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Ir a Contenido Febrero de 2005 - Año 2, No. 4 |
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GIOVANNI QUESSEP
PREMIO
VIDA Y OBRA DE UN POETA
Casa de Poesía Silva, Bogotá 2004
Tomado de Carta imaginaria, El áncora Editores,
1998
El poeta no teme a la nada. Sabe la lengua del coloquio de los pájaros,
que aprendió Adán en el paraíso terrenal. Y sabe, también,
que la poesía es una danza, y que hay un arte de pájaros en su
asombro y en su vuelo. Los ojos del poeta están tejidos de un cristal
mágico; en su pasión tienen la esfericidad de los cielos y de
su música extremada. A medida que se distancian de lo real, hallan la
verdad de la poesía, o duración de las fábulas, que es
el alma. El poeta, que no lo ignora, pone en juego su ser; pero, si quiere perseverar
en éste, debe entregarse a la única ley que rige la creación
poética: la palpitación del abismo. Y el abismo es el centro del
universo: están en él las constelaciones, pero también
la rosa, espejo del tiempo, semejante a la luna en la metáfora del místico
persa. Belleza o abismo, palabra y música: encantamiento total, orden
del espíritu que descubre la ciencia del amor y abre las puertas de lo
desconocido.
El poeta va por su castillo
interior, donde se unen los cuatro puntos cardinales de lo ilusorio y lo real.
A ellos corresponden, en la escala de la imaginación, el aire y la luna,
la llama y los espejos; y en la del sentimiento, el dolor, el vacío,
la soledad y la melancolía. Con ellos hace el poeta su mítico
tapiz, en el que puede ver todo lo que no puede verse, y oye el cántico
de lo que únicamente puede oírse en el rumor del hilo sagrado:
las voces de lo invisible, que convirtieron a Sherezada en un libro de hojas
color de vino; el palacio de cristal donde Merlín encantó a Dulcinea,
y el huerto donde Eva inventó una manzana para curar ansias de amor y
nostalgias de enamorado, como en Las mil y una noches; el escudo de plata que
dejó ciego a Homero; el árbol del fin del mundo que le dijo a
Alejandro que no volvería a ver las calles ni las muchachas de Grecia;
la ciudad celeste de torres de lapislázuli que prefiguran el cielo estrellado
en la mitología de los babilonios; la desgarrada túnica de jeroglíficos
y pájaros del adolescente adorador de la luna: cosas que, en feliz expresión
de Salustino, no ocurrieron jamás, pero son siempre.
El poeta no teme a la nada. Sabe de la existencia de lo que nunca ha sido dicho, de lo que aún no tiene nombre en los ideogramas de la escritura divina: cree en la palabra, pero también en el silencio, en lo callado, en lo oculto, en lo que podría hacerse fantasma a la luz de la vigilia o abrasadora presencia en la penumbra del sueño, bajo la luna, reloj de pitagórica cadencia. El poeta nada tiene, y entre asombros y vuelos y peligros interiores escribe su carta imaginaria, halla lo diverso y lo único, y se halla a sí mismo en la brasa que ilumina la noche oscura de la poesía.