El hombre que da una vuelta a su casa
para descansar por un momento de lo mismo
meditar la luz
o pensar en otro asunto
Una vuelta a las mismas calles para burlar el tiempo
mirar en otra cara
o ver las cosas de otro modo
(Lo habitual y lo inusual
dispuestos y avenidos)
Ese que camina sin prodigios a su paso
ni desvíos en su rumbo
y se extravía
en su mundo
a la redonda
Como el poeta que apenas utiliza para escribir
una parte pequeña del diccionario
La poesía no tiene horario
La poesía se escribe no cuando uno quiere
sino cuando ella –la poesía– quiere
dicen
Esto me digo mientras camino
y pateo una piedrita
calle abajo
una y otra vez
la misma piedrita
Dios puede ser cualquier cosa
incluso una piedra en el camino
–dicen también
Y me lo digo como quien no tiene
para decir
algo inusitado sobre una piedra
que se patea en una calle solitaria
Darle a la piedra es todo el asunto
de esta tarde sin asunto
pues no hay qué hacer
y la poesía no tiene horario
La piedra golpea otra piedra y no canta
no llena el universo
Es nada
diría uno
en el camino que lleva a casa
Mientras doy una vuelta a la casa
me amonesto
porque hace tiempo
no escribo un poema
Pero ¿por qué
para que celebre
tiene que haber en mi cartera
versos?
Bien puedo ser feliz sin decir
si mientras digo
lanzo guijarros al agua
o espanto a las palomas:
un poema es lo que no esperas
Es muchas veces menos que silbar una calle
un poema
y no es muy distinto del sol que se para
en medio del cielo
Lo mejor es hacer silencio
o hacer como el pájaro que dice
sin saber que dice
el atardecer
el guayacán blanco
Hoy me entreví como un desaparecido, hoy no me vi entre los míos. Algo sucedió, alguien vino por mí. Me busqué en el rastro que dejo en la sábana al levantarme, en la huella de la mano en el primer asidero. Tal vez fui y volví, pero no me di por enterado.
Y mi nuca pendiendo de un hilo y mi palabra sin aire.
No me vi en el agua, no fui palpable.
Y nadie dio noticia de mi rastro, y nadie alcanzó a ver en el contraluz.
Surcan el bajo cielo de mi casa multitudes de pájaros: bajan a los muros o se ponen a hacer nada en los árboles; pican el plátano de los cebaderos, trotan con brincos pequeños sobre la hierba, vuelven al aire y se esfuman. Algunos se extravían buscando la ruta de la bandada y otro —como éste— se estrella en el resplandor de la ventana.
Hace días otro copetón alebrestado pegó contra el pico del muro, rozó en su caída los palos del arbusto y dio contra el piso. Lo miré: quiso tomar aire abriendo el pico, pero algo que no sé decir con palabras, lo impidió.
Pasado un día se hinchó; luego se descuajó de entraña.
Árbol solitario el guayacán
Es el Robinson de los árboles
Nunca a un lado suyo se alza
la ramosa vara
del árbol semejante
Sin que se haga visible
en cualquier paraje está
rodeado de intemperie
Entonces es un tronco más:
nadie repara en él
nadie pregunta por su nombre
Y de pronto una mañana
su alegría de náufrago