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Ir a Contenido Febrero de 2005 - Año 2, No. 4 |
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Lucía
Estrada
Medellín,
1980
APARICIÓN
(Cuadro de Remedios Varo)
Inclinada
el cielo arrojó todos sus
ángeles sobre ti
abrió todas las compuertas
y tu vida fue un gran pozo
amaestrado
agua profunda y terrible
tus ojos
y el conjunto de tus
huesos
no hables ahora
contempla sólo
en el ojo del pez
su reflejo
cada palabra como último significado
y esa escritura de sal
que oscurece la superficie.
**
Quien busca en el Libro
se sumerge en lo imposible
en la belleza de ir
tras un animal que ha muerto
y del que sólo
permanece su sombra
el que encuentra
nada encuentra
salvo el fantasma de lo que fue
antes de que se iniciara la
búsqueda.
HÉCUBA
Que mis ojos mientan
lo que han visto
esta noche
un gran augurio:
¡oh rey!
el Cuervo
se ha posado
sobre nuestras coronas.
Del libro inédito Grimorio
ALMA MALHER
Yo también lo prefiero.
Es más bella la mano
al pulsar una cuerda invisible.
Cuando duermes,
inmóvil,
reaparecen las tres mil sombras de tus dedos
tejiendo filigranas
en el oscuro cuello del dragón.
Te miro inquieta,
sin atreverme a respirar.
Es la hora más alta
del doble vuelo nocturno.
Escribo en la seda de tus párpados
mi temor de perderle,
de que huya como un gato por los techos,
de que salte y reviente la cuerda
de todas las campanas del mundo,
de que se despeñe con el sonido metálico
de un arcángel
en el centro mismo de la orquesta.
Yo también lo prefiero
cóncavo y oscuro.
La clave blanca y negra
de todo cuanto existe
se advierte
en su sinfonía de agujas.
COSIMA WAGNER
Ofreceré mis ojos
al paso de la yegua nocturna,
ofreceré mi fiebre,
el arco de la medianoche;
porque tú estás al fondo,
porque es tu imagen
la que se oculta bajo el yelmo.
Una danza mortal
en el vientre blanco
de los sonidos que se cruzan.
Somos ángeles enraizados
allí donde nadie sueña.
La casa está vacía
y el oído.
Puedes entrar a galope
en el reino de los timbales
y las flautas.
Puedo morir
para que la música
siga en ascenso.
CLARA RILKE
Qué cercanas y distintas
las hojas de un mismo árbol.
Crecen silenciosas
en la contemplación de sí,
de sus bordes,
en el trabajo minucioso del insecto
que las hiere.
Apenas unidas por un hilo de savia
eternamente
a la corteza del mundo,
a su naturaleza vegetal.
El viento las obliga a inclinarse
sobre su propia sombra
y en el misterio único
de ser Sauce o Avellano,
se adhieren, se compenetran
sin perturbarse.
Así, recibirán a un tiempo
su gota de lluvia,
el beso ígneo del verano.
Caerán también bajo la misma luz,
rodearán como sílabas diversas
de un mismo alfabeto
la profundidad de las raíces,
la grieta oscura del tronco
que las vio levantarse
y permanecer.
Del libro inédito LAS HIJAS DEL ESPINO