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Ir a Contenido Agosto de 2004 - Año 1, No. 2-3 |
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ALASKA
ESQUILMALES
EL DIFUNTO
La alegría me rebosa
cuando comienza a
lucir el día.
Cuando el enorme sol
sube al borde del cielo.
El resto del tiempo me llena
de angustia:
la actividad constante de los gusanos me aterra.
Penetran en el cuenco de la clavícula
y me devoran los ojos.
En mi angustia pienso:
¿Era, acaso, tan bella la vida en la tierra?
Recuerda el invierno
en que nos devoraban los cuidados:
zozobra por las suelas del calzado,
zozobra por el cuero de las botas.
¿Era, acaso, tan bella la vida en la tierra?
Aquí estoy, sumido
en inquietud y angustia:
¿pero no conocí siempre miseria y zozobra?
Incluso en el espléndido verano,
si la cacería era mala
y no había en casa
un trozo de piel para vestidos,
¿era, acaso, tan bella la vida?
Estoy aquí, preso
de angustia;
¿pero no estuve siempre en apuros
cuando acechaba entre los hielos
y cuando perdía la cabeza
porque no mordían los salmones?
¿Era, acaso, tan bella la vida en la tierra?
Cuando en el tumulto de
la Casa de las Fiestas
me bañaban, enrojeciendo de vergüenza,
y cuando el coro se burlaba de mí
porque en mi canto perdía el hilo,
¿era, acaso, tan bella la vida?
Dime: ¿era, acaso,
tan bella la vida en la tierra?
Aquí, la alegría me rebosa
cuando comienza a lucir el día
y cuando el inmenso sol
sube lentamente al horizonte;
pero el resto del tiempo me llena de angustia.
¡Cómo me aterra la incesante actividad de los gusanos!
Me roen hasta el cuenco
del hombro
y me devoran los ojos.