofendiendo los recuerdos,
escuchando un coro de ángeles que desconozco;
estoy aquí
-Fantasma del viento-
viendo en los alambres del patio
una gota temblar mientras se sujeta a la vida.
UN TREN SILBA PARA ENCENDER LA AUSENCIA
… aquí, en la Tierra, hace mucho
comenzó a llover
y me he extraviado -como tantos-
en la soledad
SANTIAGO MUTIS
Rudimentario crece este amor
en el pequeño espacio que habita tu voz.
Llegas en la estación del pan,
y me recuerdas que el tiempo -ajeno y amargo-
es apenas un beso o una caricia
en medio de los sueños donde siempre llueve.
Rudimentario y frágil,
hecho de miedos y esperanza,
de soledades y puertos
a donde llega la noche
recordándonos
que es el último vagón de un tren
que silba para encender la ausencia.
Rudimentario como el canto de los niños,
como el color de las astromelias
como tu sexo tibio donde está mi reino.
Crece entre calles sin nombre,
entre gentes grises de oficina
y listas de mercado y goles en la tele.
Así,
Elemental y cursi,
subordinado y lleno de costuras,
veo pasar este amor,
lo veo en el parpadeo del amanecer,
en las gotas de leche derramadas en la frente de tus hijos,
en el desespero y en el llanto
y en silencio de la madre que eres.
Rudimentario como la piedra,
como el árbol primigenio de Adán,
como el agua fresca de tu vientre.
Este amor
hereje y cómplice,
compañero y verdugo
crece
mientras un tren silba
para encender la ausencia.
Para: Diana María G
La mujer que habita mis días