
Entró a la ciudad imperial, impulsado por ráfagas
de viento y arena,
llevado por alas poderosas, avanzó bajo las hermosas
torres medievales, piedras negras bañadas por una luz
invisible,
blancas frías piedras, alejadas del corazón.
Se sentó en el rincón azul, a contemplar cómo la catedral
abría las puertas oscuras, de su boca infinita.
Saludado por los mimos rojos, los equilibristas,
y los payasos de las esferas,
caía, llevado hacía los cielos, hacia el ramo estrellado
de su voz, aldea secreta, verde abismo
del agua y la soledad.
Escuchaba al viento puro, al fauno amado,
como un recién llegado a la alegría de una fiesta.
¿Quién era él en aquel entonces?, ¿En quién se había convertido?
¿Era él, él quien atravesaba el parque en la noche,
bajo luces amarillas, dormido y ataviado,
como para una crucifixión de Holbein?, verde río
lapislázuli.
Bebió allí el agua del cántaro sagrado,
y levantó su cabeza como el gamo solitario cuando escucha el corno.
Bandadas de hojas y pájaros y ramas en el parque llovido
donde escuchó el sonido de sus pasos.
Sonido de sus pasos, hacia un lento futuro triste,
"hacia el glauco, hacia aquel que olvidaba
los mares y la brisa"
"Allí donde no estaban el rastro de las pisadas y las piedras".
Sólo que nunca llegaría, se perdería allí,
en aquel agotado jardín, en aquel rincón azul.
Lo abandonaron sus manos y sus ojos,
lo abandonó todo su cuerpo y voló lejos, lejos.
Trataría de regresar después, pálido fantasma,
recorriendo cada uno de sus pasos.
Ya no deberías hablar, debes callar, silenciarte para siempre.
Ya hay demasiado pasado dentro de ti, ¿Qué puede haber aún
en tu corazón sostenido alguna vez por el amor?
Hay fotografías tuyas desde donde sonreías, un carrito de juguete
entre tus manos; esa que fue tu madre, al lado tuyo,
pero ella no sonreía, ella sabía.
Los días prisioneros te esperaban, algunos en la cúspide
de falsas alegrías, algunos trajeron vino a tus labios,
manos rebosantes de hermosos juegos incendiados,
ríos profundos.
Una a una pasaron las páginas del libro,
¡viste ya tantas cosas con tus ojos cerrados!
Déjame entrar,
quiero buscar el último rincón,
esconderme en tu casa.
Acercarme al ser de luminosa ceniza
en la que te has convertido.
Acercarme a tus tres reinas,
la del viento, la de la noche, y la de la lentitud,
y hacer un pacto secreto con ellas.
Regresar otra vez, al caballo en su palacio de nieve,
a la sombra de los árboles milagrosos.
Yo seré el viajero, que hunde sus pies,
en un mar estrellado. Trae por lo tanto el cristal,
la copa de belleza azul, y lo que vive y muere
dentro de ti.
Trae a nuestros muertos, Darío, Emilio, Helena, Gerardo,
Eugenia, yo entre todos ellos.
Ya sé, que nadie más que tú, podría hablarme
mas bellamente del halcón de los cielos y de su frío grito
de oro.
De lo que me has ofrecido, el corazón difunto,
la verde rosa destinada.
Es ahora cuando recuerdo,
recuerdo tu vida lenta y silenciosa,
esa que levantabas para mí, reflejo de la espada
frente al mar, frente al brillo del alba.
¿Fuiste acaso el viento blanco?
¿Aquello que recorrió el bosque con sus aves invisibles?
En la tibia mansedumbre animal
dejo dormir mi corazón, para que perdure siempre,
para que no se pierda, como lluvia sobre el mar.
Deberá quedar y sostenerme, dura obstinada
piedra, donde apoyaré mis manos.
Eco inextinguible de la noche,
agua hermosa de la soledad.