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Febrero de 2005 - Año 2, No. 4


FREDERICH NIETZSCHE

Sobre la inspiración

Ecce homo
(Traducción de Andrés Sánchez Pascual)
Alianza Editorial, Madrid España, 1971


¿Tiene alguien, a fines del siglo XIX, una idea clara de eso que los poetas de las edades fuertes llamaron inspiración? Si no, os lo diré yo: Con el menor resto de superstición dentro de sí mismo, no se podría, en efecto, rechazar la creencia de ser solamente una encarnación, un portavoz, un médium de potencias superiores: El concepto de revelación, en el sentido de que, de pronto, con seguridad y fineza indecibles, algo bien visible y audible, algo que os estremece y trastorna hasta lo más íntimo de vuestro ser describe simplemente el hecho. Se oye, sin tratar de oírlo; se toma sin tener que pedirlo; como relámpago surge un pensamiento, como algo necesario, no hay la menor duda en darle forma..., nunca he tenido que elegir. Un encanto, cuya formidable tensión se resuelve a veces en un torrente de lágrimas, y en el cual el ritmo de la marcha ora se acelera, ora se retarda; un estado completamente fuera de sí mismo, con una conciencia clarísima de experimentar innumerables escalofríos y estremecimientos hasta la punta de los pies; una profundidad feliz en la que las cosas más dolorosas y más sinceras no producen efectos de contraste, sino que parecen indispensables, necesarias como si fuesen un color complementario en medio de esa superabundancia de luz; un instinto de relaciones rítmicas que abrazan vastos espacios donde las formas se despliegan... la necesidad de un ritmo amplio es casi la medida de la fuerza de la inspiración, como un contrapeso a la presión interior, a la tensión... Todo sucede fuera del dominio de la voluntad, en un desbordamiento sentimental de la libertad, de lo absoluto, de la fuerza, de la divinidad... Lo más característico es la necesidad de la imagen, de la metáfora; uno no se da cuenta de lo que es imagen o metáfora, sino que éstas se presentan como la expresión más adecuada, más justa y más sencilla. Se podría decir, en verdad, recordando una frase de Zarathustra, que los objetos, que las cosas, vienen solas para ofrecerse como metáforas («Todas las cosas se presentan dócilmente en tu discurso y te acarician y te adulan; pues quieren montarse sobre cada parábola, en marcha hacia la verdad. Aquí te brotan todas las palabras del ser y todos los secretos de esas palabras; el espíritu, el ser entero, quiere convertirse en palabra, todo el futuro quiere expresarse por ti»).

Eso es lo que yo sé de la inspiración; no dudo que tendríamos que remontarnos miles de años hacia atrás para poder encontrar alguien que pudiera decirme: «Eso es también lo que yo creo».

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