Clave 17

Clave Revista de Poesía y Cultura

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Noviembre de 2011 año 8º No. 17

Willian Ospina

Willian Ospina



Antibes

Oscuras y mojadas las gárgolas insomnes
no saben de este sol que rompe lento el río.
Ellas, con sus cabezas de piedra y de dragones
están en la Edad Media, vigilando los burgos
aterrados de hogueras. El norte está en sus ojos
y ninguna palabra nombra el país de gritos
donde las labra el miedo. Pequeño diablo gótico
¿quieres morder el sol que alisa estos cabellos?
¿quieres sembrar espanto en estos niños de oro?
La primavera abre las ramas del cerezo,
este es el sur de aquella sombra, ahora
sólo llueve en los cuentos. El tren cruza
las tierras de los cátaros. Hay jóvenes ociosos
con piercing en los labios, bordeando en bicicleta
los patios que florecen. Y la Edad Media ha muerto.
Su fantasma barbado ronda por cien castillos,
desde el tibio Garona que invade el frío Atlántico
hasta el soplo de tordos de Poitiers, hasta el vuelo
de un halcón plateado en Perigord, o el salto
de una ardilla de fuego en las banderas. Oigo
rudas bandas de rock por las tabernas, oigo
tambores africanos en el viento, esta tierra
donde abuelos de hierro dieron filo a sus dogmas,
donde los aldeanos crucificaron cerdos,
donde las brujas últimas ardieron en blasfemias,
con sus serenos valles de amapolas que han dicho,
por hoy, adiós por siempre a la apestosa guerra
llena de huesos rojos y de buitres hambrientos,
es bella esta mañana de llanuras en fuga.
EL TGV hace polvo los castillos, transforma
en trazos de Van Gogh los sembrados simétricos,
hace girar los pueblos ante los campanarios
y cambia a Arles en Nimes y a Nimes en Marsella
y al valle en mar y al mar en sombra y sueño.
Lejos están las gárgolas, en sus rencores góticos,
aquí hay raudas palmeras, y yates, y casinos,
frías playas que esperan sus turistas del norte.
Ha muerto la Edad Media. Yo la vi, vasta y sola
en la tumba más bella del Sur, el claustro inmenso
donde las blancas columnas se abren arriba en palmas,
en las solemnes naves jacobinas, que rayan
y doran y empurpuran los vitrales abstractos.
Allí, en el centro mismo de un palacio vastísimo
en un cofre dorado Tomás de Aquino espera.
Sólo dos santos tuvo la locura de Europa,
aquella edad de dogmas y de hogueras, dos santos
indómitos, ilímites, ingenuos, italianos,
y bastan dos para una edad del mundo, y bastan
dos santos para una religión. Aquí ardieron
dolcinistas y cátaros, teólogos y herejes,
y mil santos anónimos fueron fuego en el viento
bajo la absolución del mudo cielo, pero
estos dos fueron santos ante un dios más piadoso:
Tomás pulió una lengua que educaría a los ángeles,
Francisco hizo canciones que entendieron los pájaros.
Aquí, frente a este sueño de cipreses y rocas,
con todo el mar latino frente a mí, mientras sueño
que en la cercana costa Cartago alumbra al África,
aquí, frente a la costa, con brisas de los Alpes
en mi cuello, esta noche, por ellos dos, y a solas,
le doy gracias a Italia. Vuelven en la memoria
la fortaleza roja de Carcassonne, los nidos
de cigüeña en las blancas almenas, los ciruelos,
las tenaces discordias de Avignon, y hay un fondo
de italiano en el viento. Alma, en el Mediodía
es medianoche. Ladran las colinas de Antibes
y es Italia esta vasta dulzura en las colinas.
Gracias al mar de acero y al faro que lo arrasa,
gracias a la honda noche que borró los cipreses,
y a ese perro que vela conmigo ante el peñasco.
La costa azul es la negra. Y la Edad Media ha muerto.
Yo despido sus buitres.
Yo no quiero pensar en la muerta Edad Media
que hoy cubre con su manto de gallinazos negros
la selva equinoccial que da vida a mi pecho.




Tubinga

Tras diecisiete años he vuelto a ver la torre
y el río que una isla de altos árboles hiende.
El blanco octubre avanza por las calles tortuosas,
los rojos campesinos venden quesos y frutas,
venden el turbio vino de las granjas. He vuelto
a ver los sauces trágicos de Suabia, a ver los arcos
del viejo seminario donde Hegel y Shelling
oían cantar al joven poeta en la tiniebla.
La torre asoma en todos los grabados antiguos,
desde los altos muros medievales, cruzando
siglos y guerras, siempre, la torre frente al río.
Cambiaban las orillas, el puente, los jardines,
iban tropas al sur y al oeste, pasaban
las barcas de aldeanos entre gansos y cisnes,
se alteraban las casas de colores al fondo
sobre la recia forma de la catedral gótica,
pero la torre siempre estuvo allí, esperando.
Y vino el día preciso del dolor y el miedo,
la locura bajó con sus manos enfermas
hasta la frente blanca del poeta y la pena
ascendió al mismo tiempo del corazón. Y entonces
Zimmer trajo al poeta a la torre, y en ella,
un salón circular que mira al río de sauces
albergó siete lustros al pobre Scardanelli.
Todo es sólo un recuento en los libros, un trozo
de historia, un largo soplo de otoños y de inviernos.
Aquí estuvo el rosal que le brindó sus rosas,
aquí vinieron muertos los árboles de Suabia
a cambiarse en las manos de Zimmer, aquí estuvo
el lento martilleo que puntuó su locura,
aquí el poeta vio borrarse un rostro amado
bajo lluvias y nieves, aquí los lentos años
apagaron la magia de esa música espléndida,
y saquearon los dientes y arrugaron los labios
y arrebataron toda su luz a las pupilas.
He vuelo al sol de octubre y la Tubinga, y a solas
busco en vano a Ricardo y Marie por las plazas.
Hace diecisiete años nos trajo aquí un verano:
azarosos camiones y noches de cipreses,
y sonbrías tabernas del Rhin, y bosques ebrios
y lunas tan felices como nuestras palabras.
He vuelto a ver las aguas eternas. Ya no encuentro
ese verde verano en el espejo, Ahora
está más solo Hölderlin en su noche y su siglo.
Oigo a Alemania en torno tejiendo miedo y música,
y algún verso ha saltado del cuaderno a los muros.
Mucho ha cambiado en torno la ciudad, en la plaza
hay un café internet y titilan semáforos,
pero la vieja torre firme en su firme historia
sigue asomada al río, y el río es fiel al sauce,
y la leyenda es fiel al poeta y su angustia,
y esta luz de vitrales baña las tumbas góticas,
y esta pasión que trae mis pasos a este octubre,
es la misma pasión que entre los bosques ebrios
trajo a los tres viajeros por jardines y músicas
a ofrendar a un poeta que hirieron crueles dioses
su verano más bello.




La prisa de los árboles

Saltan gacelas rojas por el campo inundado
y sobre el puente cruzan los trenes altos.
¿Qué harás en un país lleno de dioses?
Ya sólo ves la prisa de los árboles
viajando hacia el ayer. Van a reunirse
con tus tardes de infancia.
No puedes detener estos bosques que corren
con duendes y con fénix
hacia el rumor de lo irrecuperable.
Cuántas cosas allí, qué rostros bellos
como flores de un sueño, qué casa en las colinas
custodiada por duendes con cuerpo humano
lo que temí y amaba,
el joven de oro con su extraña sonrisa
que no descifró el mundo,
y cada luna sobre cada amor
y un pez saltando entre palacios muertos.
Lo que quiero decir, lo que olvidé, y el sueño
de esos ríos de plata cruzando la llanura,
de tapiz verde que unas manos hunden,
del poeta en su barco de cristal por las selvas,
del árbol lleno de manzanas granate
que vino de Moldavia a recordarme un rostro,
lo que quiero nombrar y no halla nombre,
y ese pájaro azul, salido de una fábula
que vuela ante mis ojos, mientras el tren recorre
las llanuras del Ganges.
En todo está la prisa de los árboles,
en todo el rojo duende presuroso,
que da miedo a las piedras y dolor a las torres
y amor a las persianas de las casas vacías,
y sueño a las estatuas cuando el sol, cuando el cuervo.
Otra vez aquí está lo que no ha de decirse.
Estoy pensando ante los bosques en fuga
en una noche junto al río en Rosario,
en una noche lenta junto a la enredadera,
en esa tarde en que llovía en Cali
y tú tenías un traje rojo.
Hay nidos, hay canciones en los nidos,
hay miedo en las canciones,
hay belleza en el miedo,
misterio en la belleza,
misterio
en la belleza.




Contenido Revista de Poesía Clave 17

Contenido

XV FESTIVAL INTERNACIONAL DE ARTE DE CALI
POETAS INVITADOS

Ledo Ivo
Marco Antonio Campos
Piedad Bonnett
Alejandra María Lerma García
Luz Andrea Castillo
Carlos Patiño Millán
Robinson Quintero Ossa
J. J. Junieles
Luis Eduardo Gutiérrez
Fabio Ibarra Valdivia
Medardo Arias Satizábal
Miguel Iriarte
Antonio Zibara
Darío Jaramillo Agudelo
Tomás González
Gerardo Rivera
Willian Ospina


ARTES POÉTICAS


Elena Caricati Pennella
Marco Antonio Montes De Oca
Pablo Antonio Cuadra
Alfonsina Storni


EL ARTE DE COMPONER VERSOS


Ledo Ivo

NUEVAS VOCES


María Teresa Victoria Paredes

POESÍA Y TRADUCCIÓN


Bernardo Gómez

COLABORADORES

CLAVE PARA NAVEGANTES