|
|
|
||||
|
Ir a Contenido Febrero de 2005 - Año 2, No. 4 |
|||||

ESTABA
EN LLAMAS CUANDO ME ACOSTÉ
CARLOS PATIÑO MILLÁN
Debió ser de noche
pues todo a mi alrededor estaba oscuro: pienso en el momento en que empecé
a escribir poesía. Eran versos disparatados, rabiosos, confesionales
-tejidos a la usanza de cierto poeta y cantante norteamericano que había
descubierto en la discoteca de mi casa-, y que mentían, en mi caso, un
dolor bastante inusual para un adolescente feliz.
Han pasado años: abril es el mes más cruel, libros, voces, Tlón,
Uqbar, Orbis Tertius, paisajes de dicha y desolación, canciones, Ofelia
muerta, rostros, amores, A bout de souffie, felices amistades, películas,
Like a rolling stone, besos en una esquina que significaron "hola",
"adiós", "siempre", "tal vez". Para mí
-hoy en día-, la poesía es el encanto de frases como "lo
que uno quizá casi diría, el cuerpo de ella lo pensaba" (Donne)
o "el alcohol de la poesía es el silencio difunto" (Bataille);
versos que son asombro puro porque no corren a esconderse, porque su claridad
y verdad están al alcance de cada uno de nosotros y nos hacen más
felices o infelices -no lo sé-, pero no nos dejan indiferentes frente
a las preguntas de la vida.
Ojalá haya una suerte de luz en estas páginas; quien empezó
escribiendo a tientas sabrá agradecerle al lector dicho descubrimiento.
Carlos Patino Millán