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Ir a Contenido Agosto de 2004 - Año 1, No. 2-3 |
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CORRECCIÓN
DE UN POEMA
Por Hoover Delgado
Tres momentos tiene este
poema: el primero, hacia 1616, cuando Ben Jonson publica el famoso fragmento
lírico que lleva por título A Celia; el segundo, en 1770, cuando
aparece en Inglaterra convertido en canción popular con música
de Mozart (1756-1791). Su momento final sabemos que ocurre en el futuro - ignoramos
su fecha - y que el hombre que lo pronuncia es un marciano.
En esos siglos varían algunos versos. El primer cuarteto de Ben Jonson
reza:
Drink to me only with thine
eyes
And I will pledge with mine;
Or leave a kiss but in the cup
And I´ll not look for wine.
La letra que pronuncia el hombre de Marte dice:
Drink to me with thine eyes
And I will pledge with mine
Or leave a kiss in a cup
And I won´t ask for wine.
En la página 798
de El Mundo de la Música, de Karl Sandveb, se traduce el primer verso
como "Embébeme en tus ojos". Versiones de autores y enciclopedias
diversas traducen las primeras palabras, bébeme, embriágame, bebe
por mí, y hasta tómame. Reproduzco las traducciones literales
de ambos poemas:
El original:
Bébeme sólo con los ojos
y yo daré en prenda los míos;
o deja un beso en la copa
y ya no aguardaré vino.
La copia:
Bebe a mi salud con tus ojos
y yo brindaré con los míos;
o deja un beso en la copa
y no pediré vino.
He leído la colección
norteamericana de The Harvard Classics en cuya página 291 aparece el
texto To Celia. Nadie se atrevería a negar que es la versión original.
Nadie, sin embargo, podría afirmar que lo es y que, en cambio, el verdadero
poema de Jonson es el que pronuncia el marciano creado por Ray Bradbury en su
libro Crónicas marcianas.
Contribuyen a esta última
sospecha dos argumentos, uno histórico y otro literario.
El histórico es la
vida misma de Jonson. Soldado en Flandes a órdenes de Maurice de Nassau,
regresa a Londres y renueva el drama y la poesía inglesas. Toma a su
cargo la compañía de lord Chamberlain en la que destacan dos actores
talentosos que darán lustre y sombra a su teatro. El primero de ellos
es William Shakespeare; el segundo, Gabriel Spencer, a quien Jonson da muerte
en un oscuro episodio. Dos veces irá a la cárcel: la primera,
a raíz de la muerte de Spencer; la segunda, por la polémica que
desata la pieza Rumbo al este, de Marston y Chapman. La cárcel y la luminosa
taberna Mermaid refrendarán su ingenio; Donne, Bacon, Corbet y Shakespeare
fueron sus amigos; los condes de Pembroke y Newcastle y la condesa de Bedford
serán sus mecenas. Su fama de poeta cunde y desde 1599 hasta 1620 sostiene
con brillo y maestría un reinado intachable. En 1613 inicia un periplo
que lo lleva a Francia y a Escocia. A su muerte es enterrado en la abadía
de Westminster. Su epitafio, "O Rare Ben Jonson", -¡Oh, peregrino
Ben Jonson!-, dice poco de sus virtudes; en cambio todo de su vida. Él,
que había puesto al desnudo las lacras de la sociedad inglesa con sus
sátiras y comedias, recibe ahora el sueldo del escarnio. La palabra "peregrino"
esconde en su doble sentido el taimado respeto al poeta trashumante y la frontal
valoración burlesca de su obra.
El segundo argumento es
de orden poético. Línea por línea, el poema de Jonson está
contaminado de dramático coloquialismo, de aquella prestante entelequia
intelectual que lleva el rótulo isabelino. Su lánguida factura
poética, no porque Jonson no fuera poeta de luces (algunos versos de
su poema a Shakespeare lo demuestran), sino porque su deliberada comisión,
prevista desde el título mismo, lo hacen un texto más próximo
a la escena que a la lírica, más cercano a la canción que
a la poesía. Eso habrían de descubrirlo Mozart y el rudimentario
hombre inglés, que siglo y medio después lo convirtió en
balada.
A Jonson, que suscribe un destino admirable de hombre de acción y poeta, que convoca tal admiración y odio, no parecen corresponder las líneas desvaídas y rosas de: yo daré en prenda los míos... / y ya no aguardaré vino... Traspasada por el filtro de la música y de los años, esa escena se niega a desaparecer. Aparece, de manera sorpresiva, en el futuro, en ese autor de nostalgias crónicas que es Bradbury, quien le devuelve un antiguo esplendor.
Bebe a mi salud con tus
ojos
y yo brindaré con los míos;
o deja un beso en la copa
y no pediré vino.
En él gana la eficacia
de ser directo, la de aclarar la acción del interlocutor, la de limar
las brumas retóricas del drama y la de pertenecer a un rasgo imperativo
del autor. No ha dejado de ser escena, pero está más cerca de
la poesía. Está más cerca del Jonson que la historia admira.
Quiero decir que el poema
ha encontrado por fin su autor, y ese hallazgo sólo pertenece al mito,
a la distracción o al amor. De los tres, sólo me pertenece el
amor por esos versos que llevo conmigo hace tanto. La distracción sólo
puede atribuirse a las gentes, a los innumerables e invisibles huéspedes
de ese poema que lo corrigieron de memoria con el curso del tiempo; el mito,
sabemos, no es de nadie, como la poesía o el atardecer. Cuando digo que
el poema ha encontrado por fin su verdadero autor, quiero decir que tú
y yo lo somos de una manera sigilosa.