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Ir a Contenido Febrero de 2005 - Año 2, No. 4 |
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LIN YUTANG
La vida
humana como poema
(Traducción
de Román A. Jiménez)
La importancia de vivir
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1960
Creo que, desde un punto de vista biológico, la vida humana es casi como
un poema. Tiene su ritmo y su cadencia, sus ciclos internos de crecimiento y
decaimiento. Comienza con la inocente niñez, seguida por la torpe adolescencia
en la que trata desmañadamente de adaptarse a la sociedad madura, con
sus pasiones y sus locuras juveniles, sus ideales y ambiciones; luego llega
a la virilidad de intensas actividades, aprovechando la experiencia y aprendiendo
más sobre la sociedad y la naturaleza humana; en la edad madura hay un
leve aflojamiento de la tensión, un endulzamiento del carácter
como cuando madura la fruta o se hace más suave el vino bueno, y la adquisición
gradual de un criterio de vida más tolerante, más cínico
y a la vez más bondadoso; entonces, en el ocaso de nuestra vida, las
glándulas endocrinas disminuyen su actividad, y si tenemos una verdadera
filosofía de la ancianidad y hemos ordenado el patrón de nuestra
vida conforme a ella, es ésta para nosotros la edad de paz y seguridad
y holganza y contento; finalmente, la vida se apaga y llega uno al sueño
eterno, para no despertar jamás.
Deberíamos ser capaces
de sentir la belleza de este ritmo de la vida, de apreciar, como hacemos en
las grandes sinfonías, su tema principal, sus acordes de conflicto y
la resolución final. Los movimientos de estos ciclos son casi siempre
iguales en la vida normal, pero la música debe ser dada por el individuo
mismo. En algunas almas, la nota discordante se hace más y más
áspera, y finalmente abruma y sumerge a la melodía principal.
A veces la nota discordante gana tanto poder que ya no puede seguir la música,
y el individuo se mata con una pistola o salta a un río. Pero esto es
porque su leitmotiv original fue apagado ya sin esperanza, por falta de una
buena autoeducación.
De otro modo la vida humana normal corre a su fin normal en una especie de digno
movimiento, de procesión. Hay, a veces, en muchos de nosotros demasiados
ataccatos o impetuosos, y porque el tiempo va mal, la música no es agradable
al oído; podríamos tener algo más del grandioso ritmo y
el majestuoso tiempo del Ganges, que afluye lenta y eternamente al mar.
Nadie puede decir que una vida con niñez, adolescencia, madurez y ancianidad no es una hermosa concertación; el día tiene su mañana, mediodía y atardecer, y el año tiene sus estaciones, y bien está que así sea. No hay bien ni mal en la vida, sino lo que está bien de acuerdo con la propia estación. Y si asumimos este criterio biológico de la vida y tratamos de vivir de acuerdo con las temporadas, nadie sino un tonto envanecido o un idealista imposible puede negar que la vida humana puede ser vivida como un poema. Shakespeare ha expresado esta idea más gráficamente en su pasaje acerca de las siete etapas de la vida, y un buen número de escritores chinos han dicho casi lo mismo. Es curioso que Shakespeare no fuese nunca muy religioso, ni muy interesado en la religión. Creo que ésa fue su grandeza; tomaba la vida humana casi como era, y se entrometía tan poco en el plan general de las cosas como en los personajes de sus obras. Shakespeare era como la Naturaleza misma, y este es el mayor elogio que podemos hacer a un escritor o a un pensador. No hizo más que vivir, observar la vida y marcharse.