Se escribe contra toda inocencia
del clavel o el lirio, contra el aire
inane del jardín, contra palabras
que hacen juegos vacíos, contra una estética
de vals vienés o parnasianas nubes.
Se escribe abriéndose las venas
hasta que el grito calla, con llanto ácido
que nace de pronto pues imposible
nos era contenerlo, con luz dura
como rabia azul, quemado el rostro,
destrozada el alma, desde una rama
frágil al borde del precipicio,
Se escribe.
Los padres partieron. Tomaron las maletas
y sonriendo dijeron en voz alta: Adiós.
Cerraron la puerta. Todavía en la calle
alzaron la mano despidiéndose.
Volverían en caso de que los necesitáramos;
sería cuestión de acordar la fecha y hora.
Pero seamos ciertos sin catástrofe
ni menos piedra enfática: nunca pudimos
dialogar con ellos, aunque tal vez
no había mucho que decirse, y esto,
en verdad, acaeció hace muchos años.
Eso digo si fue. Por eso no vale la pena
llevar ala ni cántico, por eso la luz
de pronto nos detiene, trístidos, sin fuego,
por eso el mundo en su esencia
es injusto, inestable, cruel,
aunque luchemos porque no lo sea,
aunque sepamos de antemano y siempre y de nuevo
que golpes ni puntapiés ni gritos
te sirven para nada, que la sangre
de la herida quedó por todas partes.
Pero los padres no volvieron. Qué vana historia,
ay, qué vana fue la busca. Tal vez murieron
en la ruta, en reyerta común o en casa cómoda.
Tal vez aún regresen. Tal vez, si hay dichosos,
los sigan esperando.
Ya pueden decir lo que quieran, me dirán lo que quieran
pero yo siempre he amado a México.
Cuando estuve lejos bajaba repentinamente un delgado mas
intenso manantial de imágenes y una triste voz era triste
cuerda en la cítara del corazón enamorado.
Podía o pudo ser acaso una noche de lluvia innumerable
en un parque neoyorquino,
o en la aspirable terraza de un café parisiense,
o bajo el crepúsculo en lo alto de una plaza de Gotemburgo.
Podrán escarnecerme el mañana del triste que fui ayer
por gloriarme en público de ser "un italiano desplazado"
o "un hombre del Duecento florentino en pleno siglo XX".
Pero yo siempre he amado a México.
Lo he reconocido –lo he amado—en mi casa destruida,
en mi familia destruida,
en el trato con amigos y también con enemigos,
en mujeres que amé y me enterraron bajo la fosa más
honda y más oscura,
en paisajes que al hacerlos míos con una distancia íntima
me emocionan por su belleza que me creo o me invento,
en ciudades que delineó la memoria como líneas
simétricas en una piedra,
en iglesias que se caían de proporción y luz,
en actos dignos de hombres que no morirán del todo.
Y aunque sé que a este país lo ha gobernado el diablo,
que los mexicanos no hemos estado a la altura del gran país,
ustedes dirán lo que quieran, pensarán lo que quieran,
pero yo siempre he amado a México,
siempre.
Ahora el mistral en su furia agarra todo, lleva todo,
arrebata todo: follajes, olas, olores, el color de las
faldas de las mujeres, las miradas desde
las ventanas, el amarillo quemado de las casas.
Miro desde el muelle el puente de un extremo a otro,
de un barrio a otro, a una ciudad que se desvae,
a una soledad que crece, que no ha dejado de crecer.
Teníamos diecisiete años y el patio de la escuela
era inclinado y grande y no necesitábamos decir
ayer porque mañana ilusionaba todo.
¿Qué ayer puede tenerse a los diecisiete años?,
pienso, mientras el Ródano se aleja bajo el puente
y las golondrinas se ponen de amarillo
para medir el trigo y llamean de azul
para anidar el cielo.
¿Y qué pájaro sabe decir adiós como las golondrinas?
¿Qué pájaro mide treinta años en un adiós sin fechas?
Entre ella y las golondrinas quedaba
el verano a la distancia.
El mistral se contrapone a las ventanas,
las miradas huyen, y yo lo oigo, y hay algo
en él, algo, algo en el viento poderoso
--la fuerza, la fiereza, el combate--
que yo hubiera querido comparar a mi vida
--mientras el viento golpea los plátanos, la fachada
del cine y golpea de nuevo la fachada de
la capilla. Golpea.
¿Hubiera sido? Hubiera sido, sin duda.
Pero hoy sólo oigo el mistral sobre el follaje,
la rabia del mistral tremendo en pandemónium,
y el puente se ahuyenta, la ciudad se borra,
antes, claro, de esos diecisiete años, cuando
yo decía en el patio: "Eres la reina", y ella
me decía: "No sé...tal vez..."
"Yo nací en febrero a la mitad del siglo y uno menos, y Dios me dibujó la cruz para vivírsela y las hadas me donaron cándidamente el sol negro de la melancolía. No fui un Propercio, un Góngora, un Vallejo ¿y para qué escribir si uno no es un grande? Me conmoví hasta las lágrimas con historias de amor y de amistad y supe del amor y la amistad lo suficiente para dudar de ellos. No busqué la felicidad porque no creí merecerla ni me importó su triste importancia.
Escucha esto: la vida es y significa todo aun para los que no saben vivirla. Huye, busca el cielo profundo y el mar meridional, las muchachas delgadas y espléndidas, el camino del sueño y lo imposible, y vive esta vida como si fuera la única porque es la única. Y que la tierra me sea para siempre leve.