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Febrero de 2005 - Año 2, No. 4

 

ENTREVISTA CON MEIRA DELMAR
Valerie Osorio Restrepo
Barranquilla, 1984.


Detrás de cada estilo hay una filosofía que lo sustenta. ¿Querría, entonces, comenzar hablando de su estilo, de su propuesta estética?

Desde siempre, desde que empecé a escribir siendo muy niña he tratado de ser muy clara. Huyo de las cosas que se prestan a varias interpretaciones, quiero que lo que digo sea lo que quiero decir. Huyo de las palabras de difícil interpretación, huyo de las medias tintas, siempre he querido ser muy definida, muy clara en lo que escribo. Ésa podría ser la línea estética que he seguido siempre. Hay otra cosa: trato de utilizar siempre el idioma con el respeto que se merece, quiero decir con eso que no me gusta llevar a la poesía sentires o expresiones reñidas con la pureza y la belleza del español. Creo que puede interpretarse lo que digo en el sentido de que las palabras, los hechos que puedan tildarse de mal vistos, las cosas que tienen que ver digamos con las pulsiones fisiológicas no son para llevarlas a la poesía. Creo que nombrar esas funciones puede pertenecer a otro tipo de escritura, pero no a la poesía. Esa ha sido mi norma siempre.

¿Será, entonces, por esas razones que a su poesía se la tiende a definir como clásica?

Tal vez, tal vez sí. Se me ha definido muchas veces también de romántica y yo creo que sí, que hay romanticismo en mi poesía, pero no que pertenezca a la escuela romántica porque en mi poesía no hay ciertas características de la escuela romántica, pero por el hecho del sentimiento sí se me puede clasificar de romántica. Clásica será en parte tal vez porque he utilizado las formas poéticas características.

Con respecto a la forma, vemos sonetos, vemos verso libre, vemos coplas, vemos casidas…

Sí, el primer soneto que escribí fue hace muchos años. Mi primera publicación fue en la revista Vanidades con un seudónimo porque no quería que mis compañeros de clase supieran que era yo. Volví y mandé los versos a Vanidades y me publicaron otra vez. En esa ocasión mandé un soneto…En mi libro Verdad del sueño hay varios sonetos. Creo, sin hacer uso de modestias que no es el caso, que son buenos, creo que son buenos los sonetos de alabanza. Yo tuve la amistad de Javier Arango Ferrer, que era un gran crítico, y yo le mostraba las cosas nuevas y él me hacía observaciones. Recuerdo mucho que yo le mostré Soneto del olvido, él lo leyó y me dijo «está bien, pero usted está usando allí palabras que no son de olvido, que son palabras de presencia, fuertes, ¿por qué no trata de cambiar estos tercetos?» y yo le decía, «Doctor Arango, usted sabe lo difícil que es escribir un soneto, ahora, corregir un soneto es todavía más difícil». Me decía «trate, trate» y le dije yo «si lo logro, se lo voy a dedicar». Y así fue. Recuerdo que los tercetos decían:

No supo el corazón su desventura
en tanto no quebró su golpe fiero
(refiriéndome al olvido)
su frágil ciudadela de ternura.

En tus manos está, príncipe austero
corta su última vena de dulzura
con el filo indecible de tu acero.

Así decían los versos y yo me propuse y los cambié así con estas palabras, mucho más acordes con el olvido:

No supo el corazón su desventura
en tanto no quebró tu golpe aleve
su frágil ciudadela de ternura.

En tus manos de niebla yace, breve.
corta su última vena de dulzura
con el filo indecible de tu nieve.

Mucho mejor como olvido. Y por eso está dedicado a Javier Arango Ferrer.

El verso libre es una de las formas que prefiero porque nos da una mayor libertad, no nos obliga a pensar en la rima ni en el acento, pero hay que tener en cuenta que el verso libre no es prosa como muchos dicen, que eso es prosa en renglones cortos, no, el verso libre tiene una musicalidad interior que lo distingue de inmediato de la prosa. Es la música interior que lleva el poema escrito en verso libre.

Romances también, tengo algunos romances en el metro clásico octosílabo; coplas tengo también: «Te quiero de tal manera/de tal manera te quiero/que no hay en el mundo entero/quien como yo quiero, quiera». De esas coplas hay una que me gusta mucho: «Olvidar es, ay de mí,/querer más al que se olvida/ yo me he pasado la vida/olvidándome de ti». Esa es una copla muy bonita.

Y las casidas, Meira, ¿por qué?…

Hay de las casidas definiciones diversas. Por un lado se dice que son un poema extenso; por otro lado se dice que son breves estrofas. Yo uso el nombre de casidas más que todo influida por lo árabe que hay en mí, que tú sabes que yo soy hija de inmigrantes. El otro día en Cali, que me invitaron a un recital con motivo de la feria del libro, yo terminé mi recital y me aplaudieron mucho e insistían en aplaudirme y dije una casida: «Sola,/ en el azul de la mañana vuela/ una garza./ Sabe Dios qué poeta distraído/ dejó que se le fuera/ una palabra». Terminé ahí. Y eso de la garza fue verdad, y esa garza podía ser la palabra que se le escapó al poeta, que se nos escapa a veces y busca uno la palabra y no la encuentra.

¿Cómo hacer, Meira, para encontrar la palabra justa?

Hay un poema que se llama «Palomas palabras» y digo que se van a veces las palabras y no vuelven y se espera en vano esa palabra. Las palabras se van.

¿Y el silencio? ¿Cómo se ve el silencio en la poesía?

Como en la música. El silencio en la música es importantísimo. Yo estudié música muchos años, llegué a tocar bastante. Recuerdo que el profesor decía «¡que se oiga el silencio!» Parece una paradoja. En la poesía, a veces queda una frase en la que uno dice que qué seguiría, pero no sigue nada. Es un silencio al que el lector debería llegar por su propio oído.

¿Cuál sería, entonces, el lector ideal de la poesía de Meira Delmar?

Tiene que ser muy sensible. Hay muchas personas que no la tienen y no pueden entender las cosas que yo digo o que sugiero a veces. Es lo único que yo requiero de los lectores: sensibilidad, porque mi poesía es clara, no está envuelta en brumas, sombras, no, es una poesía que la puede leer un niño y entenderla. Así que lo único que requiero es eso, la sensibilidad. A mí un señor me decía «explíqueme porque yo no entiendo qué dijo», pero era un señor sin sensibilidad ninguna y yo sabía que no podía entender.

¿El poeta nace o se hace?

El poeta nace. Yo soy adicta a los refranes y ése que dice «el poeta nace, no se hace» es una verdad como una catedral y te cuento por qué: me preguntan «¿en su familia hay antecedentes?» que yo sepa, no. Había en mi casa, sí, un ambiente de lectura, papá era un gran lector, yo lo recuerdo de noche bajo la luz y él sentado hasta largas horas leyendo. Mamá también amaba la poesía. Fue ella quien me enseñó a conocer a Kalil Gibrán, el gran poeta libanés.

Cuando, muy niña, empecé a escribir, yo no conocía absolutamente nada de preceptivas literarias, yo no sabía lo que era una rima, cómo se contaban las sílabas, lo que era la sinalefa, la rima consonante. Y de pronto escribí un poemita que se llamaba «Romance del olvido» y después me sorprendí porque yo sin saber lo que era un romance había escrito uno. Los primeros versos que mandé fue, como te digo, a Vanidades. Pasó el tiempo y por presiones de unos amigos intelectuales mayores que yo, publiqué mi primer libro en el 42, tenía 20 años, entonces se lo mandé a Juana de Ibarborou, no me acuerdo cómo conseguí la dirección de ella en Montevideo, pero le mandé y me mandó unas cartas que conservo, muy bellas, y en una me decía: «pocas veces se inicia un poeta con versos de la calidad de los tuyos».

Después, por supuesto, viene el deseo de ser cada día mejor, la intención de despojar en lo posible al verso de demasiados adornos, ese deseo de ser directo, pero lo primero nace con uno, yo estoy segura de eso. Yo no he tenido mayores estudios, yo soy únicamente una persona que ha leído y que se ha sentido atraída por la poesía como por todas las artes, pero yo no tengo una estructura, digamos, de estudio de la que me pudiera vanagloriar.

Me preguntan ¿qué es para usted la poesía? y yo creo que la poesía es lo que me ha salvado a mí. ¿Qué sería de mi vida sin la poesía? No me casé porque cuando sentí el amor verdadero no se pudo realizar, lo cual no me dejó amargura sino una gran nostalgia que está palpable en mi poesía. Pero ¿qué sería sin la poesía?, la poesía es mi compañía, es mi todo, entonces la poesía, ¿qué es para mí la poesía?, mi propia vida.

Entonces, ¿cómo se enfrenta el poeta ante temas como el tiempo, la memoria, el olvido, la ausencia, tan presentes en su poesía?

Como cualquier persona, el poeta no es sino una persona más. Lo que a mí me haría sufrir en el caso del olvido, eso te haría sufrir a ti también, no tenemos diferencia. Al poeta lo único que lo diferencia de los demás es la sensibilidad aguda, que es lo que puede diferenciarlo un poco de las demás personas.

Voy un día por la calle y veo un par de señores, hablaban en árabe y el señor, ya anciano, le dice al otro: «tenga paciencia, así es la vida…». Me di cuenta que lo estaba consolando. Y cuando llegué a donde iba me preguntaron «¿qué tienes, qué te pasó?» porque yo iba llorando más que los señores que estaban ahí.

Un día hubo un conversatorio en Comfamiliar y me invitaron a hablar. Entonces un señor me dijo: en su poesía se ve un amor que no pudo ser, un amor secreto, por qué no nos habla. Y le digo, usted mismo dice que es un amor secreto y si yo hablo deja de ser secreto y perdería su encanto. Entonces después dijo otro: Meira, pero mejor que haya sido así, porque de esa manera es que tenemos esa poesía tan hermosa que tú escribes. Y yo le dije: pero a mí no me hubiera molestado, para nada, que se hubiera realizado.

Meira, mencionado ya lo árabe, ¿cuál es su relación, o la de su poesía, con el sufismo?

María Mercedes Jaramillo, con Betty Osorio y Ariel Castillo, encuentran que hay en mi poesía relación con el sufismo. Para mí fue un descubrimiento de ella, porque como me decía García Márquez alguna vez, los críticos siempre encuentran algo de lo que uno no se había dado cuenta. La verdad es que yo he leído poca poesía árabe, sufismo, que es la mística del Islam, pero tienen grandes poetas que tienen el misticismo que es lo que se llama sufismo. Yo soy cristiana católica y mi familia también. Los místicos españoles, esto ha sido dicho por grandes estudiosos, Sor Juana, Santa Teresa, fueron muy influidos por el sufismo musulmán, que durante siete siglos gobernaban España, hasta el siglo XV, precisamente cuando el descubrimiento de América, pero estuvieron siete siglos dejando huellas imborrables como es por ejemplo el aporte de las palabras al idioma, infinitas palabras del árabe que conforman el idioma; la arquitectura, la poesía. Entonces, el sufismo influyó notoriamente en la mística española. Entre otras cosas, María Mercedes Jaramillo habla de cómo el sufismo ve a Dios en todas las cosas y que en mi poesía ella nota eso también y yo lo acepto, pero ha sido inconsciente de todas maneras. Si hay en mí algunas características sufíes no ha sido a propósito, sino, no sé si por caminos milenarios de la sangre. En todo caso, eso dice María Mercedes.

Meira, de pronto ese retornar a la naturaleza, ese retornar al pasado, ese retornar a instantes, no haría de

pronto que haya, consciente o inconscientemente, cierto pensamiento mítico dentro de la poesía?
Pues puede ser… Yo amo la naturaleza intensamente, yo me detengo ante un árbol, ante una flor, una estrella, la primera de la tarde. Es decir, yo estoy muy imbuida por la fascinación de la naturaleza.

¿Qué no se ha dicho aún de su poesía?

No se ha dicho nada pero se ha insinuado todo. Porque, por ejemplo, en mi poesía el protagonista es el amor y mi poesía toda es de amor. No, no falta nada.

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