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Agosto de 2004 - Año 1, No. 2-3

 

LAS VOCES PRECEDENTES

Desde niños a nosotros que vivimos en lo que fueron sus tierras, en lo que fue su mundo, nos han contado cuántos eran, nos han dicho qué comían y cómo eran sus casas, qué atuendos llevaban, en qué regiones asentaron sus pueblos y de qué estaban hechas sus moradas, después de la profanación y saqueo de sus tumbas nos dijeron cómo enterraban a sus muertos. Comprendimos que lo material era para ellos valorado por su sentido simbólico: Enterraron a sus muertos con sus pertenencias, honraban al que moría y los que le sobrevivían no se disputaban sus bienes. Los clérigos católicos, los cronistas de indias, los historiadores y los antropólogos sólo olvidaron preguntarse qué sentían.
La poesía indígena de América ha tenido igual suerte que los otros rasgos de su cultura. El desprecio de los colonos por las lenguas y tradiciones aborígenes originado en una, hasta hoy presente, presunción de superioridad frente a los pueblos que simplemente son diferentes y tienen menores necesidades materiales para ser felices, dio lugar a la pérdida del mayor bien: La historia de sus sentimientos.
El afán de abolir lo que no se comprende y la desgraciada y arrogante necesidad de obligar al otro a ser, creer y pensar como el que ejerce el poder y la «verdad», produjeron el más atroz de todos los crímenes posibles: ignorar y destruir la poesía de los seres que habitaron América.
A pesar de la devastación, resplandecen entre los escombros y el olvido, los vestigios de una de las más singulares y elocuentes poéticas; oír estas voces es como tener en nuestras manos las últimas hojas de lo que fue una selva.
En esas voces precedentes está la verdad de nuestra tierra; desde Alaska hasta la Patagonia oímos el rumor de aquellos que alguna vez, mirando al cielo de la noche, dijeron: «Las estrellas son los ojos de los dioses».

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