(Amherst, Estados Unidos, 15 de mayo de 1886)
Su paraíso germinaba sobre un hilo de luz
en el silencio del cedro.
O en el alfabeto de la oruga que leía,
casi hecha belleza, la ardua tarea del jazmín.
O en la nube que pasaba sobre la piel de la charca
sin agitar el agua ni perturbar las ranas.
Hoy, todo ello ha terminado mansamente.
Su cabellera encendida, casi tan roja
como el atardecer, cae blanda
en la quietud de la almohada.
Afuera, el mundo que apenas abrazó
sigue girando en su indolente torbellino.
Nada terreno habrá de atormentarla ya:
ni las miradas oblicuas de los hombres,
ni el estruendo de las máquinas que siegan el trigo
en el que ella descifró, tal vez, el parloteo de la brisa,
ni el coro del pueblo que susurra en las noches
su vestido blanco, su encierro, su aparente locura.
Acaso aún la toque, como una hebra de viento,
la voz de su madre llamándola entre la seda del ensueño…
¡Emily… Emily!
Su pie leve es apenas un recuerdo
en la canción del huerto,
hasta donde llegarán después que ella, puntuales,
la primavera, la nieve y el aroma del sendero.
(Condado de Sussex, Inglaterra, 28 de marzo de 1941)
Dime si el agua se llevó tu pena,
Virginia,
o si el coro de voces remontó
el camino de algas dulces
para seguir torturando tus sienes
con su metal de áspera campana.
Tal vez el murmullo del río te llamaba,
por entre la fronda de la noche,
como el canto de un pájaro en el sueño.
¿Fue la tentación del Ouse,
su promesa de un adiós sin retorno,
más seductora que la oscuridad
interrumpida en tu adolescencia?
¿Fue más apasionado este dejarse ir
como espuma, río abajo,
que remontar con brazadas vigorosas
el caudal de la vida?
No sé, pero imagino
la angustia de caer desde tu cima
de ideas delirantes,
después de galopar iluminados pensamientos,
hasta la abrumadora confusión que te cegaba.
Eso eras en la estancia del día:
una semilla fugaz que se apagaba de repente.
Espejo del lenguaje,
amiga del cincel que desnuda las palabras,
viajera de las más agrias cortezas,
que caías a menudo en las tinieblas de tu abismo interior,
¿qué monólogo te hería esa mañana
en que apenas despuntaba la primavera?
Ah, Virginia, hermana mía,
el peso de piedra en tu bolsillo
agobia todavía la levedad de mi alma…
Del movimiento de su mano
brota un pájaro
que anida
en el murmullo de la noche.
Su silueta es un ánfora de luz.
Como una flor carnívora,
lámpara encendida,
se vierte sobre la piel que espera.
Atrás queda el desierto
hasta hace poco
bañado por el frío.
Arde como antorcha de paso
el cuerpo de mi amante.
Y después se sosiega,
duerme en el arrullo de la sangre,
antes de hacerse olvido
tras la puerta del sueño.
Pienso en alguien que cabalga
el árido paisaje de la noche.
Quizá vaya al encuentro
de su propia lucidez,
ese dolor inevitable,
para sentarse luego
junto al árbol de sus lágrimas.
En la mujer que ata
la sábana a su cuello
para dejarse caer
hasta el abismo blando
de su habitada soledad,
de su silencio más limpio,
como quien entra en el agua
con dulzura de enfermo.
En el hombre que ofrece
su corazón intacto
al peligro de un labio,
al filo de una lengua,
al amoroso aliento
que ha de entregarlo convertido en fruto seco.
Por entre la persiana,
el caudal de la noche
me ofrece su alegría de abalorios,
su risa desabrida.
La fiesta que esconde
un tropel de cascos y doncellas
o una lluvia de sangre y de perfume,
antes de que el alba me rescate
para el sosiego más dulce,
más liviano,
de mis propios dolores.
Imagina que en algún lugar
sus manos alimentan
la raíz de un písamo
mientras su sangre asciende
oscurecida
hasta el temblor de las hojas,
febriles hormigas
socavan sus orejas,
sus labios sueñan
un destino de lirio,
y sus piernas
se hacen polvo para el viento.
O imagina que sus ojos
han viajado por el río
anegados de sombra,
absortos en las formas de las nubes,
heridos por la lluvia,
y que los peces, las moscas y las aves
se han nutrido de su piel
en el festejo de la vida.
O bien, imagina que una mano amorosa
plancha todavía su camisa a cuadros
—la que usó la última tarde—
y alisa su cabello un poco más encanecido.
Imagina que se sienta a comer bajo otro cielo
y hace lumbre en otra cama.
Pide que su último rastro,
el que tú ya perdiste,
el que una mano oscura
ha querido borrar,
persista en llama viva,
en flor abierta,
aunque su destino
sea una incógnita eterna que te asedia
desde todas las orillas.
Demasiados rincones desdibujan
la memoria de mi casa.
Colgado en este alambre
—o tal vez en aquel—
brillaba como un ramo de amapolas
el único vestido que lucía
con decencia los domingos.
No logro saber
por cuál de tantas puertas
se marchó mi padre
ni desde qué ventana me asomé
al abismo de la calle,
a su promesa encantada.
¿En qué estancia de tiniebla
descubrí el horror de la soledad?
Retazos que han perdido su color
en el agua del tiempo.
Formas con que no logro edificar
una casa,
la única, donde pueda rastrear
la hondura de mis pasos,
el vuelo de mis manos.
Jamás contaré, como hacen otros,
los milagros cotidianos
de la casa paterna.
No diré sus aromas.
No evocaré su amparo.
Con muchas paredes la construyo,
con muchos olvidos la rehago,
y jamás llega a ser mía
su exacta luz de infancia.