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Ir a Contenido Agosto de 2004 - Año 1, No. 2-3 |
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SOBRE
UNA VIEJA PREGUNTA
Por Julio Cesar Londoño
Desde que Safo estaba chiquita
los autores de preceptiva están tratando de responder la pregunta ¿qué
es la poesía? El siguiente artículo vuelve sobre la esquiva cuestión.
En la primera página
de El arco y la lira, Octavio Paz recoge muchas de las definiciones que se han
intentado: todas válidas, ninguna suficiente. Recordemos las últimas
líneas de esa página ya famosa: "Voz del pueblo, lengua de
los elegidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular
y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita,
ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno. El poema
es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua
grandeza de toda obra humana!".
Más adelante, Paz
intenta una definición personal: "El poema es un caracol donde resuena
la música del mundo, y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos
de la armonía universal". Ezra Pound también tiene la suya:
"La poesía -dijo alguna vez ese fascista brillante- es lenguaje
con la carga más alta posible de significación". Paul Valéry
creía que la poética era una manera de nombrar que oscilaba entre
el sonido y el sentido. Carl Sandburg la definía como el diario de un
animal marino que vive en tierra y quiere volar a los cielos. El autor de Peter
Pan afirmó estaba convencido de que servía para jugar a escondidas
con los ángeles. Otro dijo que la poesía era una comunión
con el misterio. Otro, que la poesía era una manera de hacer visible
el lenguaje. Se refería al hecho de que cuando se dicen las cosas de
una manera directa, las palabras son tan trasparentes que se vuelven invisibles
y sólo captamos el sentido. Un ensayista, por ejemplo, puede escribir:
"Europa es pragmática y racionalista; América Latina, intuitiva
y mágica". Un poeta dirá: "Al norte está la razón
estudiando la lluvia, descifrando los truenos./ Al sur están los danzantes
engendrando la lluvia, al sur están los tambores inventando los truenos".
La definición del
duque de Rivas gozó de gran popularidad y fue durante muchos años
una suerte de axioma de la teoría literaria: "Poesía es hablar
claro, sentir hondo y pensar alto". A pesar de su contundencia, hoy no
aprobamos las condiciones del duque porque ya sabemos que el poeta no habla
claro. Y no lo hace por tres razones: por su afición a la metáfora,
porque ama el misterio y porque abomina del lenguaje trasparente.
A propósito de la
metáfora, hay que recordar que se trata de una figura hija de la pereza.
Me explico. Al principio, es decir, en algún momento del cuarto milenio
antes de Cristo, la escritura fue pictográfica y figurativa: para
escribir faraón se hacía un dibujo esquemático del faraón
en su trono, con su tiara y su cetro. El agua era una onda, el Sol un círculo,
la paloma una paloma. Era una escritura eficaz para nombrar sustantivos concretos
y registrar anales en un estilo lacónico y forzosamente elíptico;
ahí terminaba su poder.
Hacia el año 2500
a.C. la pereza, diosa del ingenio y la voluptuosidad, movió a los egipcios
a simplificar sus signos. El resultado fue una suerte de taquigrafía:
de la paloma sólo quedó una pata, del Sol un punto, del faraón
el cetro. Era una escritura jeroglífica o simbólica. Fue un salto
extraordinario porque con el símbolo nació la metáfora
(ya una cosa podía significar otra distinta) y el lenguaje se hizo elocuente
y poderoso. Ahora un egipcio podía escribir: "La muerte es la sombra
de la vida". (Inscripción tallada sobre el dintel del vano de la
cámara superior de la pirámide de Keops).
La metáfora le agregó
al lenguaje, pues, juego y potencia. Juego, porque en adelante hubo que descifrar
el sentido de los textos; y potencia porque ya hubo muchas maneras de nombrar
las cosas. Además, la metáfora resolvió un déficit
crucial: los idiomas eran sistemas deficitarios porque consistían en
conjuntos finitos de vocablos que debían nombrar un universo de ideas
y cosas infinitas. La metáfora resolvió el problema otorgándole
innumerables sentidos a un conjunto finito de vocablos.
De todas las definiciones
que conozco, la que más me simpatiza es una que escuché en 1982:
a finales de ese año un novelista suramericano dijo en Estocolmo: "La
poesía es la energía secreta que cuece los garbanzos en la cocina".
Me gusta porque encierra entre líneas una declaración de principios,
una poética, y porque trasciende el ámbito de lo meramente literario.
La definición de García Márquez nos recuerda que la poesía
es una manera de respirar el lenguaje, sí, pero también una manera
de sentir, una actitud ante la vida, como la filosofía. Que puede haber
poesía en casas donde no hay libros y en calles donde no hay poetas.
Que puede haber poesía en una rayuela, en un jingle, en la conversación
de dos hombres torvos o en los garabatos que traza esa luciérnaga. (Un
siglo antes Baudelaire y su pandilla nos habían enseñado que,
si éramos dignos de ella, podíamos encontrar poesía en
cualquier cosa, incluso en una carroña; que el poeta no tenía
por qué limitarse a los cánones clásicos de belleza y eufonía).
Muchos consideran que las
teorías literarias son inútiles. "Las respuestas pasan y
las preguntas quedan", repiten con sorna. Consideran que es mejor leer
poesía que ponerse a definirla. Es una falsa oposición. Lo uno
no tiene que excluir lo otro. Si no hay campos vedados para la literatura, ¿por
qué prohibirle que se vuelva y reflexione sobre sí misma? ¿Qué
mejor tema para un hombre de letras? Así no lleguemos nunca a la Respuesta,
las preguntas son estímulos valiosos para la creación. No hay
que olvidar que fue tratando de responderlas como hicieron algunos de sus mejores
libros Aristóteles, Horacio, Óscar Wilde, Paul Valéry,
Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges. Guardando las obvias proporciones, ese es
el espíritu que anima este artículo.