|
|
|
||||
|
Ir a Contenido Febrero de 2005 - Año 2, No. 4 |
|||||
DEREK WALCOTT
Santa Lucía, Antillas,1930.
Premio Nobel de Literatura 1992. Poeta y dramaturgo de vasto reconocimiento
universal.
De 1959 a 1976, Walcott
dirigió el Taller de Teatro de Trinidad que puso en escena algunas de
sus obras. En 1981 viajó a Estados Unidos y se instaló en Boston
(Massachusetts), siendo catedrático de importantes Universidades.
Ha escrito más de
quince libros de poesía y treinta piezas de teatro. Su obra aborda experiencias
del pueblo caribeño y reflexiona sobre su herencia, esa rica mezcla de
culturas: africana, hindú, inglesa y holandesa.
Entre sus libros de poesía se destacan Otra vida (1973), Uvas de mar (1976), El reino de la manzana estrellada (1979), El viajero afortunado (1981), Verano (1984), El testamento de Arkansas (1987) y Omeros (1990). Su principal obra de teatro es Sueño en la montaña del mono (1970).
Las
Antillas: fragmentos
de una memoria épica
Discurso
leído al recibir el premio Nobel
Traducción de Robert Mintz
La Historia
es una olvidada noche de insomnio.
La Historia y el temor primigenio son siempre nuestro origen,
porque el destino de la poesía es
enamorarse del mundo, a pesar de la Historia.
Felicity es una aldea de
Trinidad fronteriza con Caroni Plain, la extensa llanura central donde aún
hoy se produce el azúcar, y a la que eran llevados, después de
la emancipación, cortadores de caña contratados a destajo. Su
pequeña población es originaria de la Indias Orientales, así
que aquella tarde en que unos amigos estadounidenses y yo la visitamos, todos
los rostros que veíamos por la calle eran hindúes, lo cual como
espero mostrar, fue bello y conmovedor, pues esa tarde sería representada
Ramleela, una escenificación épica de la epopeya hindú:
el Ramayana. Una vez disfrazados, los actores aldeanos se reunían en
un campo adornado con banderas de distintos colores, como si fuera una estación
de gasolina recién inaugurada. Además, los hermosos muchachos
hindúes, con sus vestidos de color rojo y negro, apuntaban sus flechas
a la luz de la tarde. Se podían ver los perfiles de los azules cerros
en el horizonte, la brillante hierba, las nubes que tomarían un tinte
encendido antes de que la luz huyera. ¡Felicity! ¡Qué dulce
nombre anglosajón para una memoria épica!
En los linderos del campo,
bajo un cobertizo había dos enormes bastidores de bambú semejantes
a inmensas jaulas. Eran partes del cuerpo de un dios, sus pantorrillas o muslos,
las que una vez armadas, compondrían una gigante efigie que sería
incinerada al término de la epopeya. Las estructuras de caña iluminaban
un previsible paralelo con el soneto de Shelley sobre la caída estatua
de Ozymandias y su memorable imperio, ese «colosal naufragio» en
el vacío desierto.
Unos tamborileros habían
encendido un fuego en el cobertizo, al que acercaban con cuidado los cueros
de sus instrumentos para templarlos. Las llamas de azafrán, la hierba
brillante y los bastidores trenzados a mano de aquel dios fragmentado que iba
a sacrificarse, no se hallaban en un desierto donde se hubiera derruido en definitiva
el poder de un imperio; formaban parte de una estación ceremonial siempre
viva, que como el festín de la quema de caña, se repetía
anualmente, puesto que el punto culminante de cada sacrificio es la repetición,
y la destrucción debe ser renovada por el fuego.
Penetraron al campo unas
deidades. Aquello que llamamos «música hindú» surgía
estrepitosamente de la plataforma abierta del cobertizo desde la cual sería
narrada la epopeya. Continuaron llegando los actores disfrazados. Príncipes
y dioses, supongo. ¡Qué desafortunada frase! Es una expresión
que encarna nuestras diásporas asiáticas y africanas. Había
pensado a menudo en Ramleela, pero nunca había podido verla; ni tampoco
este teatro a campo abierto, con muchachos aldeanos como guerreros, príncipes
y dioses. No tenía la más mínima idea acerca de esa historia
épica, ni de su héroe, ni de los enemigos con que luchó,
aunque hubiese recientemente adaptado La Odisea para el teatro en Inglaterra,
presumiendo que el auditorio conocía las aventuras que hubo de enfrentar
Ulises, el héroe de esa otra epopeya del Asia menor. Es de anotar que
en Trinidad, excepto yo, nadie sabía acerca de Rama, Kali, Shiva, Vishnú,
a no ser los hindúes empleo esta frase perversamente, porque esta
es la clase de comentarios que aún se pueden escuchar en Trinidad - :
«a no ser los hindúes».
Era como si en los límites
de la llanura central se encontrara otra planicie: una balsa a bordo de la que
sin fortuna, iba a representarse el Ramayana sobre aquel océano de cañas;
pero ese era mi punto de vista como escritor, y me equivocaba. Veía a
Ramleela, en Felicity, imaginándola una obra de teatro, pero era una
obra de fe.
Si multiplicamos el instante
en que cada actor está convencido de sí mismo, cuando maquillado
y con el disfraz puesto, inclina la cabeza antes de comenzar a andar por el
estrado, creyéndose algo real que sale a una escena ilusoria, entonces
comprenderíamos, creo, lo que pasaba con los actores de esta epopeya,
aunque no eran actores. Habían sido escogidos, o ellos mismos habían
elegido sus papeles dentro del relato que se representaría durante nueve
días con sus tardes, por dos horas, hasta ocultarse el sol. No eran actores
aficionados; eran creyentes. No existía término teatral para designarlos.
No habían tenido que prepararse para hacer sus papeles. Su actuación
sería probablemente tan ligera y natural como las flechas de bambú
que surcaban el pastizal de la tarde. Creían en lo que actuaban, en la
esencia sagrada del texto y en la validez de la India; yo, en cambio, por la
costumbre de escribir, buscaba allí un sentido de la elegía o
de la pérdida, e incluso una imitación degenerativa, tanto en
los rostros felices de los muchachos guerreros, como en los perfiles heráldicos
de los príncipes aldeanos. Estaba profanando la tarde con mi duda o con
mi admiración. No comprendía el suceso a causa de un eco visual
de la historia los cañaverales, los con tratos de servidumbre,
la evocación de ejércitos desaparecidos, los templos y los elefantes
barritantes cuando a mi alrededor todo se desarrollaba en sentido opuesto:
el público respondía con algarabía y deleite a los gritos
de los muchachos, a los puestos de golosinas, a la aparición creciente
de los personajes disfrazados. Un deleite derivado de la convicción,
no de la pérdida. El nombre Felicity tenía sentido.
Si reducimos Asia a estos
fragmentos, las pequeñas exclamaciones blancas de los minaretes o las
bolas de piedra de los templos entre los cañaverales; comprenderemos
entonces el autoescarnio y el desconcierto de aquellos que sólo ven parodias
en esos ritos, e incluso parodias degenerantes. Esos puristas miran dichas ceremonias
como los gramáticos a un dialecto, las ciudades a las provincias y los
imperios a las colonias. Memoria que añora unirse con el centro, miembro
que rememora el cuerpo del que ha sido separado, como los muslos del bambú
del dios. En otras palabras, la manera en que es visto aún el Caribe:
ilegítimo, desarraigado, mestizado. Para citar a Froude: «No hay
gente allí en el sentido auténtico de la palabra». No hay
personas. Existen
fragmentos y ecos de gente real; gente nada original y quebrada.
La representación
era como un dialecto, como una rama de su lenguaje originario o un compendio
del mismo, pero no era una deformación ni una reducción de su
escala épica. Allí, en Trinidad, yo había descubierto que
una de las grandes epopeyas del mundo era representada año tras año,
no con la desesperanzada resignación de preservar una cultura, sino con
una convicción sincera, tan constante como el viento que inclinaba las
lanzas de caña del Caroni Plain. Tuvimos que marcharnos antes de que
diera comienzo la obra, internándonos por los arroyos del Caroni Swamp
para sorprender a los ibis color escarlata que regresaban al anochecer.
Actuando tan naturalmente
como los actores de Ramleela, contemplábamos las bandadas que llegaban
con un brillo escarlata que era como el de los niños arqueros y el de
las rojas banderas y cubrían poco a poco un islote hasta convertirlo
en un árbol en flor: un inmortelle anclado. Nada significaba aquí
el suspiro de la Historia. Esas dos visiones, Ramleela y las bandadas en forma
de flecha de los ibis escarlatas, se fundían en un único grito
sofocado de gratitud. La maravilla visual es algo natural en el Caribe; acompaña
al paisaje, y, una vez enfrentado con su belleza, el suspiro de la Historia
de disuelve.
Damos demasiada significación
a ese largo aliento que subraya el pasado. Sentía el privilegio de haber
descubierto tanto a los ibis sagrados como a los arqueros escarlata de Felicity.
El suspiro de la Historia
se eleva sobre las ruinas, no sobre los paisajes, pero en las Antillas son contadas
las ruinas que arrancan el suspiro, salvo los trapiches en escombros y las fortalezas
abandonadas. Cuando miré alrededor lentamente, como lo podría
hacer una cámara, y capté los bajos montes azules que dominan
Puerto España, el camino de la aldea y sus casas, los arqueros, los diosesactores
y sus ayudantes, y la música registrada en la banda sonora; entonces
quise filmar una película que fuese un prolongado suspiro por Felicity.
Estaba impregnando la tarde con evocaciones de una India perdida. Pero ¿Por
qué «evocaciones», y no «celebraciones de una presencia
verdadera»? ¿Por qué la India había de estar «perdida»,
si ninguno de esos aldeanos la conocía realmente? ¿Por qué
no habría de ser «algo continuo»? ¿Por qué
no la perpetuación de la alegría en Felicity, como en los otros
nombres de la llanura central: Couva, Chaguanas, Charley Village? ¿Por
qué le impedía a mi placer abrir sus puertas de par en par? Yo
podía reclamar, como cada trinideño, los éxtasis que eran
suyos, porque el éxtasis era la altura del sinuoso tamboreo de los altavoces.
Tenía derecho a la fiesta de Husein, a los espejos y los templos de papel
crepé de la epopeya musulmana, a la danza del Dragón Chino, a
los ritos de la sinagoga de los judíos sefarditas, que una vez se localizaron
en alguna calle. Sólo soy una fracción muy reducida del escritor
que sería, de contener todos los lenguajes fragmentados de Trinidad.
Cuando un jarrón
se rompe, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que
aquel otro que no valoraba conscientemente su simetría intacta. La cola
que restaura las piezas es la autenticación de su forma original. Un
amor semejante es el que vuelve a reunir nuestros fragmentos asiáticos
y africanos, la rota reliquia que, una vez restaurada, devela blancas cicatrices.
Esta reunión de trozos es la pena y la nostalgia de las Antillas, y si
las piezas son desparejas, si no se ajustan bien, ellas contienen más
pesadumbre que su figura original; esos iconos y vasijas sagradas se revisten
de una realidad que renueva sus ancestrales lugares. El arte antillano es esta
restauración de nuestras historias hechas añicos, de nuestros
cascos de vocabulario, lo cual convierte a nuestro archipiélago en un
sinónimo de los pedazos separados del continente originario.
Y este es el procedimiento exacto para hacer poesía, o eso que debería
llamarse, no «hacer», sino rehacer la memoria fragmentada, la armadura
que encierra al dios, incluso el rito que lo entrega a la pira final; el dios
armado caña a caña, junco flexible tras junco flexible, cuerda
trenzada tras cuerda, tal como los artesanos de Felicity erguían su resonancia
divina.
La poesía es como
el sudor de la perfección, pero debe parecer tan fresca como las gotas
de la lluvia sobre la frente de una estatua; combina lo natural con lo marmóreo,
conjuga ambos tiempos: el pasado y el presente; el pasado es la estatua y el
presente el rocío o la lluvia sobre su frente. Existe el lenguaje amortajado
y el vocabulario individual: y el oficio de la poesía es excavación
y descubrimiento de uno mismo. En lo que corresponde al tono, la voz personal
es un dialecto; forma su propio acento, su propio vocabulario y su propia melodía,
desafiando el concepto imperial del lenguaje; el lenguaje de Ozymandias, de
las bibliotecas y los diccionarios, de las cortes de justicia y los críticos,
las iglesias, las universidades, el dogma político y la dicción
de las instituciones. La poesía es una isla que se separa del continente.
Los dialectos de mi archipiélago me parecen tan frescos como las gotas
de la lluvia sobre la frente de la estatua; no son sudor brotado del clásico
mármol adusto, sino condensación de un elemento refrescante, lluvia
y sal.
Privadas de su lenguaje
originario, las tribus capturadas y forzadas por contrato, crean su propio lenguaje
a través de la acreción y la secreción de un viejo vocabulario
épico originario de Asia y África, pero lo hacen con un ancestral
y extático ritmo en la sangre, una cadencia que no puede ser subyugada
por la esclavitud ni por la servidumbre. Así, se dan nombres nuevos a
algunos sustantivos y se aceptan los nombres convenidos de lugares como Felicity
Village o Choiseul. El lenguaje original se disuelve, exhausto por la distancia,
como la niebla que intenta cruzar el océano. Pero este proceso de renombrar,
de hallar nuevas metáforas, es el mismo con que el poeta tiene que valerse
cada mañana durante su trabajo diario, forjando sus propias herramientas
como Crusoe, reuniendo sustantivos por necesidad, dándose incluso a sí
mismo un nuevo nombre. El hombre despojado debe volver a esa elemental fuerza
que es su mente, y que se asombra a sí misma. Esta es la base de la experiencia
antillana, ese naufragio de fragmentos, esos ecos, esos eslabones de un inmenso
vocabulario tribal, esas costumbres parcialmente recordadas, que no han declinado,
sino por el contrario se han fortalecido. Sobrevivieron tanto al Middle Pasagge
como al Fatel Rozack, las naves que transportaron del puerto de Madrás
hacia los cañaverales de Felicity a los primeros indos contratados, al
encadenado convicto cromwelliano y al judío sefardita, al abarrotero
chino y al comerciante libanés que comerciaba muestras de tela en bicicleta.
Y he aquí a todos
ellos en una sola ciudad antillana, Puerto España; la suma de la historia,
la «no gente». Una céntrica Babel de avisos y calles, mestiza,
políglota, un fermento sin historia, como el cielo. Porque semejante
ciudad en el Nuevo Mundo es eso: el cielo de un escritor.
Y así cada mañana
como el primer día en casa, puedo esperar impaciente a que salga el sol
tras un sueño roto. La oscuridad es la de las cinco de la mañana,
y no tiene sentido abrir las cortinas. Entonces, con la irrupción de
la luz, es posible ver una estación de policía de muros color
crema y tejado pardo, rodeada por bajas palmas reales al estilo colonial y custodiada
por árboles espumosos y palmas más altas; también una paloma
que revolotea buscando esconderse en un alero y una manzana de departamentos
despintados por la lluvia que una vez fueron modernos, mientras la calle lateral
que da a la comisaría ignora el tráfico durante la mañana.
Todo es parte de una paz sorprendente. Esa quietud ocurre cada vez que visito
una ciudad que se ha profundizado en mí. No voy a hablar de las flores
y los cerros, mi afecto por ellos es obvio; es la arquitectura la que desorienta
en la primera mañana del regreso. De vuelta de las seducciones estadounidenses,
el viajero tiene con frecuencia la impresión de que algo se ha perdido,
de que algo trata de completarse, lo mismo que los manchados departamentos de
concreto. Si tomamos una vista panorámica por la izquierda a lo largo
de la ventana, las excrecencias se erizan una ciudad que intenta encumbrarse
y ser brutal, como la silueta de una población estadounidense, estampada
por el mismo molde, lo mismo que Columbus o Des Moines. Una afirmación
de poder; su decorado es blando, y su aire acondicionado obliga a todo su personal,
secretarias y funcionarios, a lucir chaquetas que compiten; la oficina más
fría es también la más importante; imitación de
un clima ajeno. Un ansia, una envidia de sentir frío.
En las ciudades serias,
cuando milita el invierno gris de cortas tardes, los días parecen transcurrir
con el abrigo abotonado hasta el cuello, cada edificio parece un cuartel con
las luces de sus ventanas encendidas, y cuando la nieve cae, sentimos la ilusión
de vivir una decimonónica novela rusa, porque la asemejamos a la literatura
del invierno. En forma opuesta quienes visitan el Caribe deben sentir que habitan
una sucesión de tarjetas postales. Ambos climas han sido modelados por
lo que hemos leído acerca de ellos. Para los turistas, la luz del sol
no puede ser seria. Igual que la literatura, el invierno añade profundidad
y oscuridad a la vida; y en el inacabable verano de los trópicos ni siquiera
la pobreza, o la poesía (en las Antillas la pobreza es la poesía
con «V» de une vie, condición de vida como de imaginación)
parece capaz de profundidad, porque la naturaleza circundante es tan exultante,
tan resueltamente extática como su música. Una cultura basada
en la alegría sólo puede ser superficial. Lamentablemente para
venderse, el Caribe fomenta los deleites de la estupidez, de la vacuidad brillante;
se promociona como un lugar ideal para aquellos que huyen del invierno y de
la seriedad que florece en una cultura de cuatro estaciones. Así, ¿cómo
podría existir gente allí, en el sentido real de la palabra?
Los caribeños nada
saben de las estaciones en que las hojas se desprenden, ni del desvanecimiento
de las agujas bajo la ventisca, ni de calles blanqueadas, ni de las ciudades
que se borran entre la niebla; tampoco de reflexiones frente a las chimeneas.
En cambio, habitan una geografía cuyo ritmo, lo mismo que su música,
se limita a dos acentos: caliente y húmedo, sol y lluvia, luz y sombra,
día y noche; se reducen a un compás incompleto, de ahí
que no sea gente apta para las sutilezas de la contradicción y la complejidad
imaginativa. Así sea. No podemos cambiar ese desdén.
Las nuestras no son ciudades
convencionales, pero nadie quiere que lo sean. Dictan sus singulares proporciones,
sus propias definiciones en lugares particulares y con una prosa equivalente
a la de sus detractores, de modo que ahora no sólo existe St. James,
sino también las calles y los patios que Naipaul conmemora, sus calles
cortas y brillantes como sus frases; no sólo existe el ruido y el empuje
de Tanapuna, sino también los orígenes de Beyond a Boundary de
C.L.R. James, así como la aldea de Felicity en el Caroni Plain, y el
Selvon Country. Igual sucede islas arriba: la antigua Dominica de Jean Rhys
sigue siendo la misma que ella describió; también la Martinica
del primer Césaire; y la Guadalupe de Perse, aún sin los cascos
de médula y sin los mulos. Qué delicioso privilegio fue ver cómo
una literatura una misma literatura en varios idiomas imperiales: francés,
inglés, español brotó y floreció isla tras
isla, en la alborada de una cultura, ni tímida ni derivativa, como los
duros y blancos pétalos del frangipani. Todo esto no es una presunción
beligerante, sino una simple celebración de lo inevitable, porque ese
florecimiento tenía que ocurrir.
Una calurosa tarde en Puerto
España, un callejón de resolana blanca, una enredadera rebasando
una tapia, palmeras y una montaña cubierta de niebla, aparecen al doblar
una esquina, evocando «esa umbría ciudad de Palmeras» de
Herbert, o Vaughan, o el recuerdo de un órgano Hammond en una capilla
de madera en Castries, donde los fieles cantaban Jerusalem the Golden. Es difícil
para mí asimilar esa vacuidad como algo desolado. Es esa paciencia la
que constituye la amplitud de la vida antillana, y el secreto consiste en no
esperar lo que no le es propio, en no reclamarle una ambición por la
que no se interesa. El viajero interpreta eso como letargo o torpeza.
No hay aquí suficientes
libros, se dice uno, ni teatros, ni museos, simplemente no hay nada que hacer.
Sin embargo, privado de los libros, un hombre sólo tiene la opción
de acudir al pensamiento; y si aprende a ordenarlo, de allí surgirá
el impulso para el apunte y, en una situación extrema, para la recitación:
poner en orden la memoria deriva en la métrica, en la conmemoración.
Quizá la privación no carezca de virtudes, pues no es virtud salvarse
de una cascada de alta mediocridad, debido a que los libros en general no son
creados, sino vueltos a hacer. Las ciudades crean una cultura, y todo lo que
tenemos son esas magnificadas poblaciones con mercado. Así, ¿cuáles
son las proporciones de la ciudad antillana ideal? Un campo circundante y accesible
con suburbios arborizados, y si la ciudad tiene suerte, detrás de ella
se extienden vastas llanuras. Detrás también hermosas montañas.
Y por delante un mar índigo. Cúpulas como alfileres en su centro,
y a la redonda parques frondosos y sombríos. Por su cielo cruzan las
palomas haciendo figuras alfabéticas que llevan consigo memorias y creencias
de augurios. Y en el centro de la ciudad caballos, sí, caballos, esos
animales vistos por última vez a finales del siglo XIX, tirando de coches
y carruajes atestados de ciudadanos con sombreros de copa. Caballos que viven
en el presente sin los ecos elegíacos de sus cascos, caballos que saldrían
ensillados en la madrugada de Queens Park Savannah, cuando la niebla desciende
de las frescas montañas que sobresalen por encima de los tejados. Y en
el centro de la ciudad una temporada de carreras, para que los ciudadanos rujan
en presencia de la velocidad y la gracia de esos animales decimonónicos.
Los diques de la ciudad no se verían oscurecidos por el humo ni ensordecidos
por demasiada maquinaria. Y sobre todo, la ciudad sería tan racialmente
múltiple, que las culturas del mundo la asiática, la mediterránea,
la europea y la africana - estarían representadas en ella y su variedad
humana resultaría tan excitante como el Dublín de Joyce. Sus ciudadanos
se casarían olvidando parentescos y diferencias raciales, eligiendo instintivamente
y no por tradición, hasta que sus hijos consideraran fútil remontarse
a sus genealogías. No tendría demasiadas avenidas difíciles
o peligrosas para los peatones. Su área comercial sería una cacofonía
de acentos, fragmentados del antiguo lenguaje que se silenciaría con
precisión a las cinco de la tarde, y sus muelles estarían desiertos
el domingo.
Eso es Puerto España
para mí: una ciudad ideal por sus proporciones comerciales y humanas,
donde un ciudadano es un paseante y no un peatón; es posible que Atenas
haya sido así, antes de convertirse en un eco de cultura.
Las más hermosas
siluetas de Puerto España son idealizaciones de obras artesanales, hechas
no de concreto y cristal, sino de ornamentación barroca. Y cada fantasía
se asemeja más a un complejo dibujo de sí misma, que al edificio
verdadero. Detrás de la ciudad está el Caroni Plain, con sus aldeas,
sus banderas de oración hindúes, y los puestos de vendedores de
frutas a lo largo de la avenida, sobre la que los ibis sagrados pasan como flotantes
banderas. ¡Pobreza fotogénica! ¡Tristeza de tarjeta postal!
No intento recrear el Edén; cuando digo «Las Antillas», me
refiero a la realidad de la luz, del trabajo, de la supervivencia. A una casa
en la orilla de un camino campestre, al mar Caribe, cuyo olor es el de una posibilidad
tanto refrescante como superviviente.
La supervivencia es el triunfo
de la obstinación; y la obstinación espiritual, estupidez sublime,
es lo que hace perdurar el oficio de escribir poesía, habiendo tantas
cosas que deberían volverla fútil. Todas esas cosas aunadas podrían
recibir un solo nombre colectivo: el mundo.
Esa es entonces la poesía
visible de las Antillas: la sobrevivencia.
Si alguien desea comprender
esa piedad consoladora atribuida a las islas, debe observar los matizados grabados
de los bosques antillanos, con sus palmeras, sus helechos y cascadas. Poseen
una decencia civilizadora como la de los jardines botánicos, como si
el cielo fuera un techo de vidrio, bajo el cual una vegetación colonizada
se organizara para brindar una apacible caminata o un paseo en carruaje. Esas
escenas son cinceladas con un pathos que guía la herramienta del grabador
y el lápiz del topógrafo, y ese phatos tiernamente irónico,
fue el que bautizó a las aldeas con nombres como Felicity. Un siglo entero
observó la vegetación furiosa de un paisaje, desde una perspectiva
inadecuada. Son estas imágenes las que provocan tristeza y no la zona
tropical misma. Esos delicados grabados de trapiches, puertos y mujeres nativas
con sus trajes típicos son vistos como parte de la historia mirada por
encima del hombro del grabador y, más tarde del fotógrafo. La
historia sabe retocar el ojo y la mano del artista para configurar una noción
de sí misma; sabe rebautizar los lugares para la nostalgia en un eco;
sabe atenuar la deslumbrante luz del trópico hasta convertirla en elegíaca
monotonía en prosa: el tono enjuiciador en Conrad o en los diarios de
viaje de Trollope.
Esos viajeros traían
consigo la infección de su propio malestar, y su prosa redujo el paisaje
a la melancolía y el desprecio de sí mismo. Llamaron imitación
todo intento arquitectónico y musical. Froude tenía la convicción
de que la historia estaba fundada en el éxito, y como la historia de
las Antillas aparecía como genéticamente corrompida, era algo
muy deprimente con sus ciclos de masacres, esclavitud y contratos de servidumbre.
Una cultura así resultaba entonces inconcebible y nada podría
crearse en aquellos puertos derruidos, en aquellos trapiches monótonamente
feudales. Pero no sólo la luz y la sal de las montañas antillanas
se resistían a eso, sino también el vigor demótico y la
variedad de sus habitantes. Si uno se para cerca de una cascada, dejará
de oír su rumor. Estar aún en el siglo XIX, junto con los caballos,
quizá no sea algo nefasto como escribió Brodsky, y una gran parte
de nuestra vida en el Caribe parece estar acordada aún al ritmo del siglo
pasado, como la novela antillana.
Incluso escritores tan renovadores
como Graham Greene ven el Caribe con un pathos elegíaco o una incesante
tristeza, para la cual Lévi Strauss aportó un epígrafe:
Tristes tropiques. Su tristeza deriva de una actitud frente al crepúsculo
antillano, la lluvia y la implacable vegetación, la ambición provinciana
de las ciudades antillanas, en las que brutales réplicas de la arquitectura
moderna reducen las casas y las calles. El estado de ánimo es comprensible,
la melancolía es tan contagiosa como la fiebre de una puesta de sol,
como las frondas doradas de los cocoteros enfermos; pero hay algo ajeno, equívoco
y aun malsano en el modo en que esa tristeza es descrita por los escritores
ingleses, franceses y algunos de nuestros propios narradores en el exilio. Eso
es explicable por un generalizado malentendido sobre la luz y la gente que la
recibe.
Esos escritores describen
las ambiciones de nuestras ciudades inacabadas, su inconclusa homilía;
pero es posible que las ciudades antillanas concluyan justo donde se dan por
satisfechas con su propia escala, así como la cultura caribeña
no se está desarrollando, está formada. Sus proporciones no deben
ser mensuradas por el viajero o el exiliado, sino por sus propios ciudadanos
y su arquitectura. Si alguien dice que todavía no formamos una ciudad
o una cultura, la respuesta sería: «esta ciudad no es la tuya,
esta cultura no es la tuya», y quizá de esta manera habría
menos Tristes tropiques.
Aquí, sobre la balsa
de este estrado, se oye el sonido de los rompientes que aplauden: nuestro paisaje
y nuestra historia son por fin «at last» reconocidos. At last es
uno de los primeros libros antillanos. Fue escrito por el viajero victoriano
Charles Kingsley. Es uno de los libros fundadores entre la literatura inglesa
del paisaje antillano y sus figuras. Nunca lo he leído, pero me han dicho
que su tono es benigno. El archipiélago antillano estaba allí,
para ser descrito y no para describirse a sí mismo, de mano de Trollope,
de Patrick Leigh Fermor, con el mismo tono con que yo casi narré el espectáculo
provinciano de Felicity, igual que un extranjero compasivo y seducido, distanciándome
de la aldea, aunque deleitándome con ella. Aquello que está oculto
no puede ser amado. El viajero no puede amar, pues amar es quietud, y el viaje
es movimiento. Si el viajero retorna a lo que amó de un paisaje, y si
se queda allí, no es ya un viajero: se encuentra en un estado de inmovilidad
y concentración, se ha convertido en un amante de esa parte específica
de la tierra, se ha convertido en un nativo. Muchas personas dicen «que
aman el Caribe», pensando regresar un día; desde luego, no para
vivir en él; un benigno insulto del viajero, del turista. Esos viajeros,
aun el más amable, eran devotos de su paisaje, de las islas que pasan
de perfil, de su lujuria vegetal, de su atraso y pobreza. La prosa victoriana
dignificó este territorio. Sus islas pasaban por delante bellamente perfiladas,
y luego se arrojaban al olvido, como se olvidan unas vacaciones.
Saint John Perse,
seudónimo de Alexis Saint Léger Léger, fue el primer
antillano que obtuvo este premio para la poesía. Nacido en la isla de
Guadalupe escribió en francés, y antes de él nunca hubo,
en cuanto al sentimiento, nada tan vívido y claro como esos poemas relacionados
con su infancia, evocando el privilegio de un niño blanco creciendo en
una plantación antillana: Para celebrar una infancia, Elogios y, más
tarde, Imágenes para Crusoe. Por fin, la primera brisa sobre la página
colmada de salitre y remozándose a sí misma como los vientos alisios,
ruido de hojas y palmeras que se leen, mientras «el aroma del café
asciende por la escalera».
El genio antillano está
condenado a contradecirse. Celebrar a Perse, podría alguien decirnos,
equivale a elogiar el antiguo sistema de las plantaciones, el bequé,
el jinete de los cultivos, las verandas y los criados mulatos, el blanco idioma
francés tocado con algo de médula; equivale a festejar una retórica
del aire protector y de la nobleza; y si bien Perse denigró de sus orígenes
grandes escritores incurren a menudo en el desatino de querer ocultar
su cuna -, nosotros no podemos renegar de él como tampoco de Aimé
Césaire y su ascendencia africana. Y no se trata de conveniencia; tal
es la irónica república de la poesía, ya que cuando veo
al ocaso moviendo las frondas de las palmas reales, pienso que están
recitando a Perse.
La privilegiada y fragante
poesía que Perse compuso para celebrar su blanca infancia y la grabación
de música hindú detrás de los jóvenes arqueros morenos
de Felicity, con las mismas palmas reales recortadas contra el cielo antillano,
me conmueven por igual. Siento el mismo profundo orgullo por los poemas que
por los rostros. ¿Por qué, refiriéndonos a la historia
de las Antillas, tendría que ser algo extraordinario? La historia del
mundo, con lo cual queremos decir desde luego Europa, es un registro de laceraciones
intertribales, de depuraciones étnicas. Al fin hallamos: ¡islas
que no son descritas, sino que se describen a sí mismas! Las palmas y
los alminares musulmanes son antillanos signos de exclamación. ¡Al
fin las palmas reales de la isla de Guadalupe recitan los Elogios de Perse de
memoria!
Más tarde, en Anábasis,
Perse ensambló fragmentos de una epopeya imaginaria, con puertas fronterizas
de ruidosos dientes, con áridos campos y espuma de lagos venenosos, con
jinetes de albornoz entre tempestades de arena. Lo opuesto de las frescas mañanas
antillanas, pero no necesariamente un contraste más intenso que el de
algún joven arquero de Felicity escuchando el sagrado texto difundido
por el campo sembrado de banderas, con sus batallas y elefantes y dioses monos.
No más fuerte que el del niño blanco en la isla de Guadalupe,
componiendo los fragmentos de su propia epopeya con lanzas de los cañaverales,
carretas y bueyes de las fincas y con la caligrafía de las hojas de bambú
procedente de los antiguos lenguajes: hindú, chino y árabe; esa
caligrafía escrita sobre el cielo antillano. De El Ramayana a Anábasis,
de la isla de Guadalupe a Trinidad, el camino está sembrado de un arqueología
de fragmentos procedentes de los desmembrados reinos africanos, de las grietas
de Cantón, Siria y el Líbano, y todos ellos vibran, no bajo tierra,
sino en nuestras roncas calles demóticas.
Un niño de vista
debilitada juega con una piedra lisa a través del agua plana de un estuario
en el mar Egeo, y esa ordinaria acción de un codo simulando una guadaña,
contiene líneas de la Ilíada y la Odisea. Otro niño apunta
una flecha de bambú durante una fiesta provinciana, y otro más
oye la marcha susurrante de las palmeras reales durante una alborada caribeña,
y con ese sonido, con los fragmentos de su mito tribal, la compacta expedición
del poema épico de Perse es puesta en escena, a siglos y archipiélagos
de distancia. Para el poeta siempre es de mañana en el mundo. La Historia
es una olvidada noche de insomnio. La Historia y el temor primigenio son siempre
nuestro origen, porque el destino de la poesía es enamorarse del mundo,
a pesar de la Historia.
Existe una fuerza de exaltación,
una celebración de la fortuna, cuando un escritor se descubre como testigo
de la alborada de una cultura en proceso de definirse, rama tras rama, hoja
tras hoja, en ese amanecer que también está definiéndose.
Por eso, a orillas de la mar es propicio ofrecer una ceremonia al orto solar.
Entonces el sustantivo «Las Antillas» se riza como el agua tocada
por la luz, y los sonidos de las hojas, las frondas de las palmas y los pájaros,
son rumores de un dialecto naciente; la lengua nativa. El vocabulario personal,
la melodía individual cuya métrica es la biografía de uno
mismo, se une con algo de suerte a dicho sonido, y el cuerpo se mueve como una
isla que se despierta y echa a andar.
Esta es la celebración
benéfica, el reciente lenguaje y el nuevo pueblo cuyo homenaje requiere
de nuestra ardua labor.
Estoy aquí en su
nombre y en el de su imagen, pero también en nombre del dialecto que
intercambiamos como las hojas de los árboles, cuyos nombres son más
flexibles, más verdes y agitados por la mañana que en inglés:
- laurier caselles, bois flot, bois canot o los valles
que los árboles nombran: - Fond St. Jacques, Mabonya, Forestiére,
Roseau, Mahaut o las playas desiertas: - LAnse Ivrogne, Case en
Bas, Paradis -, todas canciones o historias pronunciadas no en francés,
sino en patuá.
Se crecía oyendo dos lenguajes: uno era el de los árboles, el otro el de los colegiales recitando en inglés:
Soy rey de cuanto domina
mi vista,
un derecho que nadie me
disputa;
del centro a la periferia y hasta
la mar
soy el señor de las aves y las
bestias.
¡Oh soledad!, ¿dónde están los
encantos
que los sabios veían en tu
rostro?
Mejor vivir en medio del
desasosiego
que reinar en este horrible lugar
Mientras en el campo, con la misma métrica, pero al ritmo de instrumentos orgánicos, violín hecho a mano, chac chac y tambor de pelo de cabra, una muchacha de nombre Sensenne cantaba:
Si te dijera que eso me
causó
pena,
dirías: «Es cierto».
Esto no significa que la
Historia sea borrada por el amanecer. Ella está presente allí,
en la geografía antillana, en la vegetación misma. La mar gime
con los ahogados del Middle Passage, con la matanza de sus aborígenes:
caribes, arahuacos, y taínos; se desangra con el escarlata del immortelle.
Ni siquiera la acción de las olas que rompen sobre la arena puede borrar
la memoria africana. Y las lanzas de caña evocan por fuerza la verde
cárcel donde los antepasados de Felicity, siguen cumpliendo su condena.
Desde mi niñez he
leído el beneficio del esfuerzo, ese ha sido el origen de mi poesía.
La dura caoba de los rostros de los leñadores: hombres de resina. Los
carboneros. Un hombre que sostiene con el antebrazo su machete sobre el borde
herboso del camino, acompañado de su anónimo perro pardo y vestido
con la ropa adicional que se puso por la mañana, cuando hacía
frío después de levantarse en la oscuridad menguante para ir a
trabajar en su jardín en
los cerros en los cerros, porque su jardín está a varias
millas de su casa, pues es allí donde tiene su terreno - . He leído
a los pescadores y criados de librea, de pie sobre las camionetas que avanzan
monte arriba. Todos ellos fueron originariamente fragmentos de África,
pero ahora tallados, endurecidos y arraigados con rigor a la vida isleña,
son analfabetas de la misma manera que lo son las hojas; no leen, pero están
allí para ser leídos, y si son leídos apropiadamente, crean
su propia literatura.
No obstante en nuestros
folletos turísticos, el mar Caribe es una piscina azul en la cual la
república balancea el pie extendido de Florida, mientras oscilan islas
de caucho inflado, y flotan en una pequeña balsa hacia el mar bebidas
con sombrillas. Así es como las islas, apremiadas por la necesidad, se
venden. Esta es la erosión de temporada de su identidad, una repetición
intensa de imágenes de servicio que no permiten distinguir a una isla
de otra; con un futuro de puertos contaminados y tierras negociadas por ministros.
Y todo esto es dirigido al son de la música de Happy Hour y el rictus
de una sonrisa. ¿Qué es el paraíso terrenal para nuestros
visitantes? Dos semanas sin lluvia y un bronceado de caoba, y a la puesta del
sol trovadores locales con sombreros de palma y camisas floreadas interpretando
Yellow Bird o Banana Boat Song hasta la muerte. Existe un territorio más
extenso que eso más ancho que los límites que conforman
el mapa de una isla -, es la ilimitable mar y eso que evoca.
Todas las Antillas, cada
isla, son un esfuerzo de la memoria; cada mente, cada biografía racial
culmina en amnesia y niebla. Fragmentos de luz solar a través de la neblina
y repentinos arco iris, arcsenciel. Éste es el esfuerzo,
la labor de la imaginación antillana: reconstruir sus dioses, frase tras
frase, con bastidores de bambú.
Desde la subyugación
de los arahuacos hasta nuestros días, el exterminio se ha arraigado en
la historia antillana, y la ruina benigna que es el turismo ha infestado a todas
esas naciones isleñas, no de manera gradual, sino con imperceptible rapidez,
y cada peñasco ha sido blanqueado por el guano de hoteles de alas blancas,
por el arco y la invasión del progreso.
Antes de que todo desaparezca,
antes de que queden sólo algunos valles evocadores de la vida antigua
y el desarrollo convierta a cada artista en un antropólogo o un folclorista,
quedan aún lugares acariciables, pequeños valles que no hacen
eco a las ideas, que ofrecen la simplicidad de un nuevo comienzo, no corrompidos
todavía por los peligros del cambio. No son sitios nostálgicos,
sino santuarios cerrados, comunes y simples como la luz del sol. Lugares tan
amenazados por esta prosa como un montículo por la excavadora, o una
arboleda de almendros marítimos por el cordel del topógrafo, o
el laurel del monte por la neblina.
Una epifanía final:
una elemental iglesia de piedra en un tupido valle al otro lado de Soufri&eagravere.
Las colinas empujando las casas hacia un río pardo mientras la luz del
sol luce aceitosa sobre las hojas. Un lugar atrasado, sin importancia, que es
ahora contaminado por esta prosa hasta volverse significativo. No es la idea
sacralizar o investir de nada al lugar, ni a cada memoria. Niñas africanas
con sus vestidos domingueros bajan por los rústicos escalones de piedra
hacia el interior de la iglesia. Cuelgan relumbrantes hojas de plátano;
hay un camión estacionado en un patio y unas ancianas que se acercan
tambaleándose a la entrada. Es aquí donde debería pintarse
un fresco real, de poca importancia, pero de fe verdadera, sin un mapa, sin
historia.
¡Con qué rapidez
podría desaparecer todo! Hemos comenzado a internarnos ya en parajes
que deseamos sean impenetrables, verdes secretos al término de malos
caminos, montículos donde la próxima mirada no sea la de un hotel,
sino una larga playa sin figura y sin el signo de interrogación del humo
de un pescador en el otro extremo. El Caribe no es un idilio, no al menos para
sus nativos, que extraen orgánicamente de él su fuerza de trabajo,
como los árboles, como el almendro marítimo o el laurel picante
de los montes. Sus campesinos y pescadores no están allí para
ser amados, ni siquiera para ser fotografiados; son árboles que sudan
y cuya corteza está cubierta por una película de sal. Pero cada
día, en alguna isla, contrariamente árboles vestidos de traje
y corbata firman reducciones fiscales con los empresarios, envenenando de raíz
al almendro marítimo y al laurel de los montes. Podría llegar
una mañana en la cual los gobiernos se pregunten qué ocurrió,
no sólo con los bosques y bahías, sino con un pueblo entero.
Se presentan aquí,
ahora están de nuevo los rostros de ángeles corruptibles, de lisa
piel negra y ojos agrandados por una alegría inquietante, como aquellos
niños de Felicity durante la Ramleela: dos religiones distintas, dos
continentes diferentes, ampliando el corazón con el dolor que es alegría.
Pero ¿qué
es la alegría sin el miedo? El miedo al egoísmo, porque aquí
en este estrado, con el mundo atento a mí, no a ellos, quisiera preservar
invioladas esas simples alegrías, no porque sean inocentes, sino porque
son verdaderas. Tan verdaderas como el instante en que Perse, con la gracia
de sus dones, escuchó los fragmentos de su propia epopeya del Asia Menor
en el susurro de las palmeras reales, esa íntima Asia del alma por donde
transita la imaginación como si ella fuese algo opuesto a la memoria
colectiva de nuestra raza. Alegrías tan verdaderas como el deleite de
ese niñoguerrero que lanzaba flechas de bambú sobre las
banderas en el campo de Felicity. Y ahora son un regocijado agradecimiento y
un temor sagrado, como cuando un niño abrió su cuaderno y respetando
sus márgenes, creó estrofas que pudieran contener la luz de los
montes sobre una isla bendecida por la oscuridad, acariciando nuestra insignificancia.