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Febrero de 2005 - Año 2, No. 4

 

FRIEDRICH SCHILLER
(1759-1805)
Traducción de Daniel Innerarity

Poesía Filosófica, (Edición bilingüe)
Ediciones Hiperión, Madrid-España, 1991

 

LA REPARTICIÓN DE LA TIERRA

«¡Tomad la tierra», gritó Zeus desde sus alturas
a los hombres. «¡Tomadla, ha de ser vuestra!
Os la regalo en herencia y feudo perpetuo,
mas repartíosla fraternalmente».

Todo el que tenía manos se dispuso apresuradamente,
jóvenes y viejos se conmovieron.
El labrador cogió los frutos del campo,
el hidalgo irrumpió en el bosque.

El comerciante tomó cuanto cabía en sus almacenes,
el abad escogió el noble vino añejo,
el rey cerró los puentes y las calles
y dijo: «El diezmo es para mí».

Muy tarde, cuando hacía tiempo que el reparto había tenido lugar,
volvió el poeta, que venía de muy lejos;
ya no queda nada en ningún sitio,
y todo tiene su señor.

«¡Ay de mí! ¿He de ser yo el único olvidado,
yo, tu hijo más fiel?»

Así hizo resonar su grito de queja
y se postró ante el trono de Jove.
«Si te demoraste en el país de los sueños,
respondió el dios, no te enojes conmigo.
¿Dónde estabas cuando se repartió la tierra?»
«Yo estaba, dijo el poeta, junto a ti.

Mi vista estaba pendiente de tu rostro
y mi oído de la armonía de tu cielo.
Perdona al espíritu que, extasiado
ante tu luz, perdió lo terreno».

«¿Qué hacer?», dijo Zeus, «el mundo está ya entregado,
la cosecha, la caza, el mercado ya no son míos.
¿Quieres vivir conmigo en mi cielo?:
Tantas veces como vengas, estará abierto para ti».



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