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Febrero de 2005 - Año 2, No. 4

 

CARLOS PATIÑO

HOTEL AMÉN
Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango 2004

 

 

Autorretrato a los 40 años

Es un veneno el que me proporciona la visión: bella es la vida. Odio a primera vista con perros rabiosos que se quedan con pedazos de mis manos en sus manos. Domingos y hombres de prisa, con corbata, me fuerzan a cambiar de acera.

De regreso a casa, la puerta queda en otra parte. Soy, cada vez más, el padre y la madre de mi padre y mi madre. Ruinas del pasado, canciones regresan a ladrar de día. Tengo una coartada para cada sospecha y dulces palabras para cada amor muerto.

En la noche mía, temprano, late la luna.

 

 

¿Por qué existe algo en lugar de nada?

El corazón se ha detenido, la mente no. Me sostienes entre brazos. No te vayas, cuida de mí aunque haya muerto.

La mujer se levanta, se arregla la falda, no tardan en llegar los deudos. Miedo de enfrentar el adiós supremo; ¡acomódate la corbata!, ¡tantísimos meses sin verte!, ¡cómo ha crecido tu hijo!, ¡oh mi pobre pobre niño!

 

 

Esto quizás no parezca tan exacto

Aunque sé que nadie me aguarda, apuro el paso para llegar a casa. Volver a la calle, ir al encuentro de nadie. ¡Buenos días!; ni Juan ni José. El agua se derrama a mediodía. Un hombre, a mi lado, retiene a una mujer con zalamerías; basta la lluvia.

¡El trabajo debe estar listo mañana! ¡Luz roja, detén el paso! ¡Suena, de nuevo, el teléfono!

La vida que presencio, la tarde que bosteza en cualquier parque. Dios elige bien a sus hijos: un hombre, robado cuando niño, lee el periódico del día mientras yo fumo un cigarrillo. La inmensa historia personal y el reloj de la plaza que dice que es hora de ir a casa.


 

Así el sexo no tiene gracia

Eres el vestido que te esconde. Mis pocas primeras palabras caen todas al suelo. Tú y yo, nada todavía. Surgidas de lo oscuro, nuestras sombras van buscándose y aferrándose una a otra.

Ningún otro cielo, tu enorme cuerpo vacío se encarga de no dejarme ver la luz de la mañana.

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