Mejor no pases al atardecer en busca de este hostal. Desconfía de su voces. De la tersa amabilidad de su servidumbre. Ellos , al igual que los nuevos huéspedes, fueron engañados por el anillo y la mano enguantada de la Señora que rige la casa de paso. Ellos descendieron a las bodegas de la casa y fueron coronados con astromelias por la Señora y ahora no pueden ver
sino la tiniebla
de estas habitaciones bajas.
El hostal barroco aparece entre un párrafo y otro del texto atribuido a J. Babel. Cada vez que alguien lo encuentra, un conserje abre las puertas de ese lugar de paso al caminante y asciende con él por los escalones en dirección al humo de la chimenea. Nada raro que el huésped se aloje en una habitación donde se escucha el murmullo de las palomas. Ninguna advertencia hace el autor a los visitantes que acostumbran a pasearse por los jardines de estos sitios de tránsito. Ya han sido muchos los que al conocer el aroma de una flor, sucumbieron a un delirio extraño y se han sometido- durante años- a servir de vasallos en estos lugares.
Extraña flor alucinada ésta,
misteriosos vapores los que de ella emanan.
Los cartógrafos de estas ciudades de ceniza no indican en sus mapas,
diseñados para transitar por las geografías del sueño, la ubicación de estos hostales
de infamia que se alzan en regiones de niebla.
Son culpables de igual olvido los diseñadores de cartas de viajes. Una tradición de silencio envuelve en la bruma a estas estancias, acaso porque sus señores han
sido convidados
del desprecio y la irrisión. Sus enojosos aparatos de tortura
con los que atienden la veleidad de las viajantes en los traspatios
de estos sitios de tránsito, son motivo de agravio para la historia.
De esas flores sombrías que crecen en los jardines de los hostales, es mejor no decir nada.
Ninguna cartografía, como no sea la del olvido ubica este lugar.
Se sabe que los burdeles se le cruzan al caminante en sitios insospechados.
Acaso en la terminal abandonada de trenes, el conserje de La Casa de Amores
aborde al
transeúnte
y lo conduzca
sigilosamente
a un vagón desconchado desde el que sale el ventarrón de una música
de Invierno. O tal vez cuando el viajero se encamine
hacia el vagón , la máquina desaparezca con sus mujeres de altos tocados
que asoman sus rostros desportillados tras los ventanales. De nuevo el visitante
quedará solo,
dueño de ese fruto negro que es el miedo, sin la oportunidad de compartirlo
con alguien.
Encerrado en la torre del lenguaje,
Franz escribe
en los muros, con una pluma de oropéndola.
Vaya uno a saber lo que él garrapatea.
Escribe
sin divisar, desde los ventanales de la torre, la página amarilla
de los trigales , alineados sobre el gran texto
del paisaje, ilustrados con el vuelo de los pájaros
que van a Praga .
Para Franz un texto es el mundo y él un personaje que se niega a dejar
el jardín de la infancia.
¿Quién crea ese personaje llamado Franz?
¿Quién escribe los sueños suyos un tanto barrocos?
¿Quién lo encierra en la torre y envía al
carcelero con la cena al caer la tarde?
Uno tiene , Felice , siete días de esplendor
y otros tantos de ruina.
Sirven los primeros a los personajes de mis novelas
para pisar la hojarasca del lenguaje en un día luminoso
e ingresar a la primavera del castillo Kinsky.
Durante los segundos, mis personajes son echados a palos
de los traspatios
y adoptan, con aire oscuro, la noche de miserables hostales.
A veces ellos se resisten ante este destino,
pero yo,
Franz, novelista de Praga, soy su Dios fatigado:
los determino a la obediencia.