
Los murciélagos se esconden entre las cornisas
del almacén. ¿Pero dónde se esconden los hombres,
que vuelan en lo oscuro toda su vida,
chocando con las blancas paredes del amor?
La casa de nuestro padre estaba llena de murciélagos
pendientes, como luminarias, de las viejas vigas
que sustentaban el tejado amenazado por las lluvias.
"Estos hijos chupan sangre", suspiraba mi padre.
¿Qué hombre tirará la primera piedra a ese mamífero
que, como él, se nutre con la sangre de los otros bichos
(¡hermano mío! ¡hermano mío!) y, comunitario, reclama
el sudor de su prójimo hasta en la oscuridad?
En el halo de un seno joven como la noche
se esconde el hombre; en su almohada, en la luz de un farol
el hombre guarda las doradas monedas de su amor.
Pero el murciélago, durmiendo como un péndulo, sólo guarda
al día ofendido.
Al morir, nuestro padre nos dejó (a mis ocho hermanos y a mí)
su casa donde la noche llovía por las tejas rotas.
Levantamos la hipoteca y conservamos los murciélagos.
Y en nuestras paredes se debaten: ciegos como nosotros.
Tracucción: Ángel Crespo
Ahora que te fuiste es que me llegas
más visible que nunca.
Me miras tan de cerca que me turbo.
En tu mano no traes el juguete.
Ni siquiera viniendo de tan lejos,
de encima de todas las estrellas, del sordo espacio en el que no hay ángeles,
rescatas la vieja deuda
anotada en un álgebra de ceniza.
Y fue preciso que atravesaras velozmente los cielos plausibles,
cruzando los acueductos de lo Invisible y plazas donde no redoblan
los populares tambores de la vida,
para regresar sin guardapolvo, en el día claro que la noche no encubre,
y con la espantosa novedad de que aún estás vivo
con tus anteojos, tu calva y tu cartera.
Yo pensaba que los muertos no volvían
y con todo aquí estás, radiante y pobre.
¿Qué es lo que secreteas, viejo curioso? ¿Qué quieres decirme humildemente,
tú que te transubstanciaste en tanto y en nada
y reíste de la mentira de los abismos?
¿Y por qué te has puesto tu mejor ropa
si no vas a salir más los domingos, y resurges apenas
como un rayo en el día calcinado?
Tú que nada dejaste, vuelves lleno de todo
y me sonríes con tus manos vacías.
Regresas de sorpresa. Igualito que cuando
llegabas de tus pequeños viajes
y era como si hubieras recorrido el mundo.
Yo sabía que no cambiarías. Ninguna muerte
te haría intocable, intransitivo y abstracto.
Por eso llegas, y ya te reconozco
como si invisible y cansado, regresaras a casa.
¡Con qué prisa volviste, y cómo tienes
tantas horas marcadas!
Tu aparición me deja avergonzado.
No esperaba tu visita. Te creía bien lejos,
entre bosques de sal, donde el dolor no alcanza
y nadie siente frío en el perpetuo invierno.
Pero lo importante es que volviste, deshaciendo
el equívoco de creer en el sumirse entre los muertos.
Y mientras me contemplas, leo en tus ojos
el intangible legado de tu duro
amor sin lágrimas.
Lo que existió una vez, existirá para siempre
aunque desaparezca bajo una pala fúnebre de tierra
o en la ceniza que esconde el camino incinerado.
Nada morirá. Lejos del recuerdo
lo que fue vida se mueve entre las sombras
y el sueño se mueve lejos del sol.
Ahora que estás muda para siempre
comienzo a oírte. Ocupas el silencio
como el fuego que avanza en la colina o la lluvia persistente.
Hacia donde voy me sigues, con insistencia.
Y reclamas el día.
Todo lo que gané se deshace en el aire como una metáfora.
Ahora solamente guardo lo que perdí:
el viento que soplaba en la colina
la nieve que caía en el aeropuerto
y tu pubis dorado, tu pubis dorado.
Cuando te amo
obedezco a las estrellas.
Un número preside
nuestro encuentro en la sombra.
Vamos y volvemos
como los días y las noches
las estaciones y las mareas
el agua y la tierra.
Amor, respiración
de nuestro océano secreto.