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Ir a Contenido Febrero de 2005 - Año 2, No. 4 |
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INTERACCIONES
Y PROYECCIONES DE LA FILOSOFÍA Y DE LA POESÍA
Por Agustin
Basave Fernández del Valle
Tomado de ¿Qué es la poesía?
Fondo de Cultura Económica, Mexico, 2002
YO NO CREO QUE EL POETA se defina por su conformidad con la perpetua novedad
del mundo, ni que el filósofo se caracterice por su conformidad con la
perpetua antigüedad. Los mismos pensadores que podrían sustentar
esta tesis tendrían que empezar por ver la perpetua novedad para poder
descubrir la perpetua antigüedad del mundo. Lo que sí suscribiría
es que la filosofía y la poesía cumplen una función humana
igualmente liberadora: la sospecha de que el universo no se limita a ser lo
que es. No hay por qué oponer aunque las hayan opuesto
la filosofía a la poesía, porque en rigor no estamos ante actitudes
antitéticas, sino complementarias y convergentes. Filosofía y
poesía son dos actitudes legítimas, sin tener que condenar la
filosofía a la poesía o la poesía a la filosofía.
Hay poetas que han sido
filósofos, y filósofos que han sido poetas. Ciertamente el filósofo,
cuando recurre a la poesía, trata de corroborar su sistema. Tal es el
caso de Heidegger con Hölderlin y Rilke. La filosofía tiene una
historia, pero el filósofo, cuando no es un simple epígono de
alguna escuela, empieza él mismo a edificar su construcción filosófica.
El poeta sólo requiere conocer algo de preceptiva literaria y algo de
lo que ha sido la poesía en algunos poetas al menos para
lanzarse con su novedosa visión metafísicoemotiva. Si el
poeta no sabe o no conoce el lenguaje rítmico, selecto y cautivante de
lo significativoemotivo, nunca va a ser poeta. Pero no basta este conocimiento;
tiene que haber, además, una forma bella y metafórica en que vierta
su metafísica del sentimiento. Pero un sentimiento en plenitud significativa
existencial. En Más allá del bien y del mal, Nietzsche asevera:
«El filósofo
es un hombre que experimenta, va, oye, sospecha, espera y sueña constantemente
cosas extraordinarias, que se siente impresionado por sus propios pensamientos,
como si éstos viniesen de afuera, de arriba a abajo, a modo de
rayos que él solo puede sufrir, porque quizá él mismo es
una tempestad, siempre preñada de nuevos rayos; un hombre fatal, alrededor
de quien rueda, ruge, estalla siempre algo inquietante
un ser, ¡ay!,
que muchas veces tiene miedo de sí mismo».
Platón se vale de
Sócrates y le hace decir: «La querella entre la poesía y
la filosofía es vieja». En su obra La República están
formuladas las acusaciones contra los poetas. Según este texto, no es
Sócrates quien inicia la querella. Personalmente, el poeta le inspira
a Sócrates respeto y le merece cariño. Pero la poesía homérica
no es digna de estimarse más que la verdad. De ahí que se entable
una lucha «más grande de lo que pudiera creerse». El joven
que despierta a la verdad y a la bondad ya no puede dejarse tentar ni siquiera
por la poesía. Por eso asevera que no hay que permitir que vengan a distraernos
ni la gloria ni la riqueza, ninguna dignidad, ni la poesía misma. Pero
cabe preguntarnos: ¿realmente los poetas pretenden distraernos? El hombre
que tiene una sólida base filosófica no se va a distraer con la
poesía, con la gloria, con la riqueza o con alguna dignidad. Su compromiso
está con la verdad y a la verdad se abraza. Por otra parte el poeta tiene
la intención de crear, en el mundo ideal de las bellas artes, un lenguaje
rítmico, selecto y cautivante de lo significativo-emotivo, vertido en
forma bella y metafórica, en plenitud significativaexistencial.
No lo anima ninguna intención de ocultar la verdad. Ante Sócrates,
Heráclito había afirmado que Homero hubiera merecido ser expulsado
de la asamblea y apaleado. ¡Que tremenda animadversión! El más
grande creador de la poesía épica entre los griegos resultaría
ser expulsado de las asambleas y apaleado por los ciudadanos. Heráclito
nunca se atrevió a llamar ignorante a Homero a pesar de ser un sabio,
pero sí lo dijo Hesíodo. Su reproche es simplificador e injustificado:
«Creen que sabía todo lo que podía saberse de las cosas,
él, que no conocía el día y la noche
»También
Jenófanes nos dice y en esto tiene razón que Homero
y Hesíodo han atribuido a los dioses todo lo que entre los hombres sería
objeto de oprobio y de vergüenza: robos, adulterios, engaños: «impíos
ignorantes que pretenden pasar por sabios!» He ahí, en estos presocráticos,
la raíz de los cargos que posteriormente harán los filósofos
griegos a los poetas. En La República, Platón atribuye a Sócrates
la necesidad de expulsar de la ciudad a los poetas ¿Por qué? Porque
son un peligro para la República. Cuanto más poéticos menos
verdaderos. Los poetas son forjadores de fantasmas que alejan a los hombres
de la contemplación de las esencias, de la verdad. Y prosiguen los reproches
injustificables; hablan de todo sin entender de ciencias ni de guerras; nada
de lo que dicen resulta útil a los hombres. Los poetas imitativos se
entretienen en juegos ociosos, superfluos e inútiles. Se trata de evitar
que se eduque a la juventud en la mentira fuente de injusticia -, en
las quejas fáciles y las lamentaciones. En otras palabras, no son veraces,
no resultan saludables para la República. Fomentan pasiones nocivas que
debilitan la razón a los gobernantes. ¡Qué demuestren en
prosa los poetas que sostengan lo contrario! ¿Qué utilidad presenta
la poesía a la vida humana? Más vale apartarse de esas pasiones
del amor que tienen funestas consecuencias. La pasión de la poesía
encantó la infancia de Platón y, si le creemos a él, también
la de Sócrates,pero tuvieron que prevenirse para llegar a ser hombres
libres en el ejercicio de la virtud. Los que temen a la muerte están
perdidos como hombres libres. En este sentido la poesía es una aliada
de la esclavitud.
El poeta Aristófanes
acusa en su libro Las nubes injustamente por cierto al filósofo
Sócrates. Los filósofos, para Aristófanes, son como las
nubes, creadores de fantasmas: copos de centauros, toros, siervos, mujeres,
lobos, leopardos, lana. Confundiendo a Sócrates con un sofista, asevera
que hablan de todo sin creer en nada y sin entender verdaderamente nada. En
otras palabras, las argumentaciones filosóficas son un fraude que han
causado la decadencia de Atenas, con sus «vaciedades sublimes».
En Las nubes les llama charlatanes pálidos y descalzos. Los dioses de
los filósofos son el caos, las nubes y la lengua. Los filósofos
son grandes navegadores de los dioses; consiguientemente, corrompen a la juventud.
No vamos a seguir la polémica tan estéril y tan carente
de razón que se entabla entre Aristófanes y Sócrates,
quien respondió a esos que «a título de poetas se creían
los más sabios en muchas otras materias, si bien nada entendían».
¿Será que algunos poetas quisieran ser, además de poetas,
filósofos? ¿Habrá una envidia mutua? El desacuerdo puede
provenir de esa exigencia rigurosa de justificación de cada palabra pronunciada
por el filósofo. Mientras que para el filósofo el mundo es, además
de existencia de facto, un mundo a justificar, el poeta no requiere apoyar sus
palabras y su mundo poético. Se complace en su obra y la encuentra bella
y acaso buena. Vicente Fatone advierte:
«Pero también
el poeta puede sentir la necesidad de justificar su obra, aunque sea una sola
vez. El filósofo quisiera ser poeta, por el cansancio de la justificación,
tarea mucho más ardua de lo que suele creerse. ¡Quién pudiera
crear como crean los poetas! ¡Quién pudiera crear un mundo único
que se basta a sí mismo, sostenido en la nada y no en esa infinita y
vertiginosa serie de ergos! Pero el poeta quisiera ser filósofo porque
presiente que esa justificación encierra el secreto de otra forma de
creación, más firme, más fiel, a la que él ha permanecido
ajeno y que le está como vedada. ¡Quién pudiera ser filósofo
y crear un mundo, un único mundo de una vez y para siempre! El poeta
está condenado a la insatisfacción, aun cuando su mundo le parezca,
como le pareció el suyo a Dios, bueno. A diferencia de Dios, y también
a diferencia del filósofo, el poeta ha de seguir creando otros mundos,
aun cuando se complazca en el que acaba de crear. Un poema; otro poema; otro
poema
y así, por los años de los años. ¡Feliz
el filósofo que puede conformarse con una sola creación!»1
Este brillante contraste, que tiene mucho de cierto, nos lleva a concluir que
nada de lo humano es perfecto. Sólo Dios es perfecto. Creación
poética y creación filosófica crean mundos diversos y satisfacciones
diversas. Se trata de misiones complementarias, no antitéticas. Los filósofos
admiramos muchas intuiciones poéticas con cierto contenido filosófico.
A su vez, los poetas cultos saben que los últimos y más significativos
problemas de la vida humana están en la filosofía.
Yo no creo que lo sagrado
se entregue siempre, con la palabra, a la inocencia del poeta, sino a la del
santo. Es posible que la visión poética de la realidad tenga mucho
de infancia recuperada. Pero no es pura infancia recuperada. Hölderlin
cantaba a los poetas con cierto tono estetizante: «Solo nosotros somos
inocentes, como niños» ¿Inocentes los poetas? Mientras se
recrean en su mundo estético, así lo parece. Pero el artista,
antes que artista es hombre. Y como hombre tiene siempre que justificarse. Se
trata de una dimensión ética insoslayable. Poeta y filósofo
se reintegran en la unidad original de que procede. Después vendrán
las diferencias; puede haber poesías infantiles pero nunca he encontrado
una filosofía infantil. Hay ciertas tendencias originarias en nuestro
ser que nos lleva naturalmente a ser filósofos y a ser poetas. Nadie
puede decir la última palabra.
La poesía conduce al mundo de la belleza rítmica, emotiva, selecta,
cautivante. Pero no tematiza el último fin del hombre ni puede presentarse
como camino directo a la salvación. La filosofía, en cambio, es
propedéutica de salvación. Filosofamos, cuando filosofamos bien,
para fincarnos en nuestro ser y valernos del saber filosófico como preparación
para la salvación. Me resulta grotesco que el crítico francés
Janet se cuestionara: «¿Yo no sé si la filosofía
no es una enfermedad del espíritu?» ¿A qué clase
de filosofía se refería? ¿Qué daño puede
haber en las altas especulaciones filosóficas de un San Agustín
o de un santo Tomás de Aquino? Con su sentimentalismo exacerbado, con
su irracionalismo desafiante, Jean Jacques Rousseau llegó a decir:
«El hombre que medita es un animal depravado». El idílico
cantor de la naturaleza pensaba que meditar es descender por debajo del nivel
de los animales. Los animales sanos no piensan. Ese juego del pensamiento que
se eleva a las formas más puras y altas del espíritu resulta ahora
vituperado.
Con su característica
ceguera hacia los magnos problemas filosóficos, metafísicos y
epistemológicos, los positivistas a ultranza consideran que la filosofía
y la poesía son enfermedades del lenguaje. Pero lo cierto es que ningún
lenguaje puede surgir si no es porque en el hombre hay una naturaleza filosófica
y poética. En filosofía se da un lenguaje conceptual riguroso,
neutro y en cierta medida impersonal: no hay interjecciones verdaderamente expresivas,
ni verbos imperativos. En filosofía se da una cierta ascética
del lenguaje, una lucha contra el lenguaje defectuoso; se trata de juicios,
de fundamentos de realidad de lo que es. Cada filósofo acepta o rechaza
filosofemas, justificando su aceptación o su rechazo. El lenguaje poético
resuena con voz propia, como «manera de decir», en labios humanos.
Voz danzante que se comunica con un todo cerrado. Variemos una sílaba,
una letra, una transposición, un acento y habremos acabado con ese pequeño
mundo de palabras que constituye el poema. La palabra no le está agregada
ni al filósofo ni al poeta. Hablan constitucionalmente porque son palabra.
Y las palabras imparten nombre a las cosas, desocultan sentidos. Los románticos
alemanes atribuyeron a la poesía la posición original de la palabra.
Hölderlin advierte que el hombre habita la tierra poéticamente.
El animal dialogante es un depositario de la palabra. Poetizar es la más
inocente de todas las tareas y el más peligroso de los bienes. Con la
palabra testimoniamos lo que somos, fundamos nuestra realidad misma de seres
humanos, y puesto que el poeta es quien en el «primer origen» llamó
a las cosas, es sabio, Sophós. Esta afirmación heideggeriana nos
parece evidentemente hiperbólica. Llamar originalmente a las cosas, bautizándolas,
por así decirlo, no es todavía, ni mucho menos, filosofía
o sabiduría humana.
El filósofo es un
enamorado de la sabiduría. Desea poseer para siempre la sabiduría.
Siempre aspira a ella y la consigue en mayor o menor grado. Los griegos pensaban
que la locura, la manía (maniké) era superior a la cordura (sophrosine),
pero ¿de qué locura se trataba? Una especie de locura divina transmisora
de revelaciones se da en ese delirio poético que las Musas inspiran.
Pero también hay un cierto delirio filosófico que apunta Sócrates.
El filósofo aspira a contemplar el mundo de las esencias, ese mundo que
ningún poeta ha cantado aún ni cantará nunca dignamente.
Al hablar de la verdad, para Sócrates, hay que tener el coraje de proclamarla.
Y la esencia no es apta para la aprehensión poética porque carece
de color, de forma. Sólo la mente contempla inmediatamente las esencias.
El amoroso uso de la sabiduría está más allá del
delirio poético. Los poetas no cantan en el mundo de las esencias, pero
también es cierto que los poetas aman la belleza, y por la belleza pueden
llegar a Dios. El amor sostiene el universo poético y el amor sostiene
el universo filosófico que anhela poseer el bien para siempre. Tanto
el poeta como el filósofo están poseídos por el amor. El
filósofo es un enamorado de la sabiduría; el poeta ama la expresión
verbal, rítmica, bella, selecta, cautivante en donde fulguran chispazos
de emotividad metafísica. Ambos amores, de alguna manera, sostienen el
universo porque participan de Dios, que es amor. No creo que la filosofía
pueda transfigurarse totalmente en poesía, ni que la poesía se
transfigure en filosofía. Puede haber, y de hecho la hay actualmente,
una poesía de cierto contenido filosófico y una filosofía
como la de San Buenaventura en El itinerario de la mente hacia Dios, en que
resplandezca el poético amor de Dios en las huellas y en las semejanzas
que vamos descubriendo.
Poeta y filósofo son originales en diversos sentidos. El poeta busca la originalidad porque su viven cia poética así lo demanda. Se trata de una vivencia única, incanjeable, intransferible que requiere de la metáfora, que huye del lenguaje tópico y desgastado. El filósofo no anda en pos de la originalidad, porque su compromiso no está con la originalidad sino con la verdad. En el filósofo hay originalidad y después sobreviene, por añadidura, la originalidad que no buscó expresamente. «La actitud filosófica y la actitud poética son igualmente legítimas, sin que la una implique la condena de la otra, aun cuando desde los comienzos de las antiguas querellas hayan pretendido condenarse mutuamente, acaso para disimular afirma Vicente Fatone su mutua envidia».2 Yo no creo que existan envidias disimuladas y recíprocas en todos los hombres y filósofos. Si acaso puede hablarse de envidia de la buena si es que pudiera existir entre los hombres de bien que son filósofos o poetas. Cada quien reconoce sus límites. El filósofo sabe lo digo por experiencia personal que para ser poeta necesitaría olvidarse un tanto de la filosofía para vivir la experiencia original y temporal del trance poético. Por su parte, el poeta sabe que no busca explicaciones rigurosas, profundas, luminosas, que en alguna manera disipen la oscuridad del universo de la mismidad personal y de Dios. El filósofo contempla la realidad y la habencia sub specie aeternitatis. El poeta, en cambio, contempla lo que se origina en la realidad y en la totalidad de cuanto hay sub novitatis. Los filósofos quisiéramos encontrar un filosofema clave de la totalidad de cuanto hay en el ámbito finito y del fundamento de esa totalidad. Raro es el poeta, si es que hay alguno, que pueda descansar en su poema «último», porque siempre busca multiplicar sus ritmos, rimas, imágenes, tropos. Detrás de la multiplicidad de los entes, el filósofo busca afanosamente la unidad, los principios dominadores. Dar a las cosas cotidianas el encanto de la novedad es función de la poesía, como lo han apuntado coincidentemente Wordsworth y Coleridge. Los objetos que vemos familiares dejan de serlo, de repente, ante un hombre que los ve con mirada poética. Este mundo que vemos filosófica o poéticamente no es tan sólo un hecho oscuro, ajeno al sentido. Cabe contemplarlo y es contemplable en su esencialidad y temporalidad, o en su esencialidad y trascendencia.