En este pozo de silencio,
las penas se van al exilio.
Ninguna pregunta pervive.
Sin dejar el menor rastro,
la soledad se ha marchado.
Me siento hermana del árbol.
El viento trae gotas de miel.
La noche se llena de estrellas azules.
Nada me falta, todo lo tengo.
Latiendo al ritmo del sol,
mi corazón lee un verso
en los suaves pétalos
del crisantemo.
Incrustada en la montaña, Namche Bazar toca el cielo. En las casas, el fuego calienta los muros de piedra. En cada mesa, sopa de arroz, roti y lentejas. El humo de sándalo, como un rayo de sol, atraviesa la niebla. Con un silencioso Namaste, saluda el bambú en la mañana. Un puente colgante une mi corazón al Himalaya y las banderas de oración son luceros de colores. En esta casa fría también me acerco al cielo.
Mi mente
es un pájaro carpintero.
Sin descanso,
martilla la rama
del árbol seco.
Y entre golpe y golpe,
presiento el silencio.
Niebla en los Farallones
Mientras se bebe el sol
la oscuridad de la noche
y en gotas de luz
se convierte el rocío,
los Farallones se quitan
su manta de niebla,
y pintan con crayones
-color selva espesa-
las primeras palabras
de un dulce poema.
Debajo del chiminango,
una sonrisa toca una dulzaina.
La talega no se llena de monedas.
Sólo la lluvia me queda.
En sus brazos de hielo
me acurruco llorando.
Soy otra gota de lluvia
que es otra lágrima mía.
Digo en silencio te amo
y el silencio calla
En la mesa, dos platos.
Enciendo una vela.
Flores silvestres
en el centro de barro
y una pieza de Mozart
sonando muy bajo.
Mi corazón te presiente
y te espera en secreto.