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Julio de 2011 - Año 8, No. 16

 

Juan Sebastián Rojas Miranda

VIEJITOS HACIA OBERKAMPT

Crees que el bus
es un museo ambulante:
Se aferran los viejitos a las estacas plateadas.
La gente dice que refunfuñan mucho.
Me tocaron los que se divierten.
Quizá es porque aceptaron aprender
un tanto de árabe, serbio o taiwanés,
para contarles de las Guerras,
a quienes se ocupan de ellos.
Pero quizás solamente es porque
el bus ha frenado de improviso,
y han salido los viejitos a volar,
encontrando cada uno su pareja de baile.
Sales, y afuera llueve frio.
Las hojas caen.
Te hará falta verlos,
son los únicos troncos
que te sonríen.

EL EDÉN Y LA TIERRA

Está el Árbol del Conocimiento y arriba, Dios Padre.
Solo uno da sombra, a pesar de la serpiente
con la que conversaban Adán y Eva.
Hoy, del tronco se han hecho pupitres;
de las hojas, hojas sobre las cuales los niños
ponen a hablar a sus serpientes de tinta.
Las manzanas siguen costando un duro,
y las madres prefieren sacar a sus hijos al sol
para que bailen, canten y hagan malabares.

A LA CAJERA DEL FRANPRIX

¿Que no sabes por qué tu cola es más larga?
La vida te consiente, salvo en tu trabajo.
Mientras, tu insípida colega
mirando hacia el abre y cierre, desocupada.
No te distraigas un solo segundo: todos deseamos
que nos mires a los ojos y sonrías.
Un uno y tantos euros,
y me probarás que existo.

POR LA GRANDE ARMÉE

Y
salgo al sol,
notando que el aire ya no abraza
frío,
y,
a brasa tenue,
se te va pegando
al cuerpo.
Y ya han salido las hojas
mientras
saco los recuerdos a
correr en la acera,
como niños jugando Lleva.
Camino a la casa en el aire,
no son los pasantes seres humanos:
son más recuerdos
que van en sentido contrario.
Estoy sólo yo, mis reminiscencias y la avenida.
Y tú.
Tu pelo es la Grande Armée larga, larga,
florida,
que atravieso
con
un paso lento,
y mi nariz
mirando al cielo con mi desearte vivo que tiñe
el viento, mis recuerdos pasantes y mis recuerdos como niños,
del color de la tarde

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