Oh, si yo fuese
Si el poeta arrastrara al otro
Al corazón de la intemperie
Si el beso dividiera a los amantes
Que adivinan
El secreto circular de la pasión
Si lo que canto
marchitara la lluvia
Que es agua de perdición y de vida
Recuerdo a esa muchacha
Que buscaba en las palabras tachadas
Mi boca recién nacida
Si el poeta añadiese alma
A lo que ahora imagina
Si se olvidara de sufrir
Lo que no siente
Si supiera qué hacer
Dónde poner las manos
Cómo no aparecer en los poemas
Con los ojos cerrados
Oía en la caracola de tu sexo
Rumores de olas de antiguos amantes
Es un veneno el que me proporciona la visión: bella es la vida. Odio a primera vista con perros rabiosos que se quedan con pedazos de mis manos en sus manos. Domingos y hombres de prisa, con corbata, me fuerzan a cambiar de acera.
De regreso a casa, la puerta queda en otra parte. Soy, cada vez más, el padre y la madre de mi padre y mi madre. Ruinas del pasado, canciones regresan a ladrar de día. Tengo una coartada para cada sospecha y dulces palabras para cada amor muerto.
En la noche mía, temprano, late la luna.
Muerto. Aún respiro. Me abrazo a mí mismo pues soy lo único que me queda. Un río sí, pero las incesantes olas del mar golpean mi mano izquierda que flota y se entierra y flota.
La familia se muda. Padre lo dice y el niño que se apresta a cumplir nueve años, picotear el huevo, romper el cascarón, llora amargamente la pérdida de su paraíso. Otro vendrá, promete Madre.
El niño espera. Espera. Espera que le traigan monedas, que se las coloquen sobre los párpados con el fin de mantener cerrados los ojos hasta que el cuerpo se enfríe...
Me dejó cantando: ayer, viva; hoy, bajo metros de tierra. Estuvimos juntos el verano, hasta ayer. La desgracia no la dejó cruzar la calle.
Puedo decir que el avión cayó en algún lugar del campo. Decir que son de plomo las alas de los ángeles que la sacan del sitio. Que su bicicleta escupía felicidad cada tarde. Puedo decir que el fulgor de su risa no se desvanecerá. Decir que aun el corazón más hostil acoge amor humano. Que su voz no se perderá entre las otras.
O que murió. Y que no hay más.
Mujer que sonríe, solitaria
Tendrá catorce o quince años
De pie
Apoyada a la baranda del puente colgante
Tímida
Sonríe
Su pelo largo y negrísimo
Cae sobre la frente y los hombros
Sobre el vaporoso vestido de seda
Y la hace ver como una celebridad
De paso por ese pueblo miserable
De su mano izquierda
Pende un pequeño bolso de cuero
Sus pies delicados
Están envueltos en unas sandalias doradas
Que crecen
Por sus piernas interminables
Atrás
A lo lejos
Brilla el sol
Mientras ella atina a esquivar
Las frases de los amigos curiosos
Y a escuchar
Entre todas
La voz del fotógrafo que bromea
El
Mi padre
Aún ignora su nombre completo
El
Todavía ignora cuándo va a contemplarla
Desnuda por primera vez
Esa mujer que será mi madre