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Ir a Contenido Agosto de 2004 - Año 1, No. 2-3 |
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EN
PLENA OSCURIDAD ALCÉ MI CASA
FABIO IBARRA
VALDIVIA
EL CAUDAL DE LA NOCHE
Pienso en alguien que cabalga
el árido paisaje de la noche.
Quizá vaya al encuentro
de su propia lucidez,
ese dolor inevitable,
para sentarse luego
junto al árbol de sus lágrimas.
En la mujer que ata
la sábana a su cuello
para dejarse caer
hasta el abismo blando
de su habitada soledad,
de su silencio más limpio,
como quien entra en el agua
con dulzura de enfermo.
En el hombre que ofrece
su corazón intacto
al peligro de un labio,
al filo de una lengua,
al amoroso aliento
que ha de entregarlo convertido en fruto seco.
Por entre la persiana,
el caudal de la noche
me ofrece su alegría de abalorios,
su risa desabrida.
La fiesta que esconde un
tropel de cascos y doncellas
o una lluvia de sangre y de perfume,
antes de que el alba me rescate
para el sosiego más dulce,
más liviano,
de mis propios dolores.
PARA INICIAR EL DÍA
Inevitable regresar de los
sueños
a la piel,
calzarse las pantuflas
y abandonar la bruma
con los primeros pasos
a la orilla del alba;
recoger luego el vestido de fatiga
olvidado
en un recodo de la noche
y entrar en él
y ajustarse de nuevo a su talle que oprime.
El día es una renovada
cicatriz
que serpentea en el pecho.
Por todas partes
fluye con rumores de grifos
y de voces ajenas.
También al otro lado
de los muros,
en cuartos que aún duermen,
corre su voz de afilado metal
y un poco sin querer arroja oscuras redes
mientras los hombres suben ciegos
por peldaños de luz.
Inevitable hundir los pasos
en las arenas del tiempo
que caen al vacío,
sin saber si este poema
sea mi último rastro.