Ir a Contenido
Febrero de 2005 - Año 2, No. 4

 

Cuatro poemas de Gyula Takáts
Traducción de Rodrigo Escobar y Vera Székács

Gyula Takáts, con sus 93 años y con una vasta obra literaria de tantos decenios – poesía, prosa y traducción - es hoy el gran patriarca de la poesía húngara. Galardonado con los premios literarios más importantes de Hungría, es presidente de la Sociedad de artistas y escritores Dániel Berzsenyi y vicepresidente del PEN Club Húngaro.

Nació en 1911, en el Transdanubio, la parte occidental de Hungría entre los Alpes y el Danubio, de gran pasado histórico y cultural, ya que en el primer milenio, antes de la llegada de los húngaros desde el Oriente, fue la «Pannonia Provincia» del Imperio Romano.

Esas raíces antiguas, la armonía del paisaje panónico y el espíritu que emana de él, son sus principales fuentes de inspiración. Dentro de ese paisaje el poeta tuvo la suerte de nacer en la región del Bálaton, el Pelso de los romanos, el lago más grande de Europa. Nunca lo abandonó, volviendo siempre a su cueva de ermitaño en la colina Bece a la orilla del lago. Como su contemporáneo, coterráneo y gran amigo Sándor Weöres, a quien presentamos en El Reverso de la Luz, antología de cuatro poetas húngaros, Gyula Takáts estudió y se doctoró en la Universidad de Pécs, en su caso en geografía, geología y filosofía. Pécs - también en el Transdanubio - fue en el Renacimiento la ciudad de otro poeta importante, el obispo Janus Pannonius, humanista del siglo XV, quien escribió sus versos en latín, y Takáts llegó a ser uno de sus traductores modernos.

Takáts, fielísimo a su mundo, estudioso de la historia y arqueología del Transdanubio, pasó su vida en una zona muy restringida de él, dividiéndose entre la ciudad de Kaposvár, donde fue Director general de los Museos del Departamento de 1949 a 1971, y la colina Bece sobre el Bálaton, apenas a unos 50 kilómetros de esa ciudad.

Desde esta región íntima, de corto perímetro, alargando sus raíces hacia la antigüedad – no con una evocación nostálgica sino palpándola, viviéndola dentro de su presente – el poeta escruta el rostro oculto de la realidad bajo sus máscaras, tratando de «pronunciar la palabra de ese otro paisaje, del mundo que vive mudo y sin diccionario».

Una de esas raíces llega aún más lejos, no tanto en el tiempo, sino en la distancia geográfica: hasta los poetas antiguos de China. En una larga serie de poemas es ahora él quien se pone una máscara, la de Chu, poeta del imaginario reino de Drangalag, y asomándose desde la altura de su cueva y de sus años al espejo del lago, interroga lo entero mezclando su voz con la de Lu Yun, Meng Hao Ran o Li Po.

Vera Székács

DONDE HOJEA LAS ROCAS

Pura empieza la lluvia fresca.
Contesta a plena voz la tierra.
Bueno sería saber tal lengua.
Leer las letras de la hierba.

¡Sin ella es nada el ditirambo!
¿Cómo así volver con lo entero?
Es libro en blanco - ¡para Chu!
y su halo de excelsa poética.

La más amplia frase en lo nuevo.
En secreta lengua del ser
donde hojea rocas la musa
en verso más allá del nuestro.

 

Y AUNQUE MÁS FÁCIL ES MÁS DURO

Piedras rotas y viejos árboles
acogen a veces a Chu,
que al poder a su sombra
ver lejos más y siempre,
sin piedad se confiesa...
Y aunque más fácil es más duro,
ni aquí ni allá está cerca su camino.

 

IGUAL QUE EL MUNDO

Hasta olvidó traer las llaves.
La misma casa se le abrió.
La amarilla vela dormía.
Por el hogar brillaba el cielo.
Y cuando abrió las celosías,
desde Drangalag ya miraba
qué murmura y de él además
el mundo envuelto en telarañas...
Y en la noche siempre inconclusa,
escribiendo de allá y de aquí
tal como el mundo,
entre la vela y el hogar
daba pasos sin avanzar
una y otra vez Chu.

 

Y SOSPECHANDO APENAS
(Chu y la roca)

Mientras bajo sus plantas
crece y crece el abismo,
como si echara alas
lo hermoso y cuando crece,
Chu bien percibe
que siempre alumbra más la roca
y la piedra en su cueva...
Y sospechando apenas
la voz de nuestras rocas,
en su angosta terraza
dobla el poema y yace
al fondo del gran bosque,
a la sombra del musgo.

Regresar a la página principal